Big Red Mouse Pointer

sábado, 7 de septiembre de 2013

NH2: Capítulo 016 - Caída (Parte I)

  El apagado color del habitáculo donde la habían permitido reposar expresaba a la perfección los negativos sentimientos de los allí presentes. El ventanuco que servía como única iluminación de la estancia no resultaba ser suficiente para apaciguar a las encubridoras sombras. La necesidad de ventilación era notoria en las fosas nasales de su pequeño hermano, así como en las de su antigua y fiel compañera. 


    —¿Cómo está? —La irradiante simpatía de Adán se había evadido completamente, siendo sustituida por una incalculable preocupación. 
   —Caliente no, desde luego. —Florr había posado su mano sobre la frente de la desmayada para comprobar su temperatura corporal—. No es que me fie mucho de nuestra doctora particular, pero si dice que no es nada grave, es porque no es nada grave, supongo. El cansancio acumulado. Todos estamos cansados de esta situación.
   —Sí, seguro que es eso —musitó cabizbajo el chico, como si tratase de ocultar su aceptación.
   —Hey, no te preocupes. Estará bien. —Florr arrodilló únicamente una de sus piernas y alzó la cabeza del muchacho por la barbilla hasta igualar la altura de sus miradas—. Tu hermana ha pasado por cosas peores que desmayarse repentinamente. Esto no es nada para ella.
   —Si tú lo dices, es porque es verdad. Sé que tú no me mientes. —Pese a los intentos de ánimo y a sus respuestas de mayor positividad, no era demasiado el convencimiento del chico de que fuese a estar completamente bien, aunque siempre mantenía la esperanza. Siempre. Florr fue incapaz de evitar sonreír ante aquella inocente creencia del niño—. ¿Cómo estás tú por lo de Puma? —Su ternura se incrementó al formular aquella cuestión.
   —Yo… La verdad es que sólo quiero que vuelva conmigo. Y pienso encontrarlo esté donde esté, tanto si esta gente me ayuda como si no. Lo haré sola si es necesario. Me niego a perder a mi hermano. Lo necesito. —Tanto la falta de preparación como la improvisación eran perceptibles en las burdas invenciones de la adolescente. Ella supo que Puma se había escabullido de su acompañante pelirroja para visitar el Abelló en cuanto Eva le contó que había insistido en marcharse personalmente a Mississauga en busca de recursos. ¿Qué otra razón podía existir para querer ir a la ciudad? El desenfrenado enfado con el grupo no era más que puro teatro poco elaborado. En realidad, sabía que regresaría en cualquier momento. Aunque quizá no volviera sólo. O quizá sí.
   —¿Por qué lo llamas hermano? Él no lo es. Nos lo encontramos en el orfanato mientras escapábamos. ¿No lo recuerdas? —Adán curioseó aquella viviente duda.
   —Porque para mí es como si lo fuera, cariño. —Florr acarició la mejilla del chico antes de modificar su posición para disponerse a sentarse sobre un segundo colchón libre de mujeres inconscientes—. Por cierto, todavía no te he dado las gracias por el bombón. —Inminentemente, extrajo de su bolsillo el comestible regalado con el propósito de desenroscar el arrugado papel que lo protegía, para así posar el dulce sobre su lengua, permitiendo que el celestial sabor del chocolate puro inundase sus papilas gustativas—. Conoces bien mis vicios, ¿eh, pillín? —La muchacha se mostró muy picaresca, consiguiendo que el pequeño se sonrojase un poco—. ¿Cómo supiste que era mi cumpleaños? Yo no sé ni en qué día vivo.
   —Inma dijo en la enfermería que ayer era tres de Abril. Y, bueno, recuerdo cual es el día de tu cumpleaños, así que cuando Maya me dio el bombón, pues pensé en regalártelo. Ya que una fiesta de cumpleaños es imposible… —Adán acompañó a Florr sentándose junto a su regazo, ante lo que ella respondió posando su brazo en el delicado hombro del chico, consintiéndole entonces reposar su cabeza suavemente sobre el costillar de la joven.
   —Nunca pensé que nos reencontraríamos, ¿sabes? —Florr comenzaba a tornarse  melancólica—. Ha pasado más de un año. Todos hemos cambiado. Los cuatro, aunque tú el que menos. Pero, a pesar de ello, no puedo evitar seguir confiando en vosotros. Al fin y al cabo, formasteis parte de lo que yo considero como mi familia. Y lo seguís haciendo.
   —Mi hermana me dijo algo parecido. Ella ha notado que habéis cambiado bastante, pero no ha dejado de confiar en Puma y en ti —intervino Adán en la confesión sentimental.
   —Fueron muchas vivencias juntos. Llegamos a confiarnos la propia vida en más de una ocasión. —Florr desvió su inquieta mirada hacia un punto en concreto de la oscuridad—. Durante todo este tiempo te he echado mucho de menos, y he echado mucho de menos a tu hermana, pero sinceramente, a quien más he necesitado siempre a mi lado ha sido a Lucia. Ella era mi amiga, mi confesora, mi necesidad, mi alma y mi corazón; pero no va a volver de entre los muertos. Yo misma me aseguré de que nunca pudiese hacerlo.
   —Yo también me acuerdo mucho de Lucia. Lo que le pasó fue horrible. Estaba… estaba tirada en el suelo, con la… y uno de esos monstruos mor… Ella era una buena persona. No se lo merecía. —Una conmoción nada positiva comenzaba a formarse en las profundidades de ambos.
   —¿Qué hicisteis cuando nos separamos? ¿Dónde fuisteis? —La quinceañera trató de eliminarla de inmediato con el cambio de tema.
   —Buscaros. Os buscamos por la aldea en que vivíamos entonces, por si habíais vuelto allí. Pero no estabais. —A Florr le asaltó un sentimiento de culpabilidad repentino. Recordaba con claridad como Puma había persistido en continuar avanzando hacia el norte argumentando que resultaría imposible localizarles entre el colosal desastre originado por los misiles, sin que ella se opusiera demasiado a abandonarles definitivamente—. Y después, seguimos con el plan que teníamos pensado entre nosotros cuatro. Salir del país por el norte.
   —Puma y yo hicimos lo mismo. No sé, por aquel entonces Canadá parecía un mejor lugar para sobrevivir, pero ha acabado igual de aniquilado que los Estados Unidos. Ahora me doy cuenta que ninguno está peor o mejor que otro. Todos son lo mismo. La destrucción total. El mundo nunca ha estado tan unido en ese sentido. —Florr no había requerido de un pensamiento en demasía para exponer aquella reflexión. Sus conceptos habían fluido por su raciocinio con desenvoltura.
   —Los devoradores comiéndose a las personas, la gente enfermando y muriendo, o atacando a otras personas. Es muy triste. —El semblante abstraído del niño advertía de su desconsuelo ante aquella existente situación.
   —Bueno, al menos seguimos vivos. —La adolescente pretendió exterminar la pena que reinaba en el reducido cuarto—. Y oye, nos hemos vuelto a encontrar, pequeño diablillo. —En pretensión de arrancarle una carcajada, Florr liberó su faceta más traviesa para provocar constantes y veloces cosquillas en la cintura del chico, desprevenido ante aquella impredecible acción, y a quien le fue imposible evitar explotar en un sonoro alboroto de risas sin cese, así como enroscarse continua e involuntariamente sobre sí mismo con el objetivo de deshacerse de aquellas martirizadoras yemas que lo asaltaban como método de regocijo. Aquel acto tan sumamente simple logró incrementar el menguado ánimo de la quinceañera.

   Murmullos incoherentes aparentemente imperceptibles comenzaron a emerger de las entrañas de la desmayada, siendo el primer factor de comunicación de su próximo despertar a sus cuidadores. No obstante, resultó ser el tenue zarandeo de sus piernas el que obtuvo definitivamente la advertencia de sus vigilantes, siendo su pequeño Adán el primero que acudió a su involuntaria llamada en cuestión de incontables décimas de segundo. 

   El frecuentado universo de lo irreal mayoritariamente irrecordable se difuminó en un desglose de sus irregulares pestañas, manifestándose ante sus verdosos iris su único amor de la cruda realidad reencontrada. El enternecido abrazo que le prosiguió detuvo el avance del impiadoso tiempo en su singular razonamiento, al desatarse con él su vena más sentimental. Su pensamiento entonces se reducía a estrechar el cuerpo de su hermano contra el suyo propio. 

   —Cariño… —Su sentimentalismo se mostró completamente verídico.
   —Gracias. Gracias por volver —le susurró Adán. Sus sollozos contenidos eran demasiado evidentes para ella.
   —Tranquilo. No tengo ninguna intención de irme por ahora. Todavía tengo que seguir cuidando de ti. —Más palabras tranquilizadoras se impregnaban en el ambiente. Carentes de sentido lógico, pero empapadas de sentido afectivo.
   —Esto… Chicos, siento interrumpiros, pero si seguís pegados mucho más tiempo voy a acabar pensando que sois un chicle. —Florr había abandonado el colchón para intervenir humorística en la escena—. ¿No vas a darme un abrazo a mí, Eva, mi algodón de azúcar? —Parecía haber cambiado su personalidad atacante por momentos, probablemente por la presencia del niño. No duraría demasiado.
   —Veo que hoy estás de buen humor. —La cómica pregunta provocó que se separase finalmente de su pequeño, no sin antes concederle a su frente un ligero beso.
   —Nah, no creo. En cuanto me vuelva a topar con nuestros queridos incompetentes que no conocen ni a un mutante, me volverá la amargura. Ya lo verás. Suerte que el subnormal del rubio está en la enfermería y no tengo que soportarle. —Su temperamento volvía a imponerse.
   —Espera, espera, ¿mutantes aquí dentro? ¿El rubio metido en la enfermería? —La profunda confusión sufrida inundaba su juicio—. Vais a tener que ponerme al día de todo lo que ha pasado mientras yo dormía, porque más perdida no puedo estar.
   —Pues… tampoco han pasado tantas cosas, la verdad —advirtió la quinceañera dubitativa.
   —El que me llama Adam se ha cortado el brazo —anunció el chico con un ápice de terror en sus palabras.
   —Sí, el anormal del rubio se cortó su brazo cuando un mutante lo agarró. Por lo visto, parece ser que su retraso mental le impidió amputárselo al monstruo en vez de a sí mismo. Su hermana la pelirroja ni idea de dónde se ha metido, pero llevo un buen rato sin verla. La doctora sigue por ahí tratando a quien pille. Los heridos continúan tocándose las narices. Y mientras tanto, Puma sigue desaparecido. —Ya volvía a ser la Florr que conocía.
   —Has estado toda la noche y parte de la mañana durmiendo. —Adán decidió obviar las bruscas narraciones de la adolescente para continuar relatándole sucesos a su hermana—. Florr y yo hemos estado vigilándote todo el tiempo. Hasta nos hemos turnado para dormir, ¿verdad, Florr?
   —Verdad —afirmó ella sonriente.
   —Pero… No lo entiendo… ¿Cómo leches consiguieron entrar aquí unos tíos que tienen radiación hasta en el carnet de identidad? En serio, ¿cómo lo hicieron? Además, no… no recuerdo haberlos visto durante mi guardia. —Su tan natural expresión indicaba que sus confusiones no podían ser fingidas.
   —Tú les abriste la puerta, Eva. Por eso entraron. Tienes que acordarte. Tienes que acordarte. Tú les abriste. Tú les dejaste entrar. No puedes haberlo olvidado. —El repentino frenetismo de Adán había brotado de inmediato con el exclusivo objetivo de ayudarla a recordar.
   —Yo… En serio, no recuerdo haber abierto la puerta. —Una punzada de dolor agudo arremetió contra su maltrecho cerebro. La intención de apaciguarla con la presión de su mano fue inmediata e instintiva—. Te lo juro, cariño, no me acuerdo. Florr, te lo juro.
   —Eva, no estoy segura de sí fuiste tú quien lo hizo o no, pero te encontramos desmayada junto a la puerta del fuerte abierta de par en par y el cadáver de una chica apuñalada. Teniendo en cuenta esto y que eras tú quien estabas haciendo la guardia, pues pienso que sí, que tú les abriste. —La deducción procedente de la quinceañera resultaba sensata.
   —La verdad es que no lo sé, Florr. No lo sé. No tengo ni idea. No me acuerdo, joder, no me acuerdo. Estaba muy cansada, estaba muy mareada, estaba muy confusa… En serio, lo único que alcanzo a recordar fue una voz que me pedía ayuda. Y pensé que eras tú, Florr. Te lo juro por lo que más quieras. Pensé que eras tú. Pensé que habías salido fuera. Pensé que me estabas pidiendo ayuda. Y… y... puede ser que cuando me atacó, o cuando me atacaste; no dudase en matarla, o matarte. Creo… creo que alcanzo a recordar también el sentimiento que me invadió de mi primer asesinato, como si esa chica hubiese sido mi primera víctima, como si hubiese sido la primera vez que acabase con alguien, pero nada más. Sería por la confusión, pero no sé. No lo sé, Florr. De verdad que no lo sé. 

   Aquella angustiosa e imprecisa argumentación por su parte elevó el desconcierto de sus oyentes hasta límites inesperados, quienes contactaron en un punto concreto de su campo de visión para confirmar su confusión compartida. Los huesos de la columna vertebral perteneciente a Eva la sostenían recostada contra el desaseado muro para permitirle ocultar su dudoso rostro entre sus rodillas. 

   —Eva… ¿estás bien? —La preocupación de Florr aumentaba. La expresión neutral de Adán resguardaba muchos tipos de sentimientos completamente distintos.
   —Florr, ¿me harías el favor de traerme algo de comer? Estoy hambrienta. —La tan presurosa como esquiva respuesta jamás habría sido la aguardada.
   —Amm… sí, sí, claro. Ahora mismo vuelvo. —El extravagante asombro que la había agredido repentinamente no le impidió abandonar apremiante la habitación para cumplir su petición. 

   La ausencia de la quinceañera incitó inmediatamente a su compañera a prescindir de la postura que entonces presentaba con el propósito de encaminarse hacia una astillada cajonera, conformante de los escasos muebles que amueblaban el dormitorio.

   —La enfermedad está yendo a peor, ¿verdad? —El pánico que le infundía al niño expresar aquella idea resultaba tremendamente incontable.
   —Puede ser. Y probablemente sea así. —Eva deslizó el cajón superior hacía el exterior, permitiendo entrever en el interior el amparo de su walkie-talkie, así como el de diversos botecitos repletos de una medicación sin variación—. Adán, necesito volver al hospital, antes de que los mareos me nublen por completo la vista y acabe vomitando por las esquinas.
   —Pero, ¿no te quedan pastillas? ¿Ninguna? Pensaba que aún tenías. —La tristeza se apoderaba nuevamente de su organismo.
   —Se me terminaron hace tres días. Siento no habértelo dicho, pero no quería preocuparte demasiado, aunque tampoco esperaba que pasase lo que ha pasado. He estado esperando a que el doctor me avisara por el walkie para ir a la ciudad, pero no ha dado señales de vida hasta ahora. —Se apoderó del comunicador portátil junto a dos de los recipientes. Un vistazo a la etiqueta que los nombraba anunció que el nombre del fármaco en cuestión era la hidroxiurea. Escrito en el reverso con tinta azul de bolígrafo común se plasmaba su lugar de procedencia; el hospital Santa Sara Abelló.
   —Supongo que tendré que prepararme. Pero, ¿cómo vas a ir si no te ha llamado? ¿Y qué le vas a decir a Florr? —Sus cuestiones se presentaron espontaneas e impulsivas.
   —Tendré que llamarle yo a él. No puedo seguir esperando a ver si el Doctor Seco quiere contactar conmigo un día de estos. Esto es urgente. Muy urgente. Necesito esas pastillas para antes de ayer. —La cautelosa examinación de los fármacos antes de preservarlos en la seguridad de su bolsillo no poseía mayor motivo que el de ser un método de reflexión respecto al presente pacto con el doctor. Resultaba cuanto menos irónico que la medicación trasladada al fuerte años atrás para el tratamiento de casos graves de leucemia en varios de los antiguos residentes fuese la misma que el hospital ya había agotado por completo, pero así era. Un golpe de suerte o el propio destino, tal vez. Era imposible saberlo. Lo único que podía afirmar con seguridad era que aquel doctor necesitaba su hidroxiurea conservada especialmente para el intercambio que mantenían, y que continuaba con vida gracias a aquella necesidad—. Y bueno, respecto a Florr, ya se me ocurrirá alguna excusa para que no sospeche nada.
   —Entiendo. ¿Traigo nuestra mochila? —La disposición de Adán a la ayuda emergió sin reparo alguno.
   —Esto… escucha, cielo, me gustaría que esta vez te quedaras aquí. —Su sutileza se remarcó en aquel instante.
   —Pero… —Su desacuerdo se vio forzosamente interrumpido por el alarmante sonido que produjo el picaporte de la puerta de entrada.   

   Florr reapareció ante los hermanos en un menor tiempo del esperado, provocando un definitivo corte en la conversación. Las dos barritas energéticas de cereales que portaba complementaban a una tercera, transformada en el desayuno de la adolescente. Eva no se demoró en cerrar el cajón disimuladamente. 

   —Toma, aquí tienes. —Le entrego una de ellas a la joven con impasible dejadez. No era necesario ser ningún detective privado para averiguar que algún encuentro con el odiado grupo había demolido su humor—. Te he traído otra a ti. —Adán no dudo en apoderarse de la última con júbilo.
   —Gracias —se lo agradeció entusiasmado mientras comenzaba a rasgar el envoltorio por la zona del abrefácil.
   —Dios, empiezo a agobiarme aquí dentro. Vámonos ya de este cuarto, por favor. Necesito respirar algo de aire un pelín más puro. —Pese a aquella solicitud, el objetivo de la deseada salida de Eva no se debía simplemente a tomar un poco de aire fresco. Aunque de fresco ya no le quedaba nada.


 Nunca, jamás de los jamases, ninguno de los físicamente derrotados se habrían atrevido a imaginar que la fatídica espera se alargaría hasta el mero aburrimiento. Aquel insufrible, insoportable y repelente reloj de cuco, claramente estropeado, que adoraba estremecerles en cualquier segundo con su canto aleatorio indicó que habían transcurrido 110 minutos desde que Maya decidiese encerrarse en la enfermería para dedicar todo su empeño en tratar al malherido M.A.

   —Joder, qué susto. Otra vez el puto reloj de mierda. Nait, en serio te lo digo, empíname que lo esclafe contra el suelo, que me tiene hasta… hasta… —Los estribos de Inma se escapaban cada vez más a medida que el tiempo avanzaba sin noticias de su prima ni de su paciente.
   —Tú misma lo has puesto en funcionamiento subiéndole las pesas, así que ahora no te estés quejando —manifestó Nait su reprensión con entera firmeza.
   —No era relojera en España, ¿sabes? Además, en mi vida he visto a un estúpido pajarito cantarín de esos. —Su brusquedad se exteriorizaba en grandes cantidades.
   —¿Qué tal si te tranquilizas un poco? Llevas toda la mañana irritante, Inma. ¿Se puede saber qué te pasa hoy? —Al contrario que ella, Nait se empeñaba en emplear un diálogo sosegado que disminuyese la tensión que soportaba la muchacha.
   —¿Que qué me pasa? Me pasa que llevo casi dos horas esperando en este asqueroso vestíbulo con el alma en vilo por lo que pueda haber ocurrido en esa enfermería, y sin embargo, tengo que resignarme a quedarme aquí de brazos cruzados sin hacer nada, esperando a que Maya quiera venir a contarnos algo. Por no hablar del asco que le tengo al reloj ese, que me está poniendo la cabeza como un bombo. Y por si fuera poco, tenía que aparecer por aquí la adolescente amargada a jodernos por estar compartiendo una tableta de chocolate de los suministros que trajo Ley. Qué razón tiene M.A. Menuda cría más insoportable. —Le arrebató la tableta en cuestión a Nait con violencia justo cuando éste se disponía a arrancarle unas cuantas onzas, asestándole ella tres implacables mordiscos que consumieron la mayor parte del dulce.
   —Vale, vale, que aproveche. Espero que el chocolate te ayude a calmarte. —Aquella extravagante actuación acrecentó el desconcierto del joven. Agotada por aquellos estúpidos intentos de controlar su irrefrenable nerviosismo, Inma se sentó rendida junto a su acompañante, sobre la fina capa de polvo que enterraba la arcaica e insólita mesa de aquella estancia.
   —¿Por qué no vas a la enfermería a echar una mano? Igual te ayuda a relajarte —sugirió Nait como posible plan de reducción de su tirantez.
   —Maya me ha dicho que se encargaría sola —negó en rotundo la propuesta. Su inexistente atención hacía el muchacho indicaba que no se había molestado en prestarle demasiada atención.
   —En ese caso, ¿por qué no vas a tu cuarto y te echas un ratito? Te avisaré cuando Maya vuelva. —Lo intentó por segunda vez.
   —Quiero esperarla aquí. —Ésta ni siquiera parecía haberla escuchado. La oposición fue tan inmediata como concisa.
   —Acabas de soltarme un rollo interminable sobre el asco que te da estar en este vestíbulo. —Su paciencia se desequilibraba peligrosamente—. Mira, chica, creo que no sabes ni lo que quieres.
   —Probablemente. —Su tajante afirmación arremetió de improviso. Ante aquello, Nait no encontró la más mísera idea de cómo proseguir aquella excepcional conversación durante lo que sintió como infinitos milenios, pero que realmente no fueron ni simples minutos.
   —La verdad, no te entiendo, Inma. ¿Seguro que no te pasa algo más? —Aquellas certeras palabras fueron mucho más costosas de localizar en su pensamiento de lo que él había supuesto.
   —Ya te lo he dicho. Estoy preocupada por lo que esté pasando en la enfermería. —La muchacha no se despegaba de aquella razonable argumentación.
   —Pues nada...  —Desistiendo decisivamente de su deliberado apoyo, Naitsirc retiró sus posaderas del borde del anticuado mueble donde se sustentaban, castigándole inesperadamente por aquel acto su masacrado costillar con un aniquilante dolor que no accedió a ser reprimido.
   —¿Estás bien? —La muchacha se evadió unos segundos de su ensimismamiento para formular aquella preocupante cuestión.
   —Sí, estoy bien, Inma, no te preocupes. Es sólo que haber llevado a cuestas a Eva ayer terminó de joderme las pocas costillas que no estaban rotas, pero se me pasará. —El desplazamiento mediante certeros tambaleos le había situado próximo a una hilera de  cuadros variados colgados horizontalmente rectilíneos, permitiéndole contemplar todas aquellas vomitonas en los lienzos por cuarta vez durante la eterna espera que soportaban.

   El efímero movimiento de la chirriante puerta de entrada al vestíbulo anunció el regreso que ambos aguardaban con impaciencia. Una Maya extremadamente consumida por el arduo trabajo fue perceptible a tan sólo unos metros de distancia. Su excitada prima se lanzó en su dirección sin permitirle a la recién llegada ni un respiro para saludar.

   —Maya, Maya, ¿qué ha pasado? En la enfermería, ¿qué ha pasado? —Era bastante notorio que había meditado seriamente las palabras exactas que le soltaría en cuanto volviese. Ni siquiera se había molestado en preguntar sobre su estado.
   —¿Qué? ¿En la enfermería? —Sintió que su mente se teñía de blanco, impidiéndole obsequiar a su nerviosismo con una respuesta. Alrededor de ella volaban numerosas dudas sobre lo que su prima realmente requería saber.
   —Oh, Maya, lo siento. Lo siento mucho. —La evidente apreciación del reflejo lloroso de sus ojos había ocasionado una deducción personal de la situación en Inma—. Lo siento, lo siento de verás. —Aferrarse a su pariente como máximo amparo fue casi inmediato—. No te tortures, por favor. No te tortures. Has hecho todo lo que has podido, todo lo que ha estado en tu mano, pero no había forma de salvarle. Estaba infectado.
   —¡¿Qué?! —Una unísona exclamación advirtió de la ineludible confusión que acababa de originar tanto en el alterado organismo de Maya como en el de Nait—. ¿Infectado? ¿Cómo qué infectado? ¿Cómo va a estar infectado? ¡No está infectado! —El muchacho se había ruborizado.
   —¿Cómo qué no? Uno de esos muertos vivientes le clavó las uñas en la cara. Si casi se la abrió en dos. Yo misma lo vi, con estos ojitos que tengo desde que nací, con los mismos que he visto a muchas personas transformarse por un arañazo de nada. —Inma rebatía las incesantes negaciones del joven con sus argumentos más que coherentes para su limitado conocimiento.
   —¿Era por eso que estabas a punto de estallar? —Naitsirc requirió de su completa fuerza de voluntad para interiorizar una carcajada que probablemente la habría enfurecido—. Pero Inma, aquellas cosas no eran zombis. ¿Es que no te diste cuenta? Vale que estuviesen en un estado más que lamentable, pero los zombis, por naturaleza, van directamente a morder, y sólo a morder. Esos monstruos nos hicieron de todo excepto mordernos. Nos empujaron, nos agarraron y abrieron en canal el rostro de M.A, pero en ningún momento tuvieron intención de mordernos. No sé lo que son, pero desde luego, sé que zombis no.
   —Tiene razón. Si M.A hubiese sido infectado, a estas alturas ya habría experimentado los síntomas o incluso se habría transformado. Zombis no eran, eso seguro. —La permanencia de Maya en la enfermería como terapeuta del lisiado corroboraba la versión de Nait.
   —Entonces, ¿esa tez amarillenta? ¿Esa falta de cabello? ¿Esa delgadez? ¿Esa lentitud? ¿Qué me decís de todo eso? ¿Qué otra cosa pueden ser si no son zombis? —Inma continuaba oponiéndose a desprenderse de su teoría personal.
   —Mutantes. Son mutantes, pedazo de ignorantes con patas. —Florr hizo acto de presencia junto a los hermanos por el corredor conectado al bloque de dormitorios. Como de costumbre, su antipatía la caracterizaba.
   —Florr, cálmate. Ahora no te han hecho nada —recriminó Adán su comportamiento.
   —Ya estaba tardando en aparecer la vieja de pueblo amargada. ¿Por qué no te pierdes como tu hermanito y nos dejas respirar a todos? —La excitación de Inma no se contuvo ante una nueva queja de aquella bruja de cuento, estallando como nunca antes lo había hecho.
   —Vaya, vaya, así que la cobarde se nos revela. Ten mucho cuidado, que la rebeldía puede llegar a ser tremendamente fatal. —Resultaba indudable que aquella mujer no alcanzaba ni un tercio del carácter de su máximo contrincante, M.A, por mucho que persistiese en elevar su tono de voz. Pensó que una simple amenaza serviría para reprimirla, aunque ésta no se dio por aludida.
   —¿Es que no sabes hacer otra cosa que no sea desafiarnos e intimidarnos? ¿Se puede saber que te hemos hecho para que nos trates de esta manera? ¿Acaso en tu otra vida como flor de campo te pisoteamos cruelmente? —Su última pretensión había sido la de elaborar un comentario chistoso, pero aun así, las ahogadas risas del ambiente fueron inevitables.
   —Te creerás graciosa y todo, ¿verdad? No sabía que una inútil integral podía tener ocurrencias como esas. —La desorbitada estupefacción de Maya ante aquella atrevida ofensa anunciaba la defensiva posición hacía su prima que se avecinaba. Sin embargo, Eva se aventajó inesperadamente, deshaciendo el planeado discurso de reprimenda.
   —Suficiente, Florr. —La nombrada trató de aventurar una excusa de su conducta—. Suficiente —repitió nuevamente con un destacable recalco en su sonoridad—. De verdad, a veces pareces una niña de recreo. —La quinceañera ni se molestó en inmutarse. Por el contrario, su rival española emitió un suspiro de alivio ante el detenimiento de la disputa.
   —Bueno, ahora que estamos todos más calmados, ¿qué tal si nos cuentas algo más de esos mutantes? Por saber a lo que nos estamos enfrentando, no por otra cosa. —Nait recuperó el chocolate del que se había apoderado Inma con anterioridad tras conjurar aquella propuesta, saciando a su interrumpida nutrición con un pedazo de la mordisqueada tableta—. ¿Quieres un poco, Maya? —Le ofreció el resto del azucarado alimento en un gesto de generosidad, pero ésta lo rechazó inescrutablemente.
   —Son personas consumidas por la radiación que intentan sobrevivir pese a su estado. No tiene demasiado misterio. Cualquiera que se haya movido por el terreno durante estos dos años se los ha encontrado tarde o temprano. De hecho, hoy en día cualquiera conoce a los mutantes, igual que cualquiera conoce a los zombis. ¿En serio no teníais ni idea de lo que eran? ¿Nunca os habéis encontrado con uno? —La arrogancia de Florr la coaccionó a mantener su lengua en reposo ante la consulta del joven, por lo que fue Eva quien presentó sus aclaraciones particulares.
   —Cuando uno se dedica a sentar cómodamente su culo en una ciudad donde se lo dan todo hecho a esperar a que el mundo se solucione sin mover un dedo, raramente se encuentra con mutantes. —Ninguno de los dos referentes se atrevió a discutir aquella nueva agresión de la adolescente. Ambos sabían que, realmente, razón no le faltaba.
   —¿Alguna otra característica a tener en cuenta? —Maya se dispuso a erradicar la  insatisfacción que le había causado una respuesta tan básica.
   —Pues… son caníbales. Prefieren la carne humana antes que los suministros de los supervivientes. Y en ocasiones, también los hemos visto usando estrategias para conseguirla, aunque no es lo normal. Por lo general, su actuación es muy similar a la de los zombis. No suelen ser peligros potenciales. Sólo son una de las tantas amenazas que existen en este infierno. Las hay mucho peores. —La conclusión del discurso se salvó milagrosamente de ser toscamente interrumpida por una repentina aparición repleta de rabia intensa.

   Contemplar a aquella inquietante figura no causo indiferencia en ninguno de los presentes. La grotesca carencia de una de sus extremidades superiores, así como una porción de la carne conformante de su rostro atravesada monstruosamente por el sutil hilo repartieron un torbellino de sensaciones muy distintas entre los videntes, desde la pena o la compasión de sus compañeros más cercanos, entrecruzada con el terror o el horror de sus mayores desconocidos, e incluso la indiferencia absoluta de su momentánea archienemiga. 

   El pobre lisiado invirtió tan sólo unos segundos de su preciado tiempo en analizar aquellas irritantes miradas una por una, sentidas como múltiples láseres de rifles de francotirador amenazando con tirotearle sanguinariamente. Su subconsciente no dudó en buscar desesperado el de su hermana Ley. La primera, la segunda e incluso la tercera vez, él mismo se convenció de que la encontraría entre todos aquellos seres irrelevantes, bebiendo una lata de cerveza mientras jugueteaba con el filo de su katana. Entre la cuarta y la quinta, sus esperanzas se disiparon. A la sexta, se percató de que sólo se estaba engañando a sí mismo.   

   Su sofocada respiración se incrementó, constatando el desespero y la exasperación con las que acarreaba, volatilizándose en el entorno cuando el joven se evadió por el corredor derecho con desmedidos y acelerados pasos. Ninguno de los allí presentes se atrevió a establecer contacto alguno con él. Ni siquiera Florr se arriesgó a arrojar una ofensiva. Valoraba demasiado su cabeza.

   —Joder, pobre M.A. Nunca le había visto tan destrozado. Va a tardar un tiempo en recuperarse de lo que le ha pasado. Espero que al menos pueda apoyarse en su hermana. —Maya sintió como aquellas palabras lastimeras de Nait le asestaban una puñalada en lo más profundo de su corazón. Ella era la única que conocía el verdadero porque de la conducta de M.A, y se autodenominaba inútil continuamente por no haber hecho absolutamente nada para detener a Ley cuando se presentó la ocasión. Maldeciría día tras día a su moral por haberla presionado a optar por aquella equivocada decisión.
   —Estaré con él. —Ni una sola explicación. Ni una sola argumentación. La muchacha se limitó a aquella insuficiente declaración para justificar su apresurada partida del vestíbulo.
   —En fin, si alguien me necesita, yo estaré en la muralla. Creo que ya me encuentro un poco mejor para echar un ojo a los alrededores —disimuló Eva su verdadero propósito.
   —¿Estás segura? —Inma no se mostraba muy convencida de aquella intención.
   —Sí, estoy segura. Adán, Florr; tengo que hablar con vosotros después, ¿vale?
   —Vale —aceptó su hermano sin reparos. La quinceañera se limitó a una respuesta realizada mediante una mueca de aceptación, justo antes de decidir alejarse del vestíbulo rumbo a los dormitorios.
   —Pues eso, que estaré fuera. —La suposición de que Eva se encaminaría hacía la salida conectada con el inmenso patio del fuerte se desvaneció cuando ésta se aproximó a la pareja de invitados conformada por Inma y Nait—. Escuchad, no os voy a decir que no comáis nada, pero los suministros que trajo esa chica pelirroja tienen que durarnos lo máximo posible, así que tratad de racionalizarlos con cabeza. —El abandono de la estancia por su parte se tornó definitivo tras aquel consejo susurrado.


   Después de la tragedia que había desolado al resguardado lugar en el que había sobrevivido la mayor parte del apocalipsis, siempre con la inseguridad prevaleciente entre sus pensamientos, la oportunidad de permanecer indefinidamente en aquella fortificación militar le había reconfortado. Sin embargo, aquello no había sido más que una burda falsedad inventada por él mismo, y se había percatado de ello durante los numerosos lamentos con los que se había martirizado en la enfermería. Su hermana. El reencuentro que había aguardado dos tortuosos años para emerger. Aquello había sido el verdadero desencadenante de la sensación de bienestar que le invadió. Y otra vez, ella se había alejado de su lado. Sin un adiós. Sin una despedida. A traición. Como si hubiese sido casi una traición. Había quebrantado las ilusiones que tanto tiempo había deseado recuperar, pero no tenía intención alguna de hundirse por ello. Lucharía hasta el final por volver de nuevo junto a su ser más querido, y aquella vez no esperaría dos años. 

   De aquel estricto propósito se convencía sin descanso M.A mientras se recolocaba su chaleco con una mezcla de desesperación y amargura debido a la impotencia que le causaba su costosa colocación con un solo brazo y la inexistente ayuda de su horrendo muñón. 

   —Menuda mierda —gruñó tras examinar con repulsión su miembro amputado cubierto de vendas en su extremo deformado. 

Inconscientemente, hurgó en el bolsillo trasero de la vestidura en busca de su arma particular, recordando que se había desecho de ella durante la pelea del día anterior cuando no palpó más que una serie de sucesivos hilos cosidos con precisión milimétrica. Bufó irritado ante aquel hecho. 

 —¿Pretendes ocultarte del mundo aquí, en tu cuarto? ¿No piensas ni siquiera dirigirme la palabra? —Maya se había presentado en el dormitorio del susodicho arremetiendo improvisadamente. El destacado estruendo que la mujer había desencadenado con respecto al desplazamiento de sus pies gracias a la expansión del eco no había sido algo disimulado en ningún momento, pero M.A tampoco se había esperado que apareciese por allí. Aunque una parte de sí mismo lo había imaginado.
   —¿Tienes un arma? —Se aproximó a ella predispuesto a recibir el objeto requerido, ignorando por completo ambas preguntas formuladas.
   —El revolver está seco. Tengo la automática de Inma, aunque no le quedan más que cuatro balas contadas. —Extrajo la pistola sosteniéndola por la culata y entregándosela por el cañón, pero la retiró repentinamente cuando M.A se dispuso a tomarla—. Primero tendrás que responderme. —Empezaba a cansarse de verse siempre obligada a ceder. Aquella vez se había propuesto no ser ella quien lo hiciese.
   —No tengo tiempo para tus tonterías, coño. —Le arrebató la automática con un estirón tan brusco como súbito que hizo brotar la perplejidad en Maya. Nunca habría considerado aquella reacción por parte de su compañero hacía ella ni en sus épocas más duras. Definitivamente, se encontraba peor que nunca. Peor incluso que en el principio de todo.
   —Hey, M.A, cálmate, ¿vale? Sólo estoy tratando de hablar contigo. No hay razón para que me trates de esta manera. —Maya proseguía procurando dialogar pacíficamente, pero aquel trato agresivo de la persona a quien consideraba su amigo comenzaba a hartarla peligrosamente.
   —Pero es que yo no quiero hablar contigo. A cada segundo que desperdicio en este jodido lugar, Ley se aleja más y más de mí. —Revolvió las desaliñadas sabanas del colchón perteneciente al dormitorio, localizando con facilidad sus numerosos efectos personales,  entre los que se hallaba bastante visible su vieja cartera. Se apoderó de todos ellos, repartiendo el peso entre los costados del chaleco.
   —¿Qué? Espera, espera, ¿qué estás diciendo? No pretenderás ir tras Ley, ¿verdad? —Maya se había atemorizado. Conocía perfectamente la situación anímica en la que se encontraba su compañero, pero se había querido imaginar que tendría el conocimiento suficiente para quedarse allí con ella en vez de lanzarse de cabeza al suicidio marchándose.
   —¿Cuál es el problema? —desdeñó él sus preocupaciones con petulancia.
   —¿El problema? ¿Quieres que te diga cuál es el problema? El maldito problema es que estás cegado y eres incapaz de razonar. Recapacita, M.A. Piensa por un solo segundo en lo que vas a hacer. Acabas de despertar de una amputación, por el amor de Dios. Estás en un estado deplorable, y sin embargo, pretendes salir a la intemperie casi desarmado para buscar a una persona de la que no tienes ni la más mínima idea de dónde puede haber ido. —El castigo por haber permitido la partida de Ley ya era suficiente para su hostigada conciencia. No deseaba sentirse también culpable de lo que pudiese sucederle a M.A en el exterior.
   —Estoy bien. El tema del brazo no es ningún obstáculo. Tengo la automática que acabas de darme para defenderme. Y sé dónde buscar. Iré al lugar donde encontramos a Ley por primera vez. ¿Ves? No hay ningún jodido problema, por mucho que te empeñes en buscarlo. —Se aproximó a un destartalado armario tras aquella endeble rebatición de argumentos para recoger el traje NQB preservado sobre uno de sus tablones.
   —No, no estás bien. Despierta de una vez. Es imposible que consigas recorrer a pie el trayecto hasta allí en estas condiciones. Son cientos de kilómetros. Y en el improbable caso de que lo lograses, nadie te va a garantizar que vaya a estar en esa zona. Con esta actitud imprudente, lo único que conseguirás es que te muerda un zombi y te perdamos para siempre. ¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres dejarnos? ¿Quieres dejar a tu hermana? —Maya se había dispuesto a no rendirse en aquella ocasión. Sentía que sería la vencedora de la discusión pendiente. El consentimiento no usurparía de nuevo su toma de decisiones.
   —¡No! ¡No es eso lo que quiero, joder! ¡No es eso lo que quiero! ¡Lo único que quiero es que cierres la puta boca de una jodida vez! ¿¡Es demasiado pedir que cierres esa bocaza de engreída que tienes!? ¡Tú no eres mi madre! ¡Tú no eres mi hermana! ¡Tú no eres mi pareja! ¡Así que deja de decirme lo que tengo que hacer, porque cada vez que lo haces, lo único que consigues es joderme! Yo me voy, ¡y me importa una mierda lo que opines! ¡Ya está bien de controlarme, joder! —El escaso autocontrol de M.A había estallado despiadadamente ante el impiadoso asalto de tanta palabrería advertidora. Seguidamente, se marchó de la estancia embravecido sin atender a la asistencia de Maya, colisionando su hombro contra el de la mujer intencionadamente como indudable señal de enfado.
   —Pero… M.A, espera… —Ella, muy lejos de adoptar una actitud similar a la de su acompañante, no desistía en obtener su preciado objetivo mientras corría detrás suyo.


   Un solitario rayo de aquel debilitado sol brotó de entre las grisáceas nubes que lo enterraban bajo su composición, centelleando por tan sólo unos instantes la verja improvisada como obstrucción del acceso exclusivo al patio de la compleja edificación que constituía el recinto del fuerte. No solía ser habitual en aquella época del año residir con un cielo envuelto en una coordinación profesional del color blanco y el negro, mucho menos si a éste le acompañaban intensas corrientes que azotaban rebeldemente cabellos en abundancia, pero en el fin del mundo todo era diferente.
 Los acalorados veranos que vivían se habían moldeado vilmente hasta transformarse en un entorno solapado por el diligente viento transportador de desgracias y las infinitas gotas de lluvia con las propiedades puras del ácido. Y por si sobrevivir a aquel clima no fuese una ardua labor, los inviernos añadían el imperioso peligro de que lograban alcanzar temperaturas tan cruelmente gélidas que convertían ríos de sangre en cubitos compactos de rojo carmesí. Cualquier superviviente que valorase su vida rezaba por no perecer atrozmente congelado durante aquellos tres meses de dura agonía. No era ninguna locura comparar aquel despiadado invierno con el de algún libro de fantasía. 

   Sin embargo, aquella común meteorología no se localizaba entre las preocupaciones vitales de la abrumada Eva. Percibir una retumbante voz a través del walkie-talkie encabezaba esa lista. Sentada en el estratégico puesto de vigía acomodado sobre la muralla de roca maciza, la mujer comprobaba las amenazas próximas del área con más vagancia que ímpetu en su simulada tarea. Y es que el reconocimiento del terreno actuaba únicamente como excusa para mantenerse en un espacio abierto ante el que adquirir la señal requerida que obtendría la ansiada llamada.

   Su último intento de comunicación había vuelto a fallar. Con aquel se contabilizaban siete. A aquellas alturas, su paciencia debería haberse desesperado, pero no era el caso. Contactar con el doctor requería de resignación y perseverancia. Aquel tipo no emplearía lenguaje alguno a través del transmisor si no precisaba de necesidad o no se trataba del momento adecuado. Tan sólo una vez había alcanzado aquel tortuoso logro, cuyo valioso coste había sido el de dos días de completa tenacidad. Pero no poseía de tanto tiempo en aquella ocasión. Le necesitaba frente al transceptor cuanto antes.

   La resonancia de unas suelas de plástico contra el hierro oxidado de las escaleras que enlazaban con el patio advirtió de la aparición de un niño pequeño a escasos metros de su emplazamiento. Se incorporó sobre sí misma con la voluntad de avanzar rítmicamente hacia él, portando consigo el walkie y el rifle característico del puesto.

   —¿Sigue sin llamarte? —La pregunta no fue más que simple confirmación. Adán había averiguado la respuesta correcta tras tropezarse con la expresión descompuesta de su hermana.
   —Sí. Tampoco responde a las mías. —Desvió su campo de visión hacía el vasto páramo a su izquierda con el propósito de evitar el dolor interno que le produciría la mirada afligida del pequeño. Lo último que necesitaba era sentirse con mayor culpabilidad sobre sus hombros si no conseguía pronto su medicación.
   —Lo hará —gritó él repentinamente, captando la inmediata atención de la joven—. Tiene que llamarte. Estoy seguro. Estoy completamente seguro. Él te llamará. Él lo hará. Verás cómo lo hará. Conseguirás tus pastillas. No te va a pasar nada.
   —Está bien, está bien. No grites. —Eva colocó su dedo índice en posición vertical junto a los labios del chico una vez se hubo agachado para nivelar estaturas—. Escucha, cariño. Tú me conoces mejor que nadie. Tú… tú sabes que no me rindo ante nada. Que siempre hago todo lo posible por seguir adelante. Por vencer a cualquier revés que me envié la vida. Y, al menos hasta ahora, he ganado. Pero llegará el día en que tropiece… El día en que caiga… En que pierda…
   —No quiero hablar de esto —la interrumpió atemorizado. Notó que sus dientes habían comenzado a rechinar irremediablemente, aunque desconocía si el causante era el frío originado por las fuertes corrientes o el tema que determinaba el diálogo.
   —Lo sé, pero es necesario que lo hagamos. Hace un tiempo acordamos que trataría estos asuntos contigo con sinceridad, sin ocultarte la verdad, ¿lo recuerdas? Si te sientes más cómodo, podría inventarme un cuento sobre castillos, dragones y princesas para explicarlo, pero pienso que no eres un niño tan pequeño como para eso.
   —No. No quiero que me cuentes cuentos. No soy un bebé. —Se mordió el labio inferior enérgicamente, como medida de asimilación ante la información que se avecinaba—. Está bien. Continua, por favor.
   —No voy a engañarte más tiempo. Hay muy pocas probabilidades de que sobreviva. El trato es muy inestable. Llegará el día en que tenga que finalizar. Y puede romperse en cualquier momento, ante cualquier suceso que nos obligue a movernos de este lugar, o alguna otra cosa. Incluso suponiendo que tenga los medicamentos necesarios durante mucho tiempo no podría asegurar nada. Después de dos meses de tratamiento, lo único que he conseguido es empeorar todavía más. —Sus divagaciones indicaban que su atrevimiento se estaba preparando arduamente para lo que realmente deseaba notificar.
   —Pero… esto ya me lo habías contado antes. ¿Qué es lo que quieres decirme? —No era nada complejo apreciar la abusiva dificultad patente en el habla de su hermana. Tampoco resultaba sencillo para ella.
   —Yo… —Acumuló una incompleta inhalación del enrarecido aire en sus fosas nasales, a la cual le acompañó un fragmento de valentía en potencia—. Tal vez deberíamos hablar de lo que pasaría si yo muriese.
   —Amm… Esto… Bueno… Yo… —Su consternada persona fue incapaz de intervenir en la conversación, debido a la ruda interrupción del molesto zumbido que emergió espontáneamente del walkie-talkie. Su hermana le solicitó que se mantuviese indefinidamente en silencio con una conocida seña que él captó sin contratiempos.
   —Doctor… —requirió su asistencia a través del transceptor tras ubicarse en posición erguida nuevamente. Adán captó inminentemente su notable prescindencia en la escena, por lo que se tornó de regreso al patio localizado inferiormente.
   —¿Qué es lo que quiere? —Aquella demorada muestra de antipatía supuso un incontable alivio de su continua rigidez, aunque pudiese resultar irónico.
   —Necesito un intercambio —formuló ella su requerimiento de manera lacónica.
   —Le recuerdo que soy yo quien decide cuando se realizan. —La reacción del doctor no podría haber sido más predecible. Llorarle sus penas no dispondría de ninguna utilidad. Necesitaba una estrategia más elaborada para su convencimiento.
   —Dígame, ¿cómo están las reservas de su querido hospital? —Los suministros de hidroxiurea eran el as de picas que le otorgaban una exclusiva ventaja.
   —No es algo que a usted le importe —se eludió como era costumbre. Debía suponer que enmudecer era siempre la mejor mano a la hora de jugar.
   —A mí no, desde luego. Pero usted sabe que va a requerir de mi hidroxiurea pronto. ¿Cuánto tiempo llevamos sin vernos? ¿Dos semanas? ¿Tres? Suficiente para que casi se le haya agotado. ¿Qué piensa que ocurrirá si en el momento oportuno no tiene lo que necesita? Yo no lo sé, pero usted lo sabe perfectamente. —El engaño no fue extremadamente confeccionado a causa de la improvisación, pero imploraba que surtiese algún mínimo efecto en aquel individuo.
   —Apresúrese —concluyo aquel indeseable diálogo sin refutaciones, convirtiendo con ello la conversación en un mero suceso pasado. Una única palabra que había alzado equilibradamente la esperanza y la extrañeza de la mujer. Acceder sin oponer resistencia armada no era propio de la naturaleza impía del doctor. Probablemente no habría empleado ni un segundo de su tiempo en escuchar el anterior discurso sobre su falta de recursos en el hospital, y sencillamente, el intercambio que ella había propuesto en aquella mañana de primavera también le beneficiaba a él, pero pretendía que no se le arrebatase su rasgo de liderazgo en la toma de decisiones. 

   Fuera como fuese, la razón de su aprobación no le importaba en demasía. Únicamente que la poseía. Eso era suficiente para que sus preocupaciones se modificasen hacía la ruta conformada por agrupaciones de bosques radiactivos que debía recorrer durante dos horas para comparecer en lo más profundo del corazón de Mississauga. Debía prepararse para el prolongado trayecto.

   Aullidos incomprensibles empezaron a propagarse presurosos por el expandido sector que constituía la muralla, anunciando formidablemente el origen de alguna especie de trifulca en el desmedido patio. Seis figuras intervenían en lo que simulaba a un acto escénico desde aquella altura. Una de ellas se apresuraba en trasladarse en dirección a la verja que designaba la salida del fuerte, mientras que la más cercana batallaba para impedírselo. Dos más parecían intervenir como mediadores entre la pareja en desacuerdo, mientras que los restantes se mantenían ajenos a aquel alboroto.

   —Ya está bien, M.A. Tú no te vas de aquí. No sabes lo que estás haciendo. Lo digo en serio, esto es por tu seguridad. —Para su desgracia, la pacífica Maya había requerido finalmente del uso de la amenaza ante el fatídico comportamiento de su compañero.
   —He dicho que sueltes tus sucias manos de mi chaleco. —M.A se planteaba seriamente propinarle un puñetazo en toda la cara a aquella molesta mujer, y posiblemente habría evolucionado a una acción real de no haber sido por una interventora.
   —Vamos a ver, tranquilizaros los dos, ¿qué es lo que está pasando aquí? Explicádmelo, por favor. —Inma planteó una solución al conflicto con el uso del diálogo, al más puro estilo de su prima, pero no fue accesible en aquel nivel del altercado.
   —Tú no te metas en esto —le contestó el muchacho groseramente, impidiendo que Maya articulase vocablo—. Bastante tengo con que esta tipeja de aquí me coma el coco, como para que intentes hacerlo tú también. —Se deshizo con brusquedad de las garras apresadoras que se aferraban a su vestimenta, perseverando en proseguir hacía el medio externo mientras se vestía con su traje NQB.
   —¡M.A! —vociferó Maya como insulso e inútil método de detención—. ¡Ah, Dios, me está poniendo de los nervios! —se lamentó con una prominente sonoridad en sus gritos antes de esprintar a la desesperada hacía la edificación principal del fuerte.
   —¡Maya, espera! ¿Qué está pasando? —Inma pretendió detenerla a la caza de una mísera respuesta, pero fue en vano.
   —¡M.A! ¿Dónde vas? No puedes ir a ningún lado en estas condiciones. Vas a hacer que te maten. —A falta de la persuasión de Maya, Nait tomó su relevo, interponiéndose en el camino del joven.
   —¿Tú también, Nait? Mueve tu jodido culo de ahí si no quieres que lo haga yo —se aventuró a amenazarle sin reparo alguno.
   —¡No! No sé qué razones tendrás para querer salir ahí fuera, pero Maya está en lo cierto. Esto es por tu bien, así que vas a tener que quitarme de en medio tú mismo, porque yo no tengo previsto moverme. —Nait se oponía a su amigo con un atrevimiento nunca antes distinguido en él.
   —Hey, ¿qué es lo que está pasando aquí? —Eva se presentó con el descenso de unos escalones, exigiendo conocer las circunstancias concretas del acontecimiento.
   —Eso me gustaría saber también a mí —replicó Inma ofuscada por la absoluta omisión hacía sus requerimientos de información.
   —Ni lo sé ni me importa, la verdad, pero hay que poner orden aquí. —Florr, quien se había distanciado de aquel espectáculo, se había aproximado a su compañera acompañada por Adán.
   —Creo que se están peleando —quiso añadir dubitativo el pequeño.
   —¿Me estás desafiando, Nait? —La pregunta retórica de M.A se caracterizó especialmente por el exagerado tono guasón que exponía—. No eres más que una mierda, por si no lo sabes.
   —Chicos… —Inma aspiró a un nuevo apaciguamiento mientras orientaba sus acelerados pasos hacía ambos muchachos.
   —Tienes las costillas jodidas. No me va a costar dejarte retorciéndote de dolor en el suelo y no tengo tiempo para gilipolleces, así que te lo diré por última vez. Apártate de mi camino. —Las frágiles cadenas que unían a M.A con sus cabales se resquebrajan sin clemencia posible.

  Nait contempló la perversidad en el semblante irradiante de cólera que su compañero ostentaba. No era una falsa amenaza. Realmente se atrevería a cumplir su promesa. Ante aquella aparatosa imagen, el joven optó por retroceder un único paso, dispuesto por completo a rendirse ante sus advertencias. No obstante, M.A entendió en la actuación un pensamiento contrario, que se plasmó a la perfección en el violento gancho ascendente que le asestó justo debajo de los pulmones. Nait resopló el aire acumulado en ellos como una exteriorización del intenso daño causado, antes de desplomarse delante de múltiples miradas observadoras. 

   —¿Qué mierdas has hecho? —bramó Inma desde una distancia cercana mientras se apresuraba en correr a socorrer al atacado. 

   No existió preocupación alguna por parte del atacante, quien recorrió en tres segundos el espacio que le separaba de la verja, se cubrió la cabeza con la máscara en tan sólo dos más y emprendió el inicio de su viaje a toda velocidad, sin siquiera efectuar el típico vistazo de despedida que definía ocasiones como aquella. 

   —¿Pero qué coño…? —Eva emuló la actividad de asistencia de Inma. Su hermano también portaba pretensiones de hacerlo, pero fueron rehusadas cuando reparó en que ella le rogaba que permaneciese junto a Florr, quien no se había movido ni un solo milímetro.

   Maya reapareció en el escenario del ataque embutida en un traje NQB a juego con su máscara. Su desmesurada agitación era tan vehemente que de no haber sido por la llamada de atención de Inma jamás hubiese entrecortado su acelerada carrera. 

   —¿Maya? Maya, espera, por favor, espera un momento. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Qué leches le pasa a M.A? —Inma imploró una maldita aclaración por tercera vez.
   —Su hermana Ley se ha ido. Se marchó anoche, sin decir nada a nadie, sólo a mí. No es la primera vez que lo hace. Le ha frustrado de tal manera que cree que puede salir a encontrarla por su propio pie. Tengo que ir tras él y convencerle de que está cometiendo una locura. —Pese a que la mujer ocupaba todos sus pensamientos en la ansiedad por la integridad de su amigo rubio, distinguir al maltrecho Nait siendo cargado por quien era la actual propietaria del lugar se filtró entre ellos—. ¿Qué le ha pasado a Nait?
   —Él… quiso ayudarte a que M.A. no se marchara, y le ha partido las costillas de un puñetazo —relató Inma aterrada.
   —Oh, por Dios, está cada vez peor. Inma, voy a buscarle. Espérame aquí, ¿de acuerdo? Intentaré no tardar demasiado. ¿Sabes por dónde se ha ido? ¿Lo has visto? —consultó el conocimiento de aquella valiosa información.
   —Yo diría que se largó en dirección oeste, pero no estoy completamente segura —pretendió su prima proporcionársela al efectuar un tremendo esfuerzo por rememorar con precisión el acontecimiento.  
   —Oeste. Vale, muchas gracias. —Realizó ademán de arrancar a correr con velocidad, suspendiéndolo cuando un personaje recientemente caído se evocó en su memoria—. Por cierto, dile a Nait de mi parte que lo siento y que espero que se recupere pronto. —Maya reanudó su interrumpida acción, abandonando el recinto del fuerte antes de que la atenta contemplación de Inma obtuviese siquiera el tiempo suficiente para poder parpadear.


   La rigidez de la deteriorada camilla que la enfermería disponía a seres humanos accidentados supuso un punto de inflexión del insufrible tormento que se había desencadenado en el frontal superior de Nait en cuanto reposó su entero peso sobre ella.

   —¿No estarías mejor tumbado? —La proposición de Inma para la mejoría de su bienestar se interpuso con la improvisada decisión de Eva, basada en conservarle en una postura de sentado permanente.
   —Nah, estoy bien así, pero gracias por tu preocupación —la rechazó él con prominente humildad—. Y muchas gracias por tu ayuda. Ahora estamos en paz —le comentó seguidamente a la mujer que había actuado como única ayudante para su transporte.
   —¿Qué? —La aludida no comprendía el significado de aquella afirmativa. Su desmayo el día anterior era el principal responsable de ello.
   —Él te sacó del patio cuando te desmayaste y estaban entrando los mutantes —le comunicó su hermano Adán, completo conocedor del acontecimiento referido.
   —Siento no haber ayudado yo también, Nait, pero me era muy difícil hacerlo con un brazo en cabestrillo, y además, necesitaba hablar con Maya urgentemente. —Inma se excusó coherentemente ante la inexistente asistencia prestada al muchacho.
   —Está bien, te perdonaré si compartes con nosotros lo que te contó. Como compensación, ya sabes —fingió el referido un irónico chantaje.
   —Llevaba mucha prisa, así que no me dijo demasiado, pero sé que la hermana de M.A se fue ayer por la noche sin avisar a nadie excepto a Maya, y que él quiere salir fuera para encontrarla —declaró ella aquella información esforzándose por un correcto entendimiento común.
   —Con razón no la veía por ninguna parte —la secundó Nait en base a su completa ausencia durante los hechos acaecidos aquella mañana—. O sea, que primero se fue de Stone City sin nosotros, dejando al pobre M.A hecho una mierda, y ahora que después de dos años separados se han vuelto a encontrar, le hace otra vez lo mismo. Y encima mientras él estaba inconsciente, sin despedirse ni decir nada a nadie. No entiendo a esa chica, de verdad. ¿Qué es lo que se le pasa por la cabeza para abandonar todo el tiempo a alguien que realmente la necesita?
   —¿Acaso importa? No le busques lógica a sus actos, pipiolo. Esa tía está tan quemada del cerebro como su hermanito. No hay más que ver como se pasea por ahí con su katana creyéndose una ninja. —La actitud reservada de Florr hacia el acontecimiento se arriesgó a internarse en la conversación con el estilo personal de la adolescente.
   —Puede que Ley sea extraña a más no poder, pero para nada está loca —la contrarió Nait cansado de aquellas afirmaciones egoístas—. Y suerte tienes que no está aquí para escucharte decir eso, porque la señorita ninja ya te habría decapitado.
   —Lo cual reafirma mi teoría —persistió su contrincante—. Esos dos hermanos son como bombas de relojería que tarde o temprano estallarán. Me he topado con este tipo de personas quebradizas más de una vez, y os puedo asegurar que no es nada bonito tener que volarles los sesos para que no te corten la garganta. Que se hayan ido de aquí nos ahorrará muchos problemas a todos.
   —Esto no funciona así —se opuso Inma a admitir aquellas rotundas afirmaciones.
   —Tienes razón. Funciona aún mucho peor. Otra cosa es que tu supervivencia de niña protegida te haya impedido verlo antes —embistió Florr convencida de su certero entendimiento.
   —¿Y tú qué sabes? Si ni siquiera me conoces —se indignó la joven extranjera ante aquella ocurrencia incierta.
   —Ni falta que me hace. Con solo verte se nota el perfil de chica asustada que corre a esconderse bajo la cama en cuanto aparece un zombi —justificó la adolescente su criterio impuesto.
   —Estás tú muy chulita, ¿no? Inma no te ha hecho nada, así que déjala en paz —emprendió Nait un contraataque contra aquellas eminentes provocaciones.
   —¿Podéis parar ya de discutir? —les interrumpió Adán con un lamentado ruego de silencio—. Siempre estáis igual. —Su petición se vio increíblemente aceptada durante un par de segundos, incomodando en gran parte la atmosfera respirada allí.
   —¿Habéis terminado ya? —El visible gesto en que la cintura de Eva soportaba la instalación de sus brazos sobre ella advertía de su indudable molestia—. ¿Sí? ¿Ya? ¿De verdad? —Desvió repentinamente su desagrado hacía la adolescente—. ¿Estás más tranquilita, Florr? ¿Lo estás? ¿Seguro? —Su mueca de irritación sustituyó a una contestación verbal—. Muy bien. Ven conmigo un momento, por favor —desveló una demanda a su compañera, convertida en obligación cuando la arrastró fuera del malestar que entrañaba el recinto médico.

   Aquella espontanea retirada supuso para la conmoción que padecía Inma el tercer colosal consuelo en menos de veinticuatro horas, así como el segundo de ellos respecto a la prepotente adolescente. Contemplo la figura de Nait, quien se percibía íntegramente ensimismado en observar la salida empleada por las dos jóvenes, como si no hubiese terminado de creerse aquella actuación. Ladeó seguidamente su mirada hacía el pequeño Adán, quien repartía la visión intranquila de sus ojos celestes entre ambos individuos. 

   —¿Siempre ha sido así? —consultó Nait al niño su curiosidad relacionada con la conducta de la quinceañera, sin haber reparado en que éste se había separado de su lado para inspeccionar entre los útiles médicos de uno de los alejados estantes, motivo claramente obvio por el que no alcanzó a escucharle.
   —Hey, Nait —requirió Inma de su absoluto interés—. Ahora que estamos más solos y más tranquilos los dos, me gustaría que me despejases una duda que tengo desde que llegué aquí. —Su solicitud fue manifestada con una disminuida sonoridad, que sugería la consulta de un tema algo personal.
   —Dispara —lo aprobó él sin objeciones.
   —Tú has pasado mucho tiempo sobreviviendo junto con M.A y mi prima, o al menos eso creo. Se podría decir que más o menos los conoces bien, ¿no? —La joven procuró asegurarse de que había optado por la persona adecuada para despejar aquella cuestión.  
   —Sí, bueno, sí, después de dos años algo sí que los conozco. Aunque supongo que tú sabrás más sobre Maya que yo, y a M.A le siento últimamente como a un extraño, pero aun así, pregunta libremente.
   —De acuerdo entonces. —Inma efectuó una enérgica inspiración—. ¿Qué es lo que sabes sobre la relación entre ellos dos, entre M.A y Maya? ¿Cómo la definirías? —Nait esbozó una muestra de desconcierto, extrañado de que él fuese el destinatario de aquella cuestión.
   —Toma. Son calmantes. —Adán reapareció misteriosamente cercano a la camilla del muchacho extendiendo un diminuto bote transparente, asustando a ambos sujetos con aquella aparición improvisada.
   —Vaya, que servicial. Gracias, chico. —Nait comprendía a la perfección la importancia de preservar medicamentos como aquel para casos más graves que el suyo, pero una o dos pastillas que calmasen su calvario a la vez que evitasen la inflamación de sus costillas tampoco era ningún abuso.
   —De nada. —El niño reveló una modesta sonrisa por la satisfacción que le provocaba sentirse útil a juicio de los demás, que actuó como una despedida cuando se trasladó al exterior de la estancia, disminuyendo en uno más el número de seres humanos que ésta albergaba.
   —No son pareja, si es lo que quieres saber. —Nait desenroscó el tapón que custodiaba las pastillas para deslizar tan sólo una de ellas por su seca garganta.
   —¡Oh, no! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! —La nula capacidad de disimulo de Inma habría sido bastante difícil de superar. Su desconfiado acompañante le envió un gesto de recelo—. No cuela, ¿verdad? —Nait negó sarcásticamente con la cabeza—. Oye, me encontré a ese tío paseándose por la casa de mi prima en calzoncillos. Es normal que sospeche, creo yo, ¿no?
   —Mira… Si realmente viste eso, pienso que lo malinterpretaste. En Almatriche, nosotros trabajábamos. Todos teníamos una especie de trabajo con el que colaborar para la persistencia de la comunidad. Puede que M.A estuviese recién levantado de una jornada laboral, lo cual explicaría el porqué de su falta de ropa. De todas formas, ya he hablado de esto con ambos, y Maya dejó bien claro que M.A es como un hermano más para ella, mientras que él… bueno, él no quiso comentarme nada al respecto, así que sinceramente, no sé qué es lo que siente en realidad. No tengo ni la más menor idea de si él la quiere o no la quiere como su pareja, pero te puedo asegurar que ella no lo ve como algo más que un buen amigo, y mientras siga siendo así, no se van a distanciar de la amistad.
   —Ummm. —Inma meditó durante seis segundos exactos aquel cúmulo de información fresca y reciente en una pose tan pensativa que su mayor impresión no era otra que la de estar tomando la decisión más importante de su existencia—. Ya que ellos han tratado el tema personalmente contigo, me creeré lo que me estás contando. Además, tampoco veo alguna razón de peso para que me mintieses. Supongo que son unos muy buenos amigos que se responsabilizan el uno del otro como mejores compañeros todavía, incluso aunque al rubio se le esté yendo un poco la olla —dictó ella una deducción propia de sus lazos gracias al comportamiento observado entre ellos dos y el testimonio que Nait le había desvelado.
   —Bueno, pues si no me necesitas para nada más, con tu permiso, ahora sí que me voy a tumbar un ratito. —Aquella comunicación precedió al continuado enroscamiento del tapón para que actuase nuevamente como barrera entre el aire alterado de la atmósfera y los químicos que componían aquella medicación al devolverle su posición original—. ¡Ah, jodido M.A! Ésta pienso devolvérsela aunque tenga que recorrer el país entero para encontrarle —protestó medio irónico ante la impiadosa estocada propinada por su tórax cuando se abatió sobre la camilla. A Inma se le escapó inevitablemente una reprimida sonrisa.


   Discurrir sobre cuál podría ser aquel requerimiento tan urgente como para obligarla a seguirla hasta un destino incierto había ocupado todas las mesas de los debates internos que Florr creaba en su imaginación. Que estuviese demasiado enfadada por su inexplicable conducta era una de las múltiples opciones que había barajado, pero enseguida la había descartado. Su pesaroso caminar había desvelado una mayor gravedad que la de una simple reprimenda. Tal vez su voluntad era la del deber de informarla de algún asunto en riguroso privado. Aquella había sido la selección más fiable entre sus posibles elecciones. 

   Eva estiró ligeramente del delicado picaporte, bloqueando cualquier acceso directo a su dormitorio particular, así como posibles miradas furtivas de los invitados que recorriesen aquel corredor. Apoyada parcialmente sobre el alfeizar de la puerta, la adolescente combatía con la contención de su nerviosismo, manifestando una imagen de incorrupta serenidad. La poseedora del cuarto entreabrió su correspondiente armario para apoderarse de una mochila de color verde con cierto aspecto infantil. 

   —Me voy a buscar a Puma. —Aquella fue la excusa más creíble que había razonado para su presentación ante el raciocinio de Florr.
   —¿Cómo? Estás de broma, ¿no? —Casi habría preferido una terrible noticia sobre el estado de los suministros o del grupo que saber que una de las pocas personas que valoraba pensaba arriesgar la vida para nada.
   —No, no lo estoy. Lo más probable es que Puma se encuentre con vida ahí fuera, en algún lugar, tratando de regresar por todos sus medios posibles. Todos parecen haberse olvidado de él, y si nadie tiene pensado mover un dedo para ayudarle, yo lo haré. —Deslizó lateralmente los medallones de la cremallera que aseguraban la mochila una vez la hubo posado sobre un polvoriento estante.
   —No es tu obligación exponerte a ese peligro, Eva. No es tu responsabilidad. En todo caso, sería la mía. Él es mi hermano. —A pesar de su determinación de insistencia, sus planes de convicción no surtían efecto alguno en la decidida mujer. Persuadirla para que desistiese en su objetivo era un deber, pero informarla de la auténtica verdad era una prohibición. Una disyuntiva bastante compleja.
   —También es mi amigo, Florr. Además, fui yo quien le ordenó ir a la ciudad en busca de suministros, así que sí, también es mi responsabilidad. —Retornó a los paralelos anaqueles del armario para recoger de su superficie un cuarteto de botellas de centilitros de agua junto con una caja de galletas con formas de animales rellenas de chocolate, que rápidamente introdujo en su saco especial con correas.
   —Entonces iré contigo. —Aquella afirmación era infundada para su conocimiento, pero tal vez se desempeñase como técnica de intimidación. Si no, siempre podría ir con ella realmente. El riesgo sería menor que el de una expedición en solitario.
   —Florr, sé perfectamente que estás dispuesta a romperte el pecho por Puma, y lo entiendo de veras. De hecho, me sorprende que todavía no te hayas dejado llevar por tus impulsos y no estés en el bosque buscándole sin descanso, pero entiende también que esta es mi decisión. Iré yo sola. —La frontera que señalaba el fin de la resistencia propia de la adolescente había sido rebasada. El último alegato de su acompañante la había convencido de que las condiciones de aquel plan eran ya inmodificables, como solía ser costumbre entre las dos. Eva era demasiado testaruda incluso para ella—. Igualmente, voy a necesitar que alguien como tú se quede como encargada del fuerte y cuide de Adán en mi ausencia.
   —¿Nos mantendremos en contacto? —Aunque no la detendría ni la acompañaría, confiaba en que seguir su itinerario de búsqueda fuese algo posible.
   —Por supuesto. No te alejes mucho del walkie que tiene mi hermano. —Introdujo su puñal en uno de los bolsillos más ocultos de la mochila. Las reglas impuestas por el doctor no le permitían empuñar un arma en su hospital, pero no existiría condena si ésta se encontraba en un estado de camuflaje. Por el contrario, las armas de fuego como su Winchester o el Voere específico de los turnos de vigilancia eran demasiado pesadas y voluminosas para transportarlas consigo en cubierto, eso sin contar con la carencia de munición. Debía resignarse a retirarlas de su equipamiento.
   —Ahora que lo mencionas, ¿se lo has contado ya a él? —fisgoneó Florr tras haber captado el nombramiento del pequeño.
   —Sí, lo hice en la muralla. —El peso al que se veía sometido el soporte de Eva aumentó unos cuantos kilógramos cuando cargó con las correas sobre sus hombros, siendo éste el causante de un sutil jadeo—. Él se lo tomó bien. Supongo que entiende que deba marcharme en busca de Puma. —Más mentiras se sumaron a su lista de eternas falacias.
   —Seguro que hasta te habrá preguntado si puede ir contigo. —La adolescente evidenció una complaciente sonrisa, raramente apreciable en sus facetas. Recibió como respuesta una copia exacta de su acción en el rostro de su compañera—.
   —Controla los suministros, racionaliza la comida y el agua, vigila los alrededores, asegúrate de que los heridos no hagan nada extraño y ten siempre un ojo puesto en Adán. Sigue estas indicaciones y todo debería ir bien, ¿de acuerdo? —Florr asintió—. Y por favor, tranquilízate un poco. Yo tampoco confío demasiado en esta gente, pero lo último que nos hace falta ahora son enemigos, así que no te ensañes con ellos sin motivo. —En aquella ocasión, su descontento se había mostrado cohesionado a un irritante bufido, aunque no se decidió a cuestionarla—. Y aunque supongo que esto lo imaginarás, ese rubio que se ha ido tiene la entrada prohibidísima a este fuerte después de lo que ha hecho, así que si por un casual volviese, haz lo que sea necesario para que no ponga un pie aquí dentro, ¿entendido? Lo que sea necesario. Ese tipo es un peligro potencial. Cuanto más alejado esté de nosotros, más seguros nos mantendremos. Te concedo carta blanca por mi parte.
   —No te preocupes. No me temblará el dedo si tengo que apretar el gatillo. —Aquella  rotunda permisión conectada a la coincidencia de razonamientos satisfizo a la vitalidad de Florr, que se acrecentó originándole complacencia.
   —Volveré antes del anochecer —indicó imitando a una afirmación, cuando en realidad no era más que una aproximación concreta.
   —Buena suerte —se despidió la quinceañera de su camarada, cuyas falanges ya se hallaban atrapando el picaporte.


   Sentado incómodamente sobre uno de los consumidos escalones que establecían la escalera del patio, Adán contemplo como la doble puerta de la construcción que gozaba de las habitaciones se desplazaba de su emplazamiento por una fuerza que actuaba impetuosa sobre ella, siéndole humildemente concedida la visión de su hermana. Se liberó de su desagradable asiento con un enérgico salto, alcanzando su posición antes de que ella reparase siquiera en su aparición. 

   —¿Ya te vas? Estaba esperándote para despedirme. —Su firmeza resultaba ser plenamente fingida. El auténtico temor a que su ser más querido no regresase nunca de su partida era el sentimiento que le invadía realmente—. He estado pensando que tal vez sí sería mejor que yo me quedara aquí. Por mi seguridad.
   —Claro. Mientras yo esté ausente, Florr será la líder de esta fortaleza y tú el guardián que la protegerá hasta la muerte —desató la joven su imaginación más infantiloide, sosegando con ello una pequeña porción del miedo que el niño experimentaba—. O al revés. Como vosotros queráis.
   —No se te olvida nada, ¿verdad? Tu memoria no es muy buena últimamente —la advirtió el conocedor de sus inusuales despistes sufridos con excesiva regularidad en los últimos días.
   —Pues me atrevería a decir que llevo todo lo necesario. Vamos a ver. Comida, agua y un puñal en la mochila, el walkie y la hidroxiurea en el bolsillo de la sudadera, la ropa de plástico que siempre llevamos puesta ni me la he llegado a quitar y el pañuelo… el pañuelo… —Se acarició fugazmente su barbilla, cerciorándose de que el trozo de tela no actuaba de su cubierta—. Madre mía, si no me he colocado el pañuelo. ¿Cómo he podido descuidarme de esta manera? —Se palpó sus pantalones con el objetivo de localizar el bolsillo específico donde se conservaba. Ocultó la parte inferior de su rostro tras éste una vez hubo sido extraído de su escondite, formando un consistente nudo para que perseverase adyacente a su piel—. Vale, ahora sí estoy lista.
   —Prométeme que tendrás cuidado —le rogó Adán predisponiéndose a un tierno abrazo que sirviese como una temporal despedida.
   —Prometido. —Eva apretó el cuerpo de su cariñoso hermano contra su contraído pecho dulcemente, otorgándole su requerido deseo. Fue un efímero beso en su mejilla tras segundos de fundición su decisiva conclusión—. Volveré pronto. No pienses mucho en mí. —Recolocó una de las correas, que se había retorcido inexplicablemente, mientras sus agitados pasos la encaminaban en dirección a la verja que delimitaba la superficie del fuerte.
   —Adiós —musitó Adán, quien observó con detalle como su hermana se evadía progresivamente según avanzaba hacia la ruta boscosa.  


   Ni sus divagaciones más superiores habían reflexionado sobre la posibilidad de que aquella insulsa exploración se alargase hasta que las doloridas plantas de sus pies suplicasen clemencia absoluta. Su reloj mental nunca había sido remotamente eficaz,  por lo que le era extremadamente complejo determinar el tiempo aproximado que se había mantenido en un constante paseo entre naturaleza mutada e infectada, pero su lógica le declaraba que probablemente no habría transcurrido mucho más de una hora exacta.

   Una hoja seca crujió levemente bajo la embarrada bota que acompañaba al traje. Aquel mustio vegetal, azulado por el efecto radioactivo, poseyó el poderío suficiente para  rememorar en una exhausta Maya aquellas épocas en que la primavera realmente hacía mención a su nombre, y no era sólo un mero calificativo de varios meses del año. 

   El agradable aumento de las temperaturas, el incremento de las horas que se sentía la reconstituyente luz natural, la renuncia de las guarecidas madrigueras por parte de los animales que se habían cobijado en ellas o la renovación de la viviente naturaleza. Todo aquello se había extinguido de la faz de la tierra en el mismo instante en que el primer muerto viviente había efectuado un miserable espasmo. La nostalgia recorrió cada fibra de su cuerpo como si de una serpiente se tratase. 

   Meditó durante un fugaz pestañeo si valdría la pena entregar su propia vida por volver a experimentar aquellas sensaciones una sola vez más. No aspiró a meditar una respuesta. Aquello no superaba a otro de los inútiles intentos de su mente por evadirse de aquella cruda realidad. Necesitaba centrarse en sus prioridades, no en pensamientos de un pasado mejor. Y allí, rodeada por aquella zona arbórea bañada en extravagantes colores, M.A era su prioridad más primordial. 

   La labor de investigación en sus excéntricas cercanías fue el siguiente paso tras su concentración. La certera finalidad de ello no se discernía en realidad de localizar un robusto tronco con la anchura requerida para acoger sus específicas señalizaciones. Caminó con rapidez hacía el que consideró mejor apto para aquella voluntad, perforando levemente su superficie con una rama obtenida de otro árbol kilómetros atrás, formando así una irregular flecha que sirviese como método de orientación hacia el camino recorrido, la cual se impregnó con la pegajosa savia que manó de su sistema vascular. 

   Una sabia estrategia empleada desde que el desolado páramo había permitido el paso al espacio plagado de flora distorsionada. Lo más probable es que no le asegurase al cien por ciento la ruta de regreso al fuerte, pero al menos disponía de una garantía. Mejor que deambular alocada sin rumbo fijo, desde luego. 

   Su serenidad se vio inesperadamente arremetida por un incontenible alarido que no se intuyó demasiado lejano. Adoptando una inminente postura de alerta, la previsora mujer condujo precavidamente sus pasos unos palmos a su izquierda, concediéndose así el privilegio de apreciar el espacio descubierto del que provenía aquel alarmante grito.

   Había calentado sus puños como prevención ante la monstruosidad que el destino pudiese depararle. Podía afirmar con certeza que el emisor del rugido no se trataba de un zombi, lo cual eliminaba una posibilidad. Divagaba entre si lo que surgiría frente a su ser sería un mutante o algún engendro de otro tipo cuando divisó a una violenta figura humana  que efectuaba repetidos y enérgicos pisotones sobre un colorido arbusto. 

   —M.A… Por fin… —Un estremecedor graznido heló sus esperanzados murmuros a la vez que desató un nerviosismo irrefrenable en sus arterias—. Otra vez no, por favor. 

   La excitación del extraño reconocido ocasionó que desistiese en su excéntrica labor, enervándose su limitada paciencia ante el acecho de una desconocida amenaza, alternando sus tentativas de localización entre los ramajes de los árboles más próximos a él. 

   El enérgico batir de unas alas delató la presencia de una masa negruzca amorfa y desproporcionada que les avistaba con sus cuatro escalofriantes ojos. Años atrás, probablemente lo habría denominado como un cuervo, pero para aquel ser mutado hasta el sadismo no existía un bautismo que le otorgase nombre alguno. 

   El ave ejecutó un grotesco reclamo, que atrajo el aterrizaje de tres deformes más con características muy similares. No precisaron de ninguna coordinación para emprender su veloz vuelo, arremetiendo contra la anatomía del exaltado con sus despiadados picotazos, acompañados con la emisión de atemorizantes sonidos. 

   —¡M.A, no! ¡Aguanta! —Maya aceleró su detenimiento hasta que éste se moldeó en una presurosa carrera hacia la ubicación del atacado, que se paralizó plenamente cuando una imprevista embestida a su costado la impulsó horizontalmente, alterando su postura erguida por una tumbada vertiginosamente. La implacable brutalidad característica de la ofensiva habría destrozado la integridad de los órganos de cualquier ser humano corriente, pero a ella sólo le había causado una tremenda confusión en su entendimiento.

   El avance del ser retorcido en una bestia monstruosa produjo un esplendoroso ruido que retumbó en sus oídos. Sus agigantados pies le detuvieron junto a la persona contra la que había acometido voluntariamente. El conjunto de repulsiva carne que constituía el rostro del atacante se exhibió sin pudor ante la derribada, dibujándose en él una insólita mueca, que expresó una emoción irreconocible hasta para el más astuto. La abominación capturó con sus peludas manos lo que había deducido como la fragilidad del cuello de su víctima. Aquello resultó menos paralizante para Maya que unas cosquillas, quien no vaciló en desencadenarse de aquel apresamiento reventando el estómago del monstruo con una usual patada. Éste surcó los ennegrecidos cielos unos pocos metros a consecuencia de ello, regresando a tierra con una precoz detención. 

   Ella se alzó con la mentalidad de un triunfo más en sus batallas contra la supervivencia, progresando hacía su rival para rematarle, quien se zarandeaba continuamente en un desesperado intento por levantarse, a la vez que difundía en el oxígeno de la zona sus gruñidos quejicosos de rabia e impotencia. 

   Maya sintió como el resentimiento y la pesadumbre se fundían en una singular impresión cuando clavó sin recelo la rama que aún mantenía en la profundidad del desfigurado cráneo, liberándole de la condena en que se había convertido su vida con una explosión de materia gris sanguinolenta.

   La aniquilación de su agresor precedió al encabezamiento de sus recuerdos por parte de la fisonomía de los mutantes que asaltaron el fuerte. Aquel bárbaro animal se percibía estrechamente relacionado con el comportamiento de aquellos enemigos, pero su apariencia física distaba mucho de la parecencia a un muerto viviente. Las aterradoras consecuencias de la radiación en su reciente cadáver confirmaban su tipología como mutante. Supuso que probablemente la resolución a la cuestión de su procedencia fuese que varias razas distintas de mutantes perviviesen en la desolación del arrasado mundo, aunque no existía una mínima certeza de ello, y lo cierto es que tampoco le interesaba averiguarlo. 

   Otros asuntos de mayor importancia requerían de su atención, como la suspensión de la insufrible tortura a la que se encontraba subyugado M.A. Maya reanudó su apresurado desplazamiento hacia el martirizado, quien se retorcía entre varios arbustos rojizos como medida desesperada para protegerse de los impiadosos picotazos con que los cuervos le arrancaban numerosos pedazos de carne de un diámetro comparable al de sus cabezas.

   El que arremetía contra las piernas del susodicho se vio irremediablemente aplastado por la suciedad de una bota que esparció sus reducidos órganos por aquellas extremidades dañadas. Uno de sus acompañantes desplegó sus anómalas alas, señalando su estado asustadizo con unos cuantos chillidos quebrados. No voló muy lejos. Una colérica mano la cazó con un movimiento prácticamente invisible para la repelente ave. La presión que ésta ejerció la hizo estallar brutalmente, desparramando todo un aguacero de sesos por la carne en tensión constante. 

   Un tercero más alocado entregó su deplorable existencia a Maya cuando acometió contra ésta en un absurdo acto suicida inconcebible para la inteligencia del animal. El manotazo defensivo de la joven partió inexorablemente al asaltante, fragmentándolo en dos sangrientas mitades claramente diferenciadas. El cuarto pájaro, que concluía el ya extinto coro de sus terroríficos cantos, se expuso como el más astuto con una apresurada y torpe huida. A la jadeante mujer no le interesaba ensuciarse con más carmesí del que la impregnaba de por sí, por lo que permitió que se escapase sobrevolando la zona. 

   Su respiración había aumentado paulatinamente su exaltación hasta el extremo de originar la sensación de estallido de sus acalorados pulmones. Su rabia intravenosa se propagaba sin cese por sus ardientes vasos sanguíneos. Podía distinguirla perfectamente entre el bombeante líquido rojizo que los recorría, pero no le importaba. Ni lo más mínimo siquiera. El cuerpo malherido e inerte que se atormentaba justo a sus pies se adueñó de su plena preocupación. Su rectitud se resquebrajó como un frágil cristal.

   —¡Oh, no! ¡No, no,! ¡Oh, Dios! ¡No! ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No! ¡No! —Su descuajaringada estampa ya espetaba por sí sola vagas expectativas de sobrevivencia. No obstante, la aprehensión de una fiera mordedura en su brazo derecho que destapaba las marcas de dentelladas a la cruenta exposición radiactiva erradicó cualquier esperanza albergada.

   Un nudo obstruyó vilmente la garganta de Maya cuando desplazó a su mejor amigo cuarenta y cinco grados al contrario del curso de su trayectoria, disponiéndole con su faz en el sentido del turbado firmamento. Aquel acontecimiento nunca debió haber existido en una cronología. Era su culpa que lo hubiese hecho. Proteger a M.A era su responsabilidad. No habría supuesto ningún esfuerzo amarrarlo a algún trasto inservible del fuerte en contra de su voluntad. Aunque su persistencia por aislarse de la violencia se lo había impedido, una actuación de aquel calibre habría evitado aquella sopesante situación, a pesar de su rastreridad. Que su querido se encontrase en una inaplazable reunión con la impiadosa muerte había sido uno de sus mayores pecados en aquel mundo. 

   La membrana que recubría sus ojos se revistió del líquido producido por la lagrimación, enturbiando la claridad de su visibilidad. Retiró cuidadosamente la máscara que ocultaba la afligía de su mejor amigo. Quería observar su apreciado rostro una sola vez más. No, lo quería no. Lo necesitaba. 

   No, aquel no… Fascinada, la joven no pudo hacer más que retroceder instintivamente de un sobresalto provocado por las facciones reveladas de aquel tipo. 

   —Tú no eres M.A. —Y entonces, la impresionada Maya se percató en millonésimas de segundo de la ceguera mental que la había resignado. Aquel prototipo de cadáver no presentaba ningún rasgo semejante con la persona con quien deseaba reencontrarse. La complexión, la estatura o la musculatura eran las diferencias más notables con respecto a su compañero, pero el fundamento más indiscutible era que aquel desconocido no exhibía amputación alguna, sino que aún mantenía ambos antebrazos en su ubicación natural. ¿Cómo había podido confundirse de aquella manera? Al menos la aliviaba el hecho de que sólo fuese eso. Una terrible confusión.  

   Algo más sosegada, se atrevió a comprobar el estado del anónimo con aquella desmesurada fe que la constituía, pese a que aquel problema ya no era de su propiedad. Contempló aterrada como su aspecto demacrado se exponía con un blanco pálido que despejó sus más ardientes reparos. 

   Su esperanza de vida no alcanzaría los cinco minutos. Ya no sólo por la infección que le invadía debido al prominente mordisco o por el desangramiento imparable que le habían ocasionado los cuervos, sino por la incalculable toxicidad que su organismo acumulaba. Lo cierto es que resultaba increíble que aún respirase, aunque fuese de aquel modo tan perturbador.

   Su moral se disputó su siguiente elección. Aunque no conocía de nada a aquel superviviente, negarle un final sin sufrimiento era un acto de inhumanidad que no estaba dispuesta a cumplir. Un moderado puñetazo que destruyese sus hemisferios cerebrales, y aquel sujeto descansaría para siempre. Para ella era lo correcto.

   Un inesperado alboroto imposibilitó aquella determinación. Tres forasteros se precipitaban hacia la posición de Maya desde una distancia media a ella, emitiendo berridos incompresibles que informaban de su descontento con respecto a la presencia de la joven. Probablemente el hombre a quien le había ofrecido su ayuda mantenía relación con aquel extravagante trío, y la hubiesen catalogado inmediatamente como enemiga. Aquellos extraños se lanzaban a asesinarla inflexibles sin conocer las circunstancias del suceso. 

   No hubo tiempo para pensar. Casi ni lo hubo para actuar. Maya simplemente se escabulló de aquella amenaza, alejándose velozmente de la escena camuflada entre la rosada maleza.


#Naitsirc

lunes, 19 de agosto de 2013

NH2: Capítulo 015 - Pesadilla.


Una hermosa y joven adolescente cuya edad rondaba los catorce años, de cabello largo y ondulado, así como profundos ojos marrones a juego con el color de su cabello, caminaba descalza entre los dorados campos de trigo cerca de las afueras de Stone City. Ataviada con un vestido blanco de tirantes, la joven paseaba entre los campos dejando que sus dedos se deslizaran sobre las finas hebras del trigo sembrado a ambos lados del camino. Una suave brisa de verano mecía sus largos cabellos y su delicada piel se calentaba con los cálidos rayos del sol.

Tras caminar durante un rato y abandonar el campo, llegó hasta una pequeña elevación del terreno, y bajo un gran árbol que proyectaba una buena sombra, se encontró con un joven vestido con ropa de verano recostado en el tronco, descansando tranquilamente. En el hermoso rostro de la muchacha se dibujo una amplia sonrisa, y tras subir el relieve, se sentó al lado del joven, de su misma edad, y expresó una tierna mirada al contemplar su tranquilo rostro durmiente. Debía haberse dormido mientras leía a juzgar por el libro abierto que había sobre sus piernas.

La joven se acercó al rostro del chico y aprovechando que estaba dormido, le besó dulcemente en la mejilla. El joven comenzó a despertarse lentamente y ella se apartó bruscamente, poniéndose de pie y alejándose unos pasos mientras le daba la espalda.

–Am, estás aquí Crystal, no te había oído llegar. –dijo el joven.

–No me extraña, te quedaste dormido mientras leías, Davis –dijo la castaña girándose para mirarlo.

Crystal miraba al joven con una dulce sonrisa llena de sentimientos profundos hacia el joven. Detrás de ella se contemplaba una hermosa puesta de sol en el cielo anaranjado, los dorados campos de trigos y una brisa de verano mecían débilmente los cabellos de la joven.

Aquella escena hizo que Davis se ruborizara sin darse cuenta. Sentía algo por ella e intuía que era correspondido. Sin embargo la inseguridad que ambos sentían impedía cualquier tipo de declaración formal entre ellos.

La joven volvió a darle la espalda mientras Davis se quedaba embobado mirándola. Crystal permaneció mirando cómo los campos de trigo se mecían con el viento, ante aquella magnífica puesta de sol. Entonces le preguntó al joven:

–Davis, ¿tienes a alguien especial en tu vida?

El joven lo pensó durante unos momentos.

–No… Bueno, te tengo a ti como amiga. Te aprecio muchísimo, si es eso a lo que te refieres.

–Entiendo, yo también te aprecio mucho como amigo...

Entonces Davis notó como el cielo y el sol tomaban una coloración rojiza intensa y vio como la hierba bajo sus pies comenzaba a marchitarse lentamente. El joven no supo reaccionar en aquel mismo momento, pero sí lo hizo cuando un fuerte olor a quemado y un intenso calor le sorprendió a sus espaldas. El joven se giró y vio que el frondoso árbol en el que había estado apoyado unos momentos antes estaba ardiendo entre furiosas e intensas llamas.

El joven contempló aquel suceso boquiabierto. Sencillamente no entendía lo que estaba ocurriendo delante de sus ojos. Cuando se volvió a girar para mirar a Crystal, ésta le seguía dando la espalda sin decir palabra. Los campos de trigo habían desaparecido, pasto del fuego que de un momento a otro se había extendido por todo el lugar. El cielo comenzó a llenarse de oscuras nubes de humo. En la lejanía, podían apreciarse los edificios de Stone City, envueltos en violentas lenguas de fuego. Pero lo más impactante fue el violento sonido que provenía del cielo. Acto seguido, una intensa luz blanca cegó por completo a Davis y le obligó a apartar la mirada casi con violencia. Cuando se atrevió a volver a abrirlos, contempló a lo lejos la enorme llamarada, idéntica a la que sin duda habría provocado una explosión atómica. La onda expansiva no tardó en recorrer el lugar en cuestión de segundos, lanzando a Davis contra el tronco que había dejado de arder para dejar paso a una estructura carbonizada que distaba mucho de parecerse a aquel frondoso árbol que había existido tan sólo unos segundos antes.

El joven se levantó, intentando ignorar el intenso dolor que atravesaba su espalda. Crystal era todo lo que tenía en mente. Allí estaba ella, de pie frente a él, completamente inmóvil. La piel de su espalda se había levantado, presentando graves quemaduras y ampollas abiertas de las que manaba un oscuro y purulento líquido. Su pálido vestido había quedado cubierto por las cenizas desprendidas de la corteza del árbol. Sin embargo, lo que hizo que a Davis se le encogiera el corazón fueron las manchas de sangre seca que cubrían sus ropas. El joven se puso en pie y gritando el nombre de la joven corrió hacia ella. Ésta comenzó a girarse en su dirección, dejando ver su rostro gravemente quemado. El iris de sus ojos se había apagado. Su mirada se había perdido por completo en el más oscuro vacío. La piel de sus mejillas, antes rosadas y lisas, ahora se había tornado grisácea y desprendía un olor putrefacto.

Davis se detuvo en seco y hasta retrocedió unos pasos al contemplar como Crystal comenzaba a caminar lentamente hacia él, balanceándose y emitiendo un curioso gemido. El asustado muchacho no sabía qué hacer. Aquel monstruo con la apariencia de Crystal se estaba acercando peligrosamente a él.

–Crystal… ¡Detente! ¿¡Qué haces!?

Pero la muchacha ya se había lanzado encima de él, arrojándolo al suelo en un desesperado intento de hincar sus putrefactos dientes en su cuello. Davis forcejeó con el zombie en el que se había convertido su más preciada amiga. Los largos y sucios cabellos de Crystal caían sobre el rostro del joven, quien aullaba suplicando una ayuda que jamás llegaría.

Crystal gruñía como un animal salvaje sin dejar de abrir y cerrar la boca, haciendo castañear los dientes con fuerza mientras agarraba entre sus manos el cuello del muchacho, arañándolo con sus largas y negras uñas. Davis colocó el pie en el estómago de la joven y de un impulso se la quitó de encima.

Entonces, sin que nada pareciera tener sentido, el físico y la vestimenta de Davis cambió por completo y se convirtió en un joven de veintiún años que, por puro instinto, desenfundó la pistola de la funda de su cintura y apuntó a aquel ser. Crystal se puso en pie y lo miró a través de la membrana blanquecina que cubría sus globos oculares, dotándola de un aspecto terrorífico. Ella seguía siendo el mismo monstruo sacado de una pesadilla.

La criatura corrió hacia el joven, que alzó la pistola entre sus manos y descerrajó un balazo en mitad de su frente sin titubeo alguno.

El cuerpo de Crystal se desplomó en el suelo como un títere al que hubieran cortado los hilos. Davis se acercó con precaución al cadáver de la joven y se agachó para examinarla. No entendía cómo podido haber ocurrido aquello, ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí ahora que comenzaba a pensarlo. Entonces se fijó en que la hierba muerta que había a sus pies, al igual que los campos de trigo de los alrededores, estaban comenzando a desaparecer ante sus ojos. La tierra se oscureció aún más si cabe, oscureciéndose tanto como el mismo carbón. Del cielo comenzó a caer ceniza y el suelo comenzó a abrirse en finas grietas bajo sus pies. El firmamento había desaparecido sobre el denso manto de humo. A su espalda, tras el cadáver del árbol carbonizado, se divisaba una ardiente Stone City. El olor a quemado cargaba el aire que respiraba y un inquietante silencio pareció cubrirlo todo.

Davis echó un último vistazo al cadáver zombificado de Crystal. Los recuerdos comenzaron a abrirse paso por su memoria. Por fin recordaba toda su aventura en Stone City. No era la primera vez que acababa con una de esas cosas. Ni siquiera había sentido pena al apretar el gatillo. Aquel cuerpo no era más que un monstruo, una simple cáscara de la persona que había sido en vida.

Fue entonces cuando un sonoro coro de tétricos gemidos sobresaltó al joven que, desde el terreno elevado, se asomó para observar la zona donde antes se habían encontrado los campos de trigo. Lo que contemplaron sus ojos lo horrorizó por completo.

Cientos, miles, tal vez millones de muertos vivientes caminaban hacia el relieve en el que Davis se encontraba. Mirase donde mirase, aquel inmenso océano de muertos viviente de piel negruzca y grisácea lo rodeaba por todas direcciones. En un principio parecía que únicamente se desplazaban con su lentitud característica, pero entonces vio que de entre aquel mar de carne putrefacta, decenas de frenéticas criaturas se abrían paso a toda velocidad, corriendo entre el gentío de muertos, empujando a sus congéneres más lentos para llegar antes hasta Davis, aullando al negro firmamento como animales rabiosos.

Davis alzó el arma y comenzó a disparar bala tras bala, acertando en el cráneo de aquellos que se aproximaban peligrosamente. Pronto se dio cuenta de que el cargador de su arma se había quedado seco. Entretanto una de aquellas criaturas había escalado el relieve a toda velocidad en una desesperada carrera por lograr el primer pedazo del joven, que ya se hallaba aguardando la acometida, armado únicamente con sus propias manos situadas en posición defensiva.

Cuando el no muerto estaba a punto de echársele encima, el suelo se desquebrajó y el relieve comenzó a elevarse entre crujidos de rocas y tierra. El zombie cayó rodando colina abajo mientras Davis flexionaba sus rodillas para mantener a duras penas el equilibrio. Cuando el temblor se detuvo, el relieve parecía haber crecido varios metros de altura.

Entonces el joven se asomó a un saliente rocoso que se había formado en la cima del relieve y miró hacia abajo, contemplando nuevamente el océano de no muertos que deambulaba por la oscura y agrietada tierra, perdiéndose en el horizonte, más lejos de lo que su vista podía llegar a alcanzar.

Davis vio como los zombies comenzaban a trepar por el relieve, pero justo entonces el suelo volvió a romperse bajo sus pies y el rocoso saliente se vino abajo como un castillo de naipes. El joven cayó desde la cima gritando de puro pánico sin poder dejar de contemplar el mar de garras y bocas hambrientas que lo esperaban más abajo, eufóricos por recibirlo entre sus fauces. En cuestión de segundos el cuerpo del joven se estampó contra el suelo, en medio de los zombies, quienes ya se lanzaban a devorarlo...


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Davis se despertó y se incorporó de golpe sobre su colchón. Su corazón latía muy deprisa. Le tomó unos momentos reconocer que todo aquello había sido tan solo una pesadilla. El joven se llevó las manos a la cabeza recordando a Crystal, y no pudo evitar pensar en qué hubiera sido de él si hubiera acabado teniendo aquella relación en vez de la de Matt. Aquella chica la había conocido durante aquellos siete largos años en los que Matt había abandonado Stone City. El joven echó un vistazo a la estancia y tras encontrar la linterna, la encendió. La luz comenzó a iluminar las sombras de la estancia hasta localizar la cuerda de la persiana, la cual subió, dejando que la luz del sol entrara por la ventana.

Davis apagó la linterna y abandonó la habitación. Mientras recorría el pasillo se encontró con Karen, quien parecía haber terminado de darse de una ducha a juzgar por su pelo mojado.

–Buenos días Sace. ¿Y Kyle?

–Buenos días. Supongo que sigue dormido. Ayer fue el último en irse a dormir. Se pasó gran parte de la noche intentando forzar ese maletín.

–Sí, supongo… Bueno, pues vamos a desayunar. Zoey y Matt estaban preparando el desayuno hace un rato. Ya te imaginas qué habrá y en qué cantidad. –dijo Karen con una sonrisa.

–Me imagino. Tenemos alimentos de sobra, pero como bien sabes, debemos hacer que duren lo máximo posible. No sabemos cuándo podría ser la próxima vez que consigamos más suministros. Bueno, voy a asearme. Ahora voy al salón.

Karen y Davis se despidieron brevemente y siguieron cada uno su camino. En el salón, Matt y Zoey ya habían tomado su ración y esperaban al resto sentados en unos viejos sillones.

–Entonces, ¿Kyle no pudo abrir ese maletín? –preguntó Zoey.

–No, me pregunto qué será lo que tendrán los de Esgrip ahí metido. Puede que nunca lo averigüemos y casi que prefiero que sea así... Nos costó un infierno encontrar aquella salida oculta y salir por piernas de aquel lugar, pero por suerte, pudimos aprovechar que los zombies habían abandonado las casas para registrarlas y así encontrar mas provisiones y las pastillas que necesitábamos para el agua. Fue un golpe de suerte.

–Entiendo, pero oye, ¿no te pica la curiosidad? Los dos trabajamos para Esgrip antes de todo esto y no puedo dejar de preguntarme qué demonios sería tan importante como para que esos presuntuosos decidieran guardarlo en un refugio subterráneo justo cuando estalló toda esta pesadilla. Soy bastante curiosa ¿sabes? –dijo Zoey bajando la voz.

–¿Nunca has escuchado que la curiosidad mató al gato? –contestó Matt arqueando una ceja.

Kyle finalmente despertó y fue caminando hasta el pasillo. Allí se encontró con Karen, que acababa de salir de la habitación que compartía con Zoey. Ambos se saludaron y fueron al salón con Matt y Zoey. Al cabo de un rato, Davis salió del baño descalzo, vestido únicamente con un pantalón vaquero negro y con su pelo húmedo peinado hacia atrás.

El joven volvió al cuarto en el que dormía, y prefirió ordenar sus cosas antes de ir a desayunar. Hoy iban a una ciudad cercana a reanudar el saqueo. Esperaba que los recursos de aquel lugar les durasen un buen tiempo, pero además, también estaba el asunto de encontrar una mejor protección para el grupo.

Davis agarró su bandolera, con tan mala suerte que su contenido se volcó por el suelo al descolgarla de la percha en la que la tenía colgada. Una ganzúa, una brújula, una caja de cerillas, una navaja multiusos, un reloj de muñeca, una pequeña caja de madera, un modesto medidor de radiación y la última caja de balas que le quedaba para sus pistolas duales, Glock 18.

El muchacho comenzó a recoger aquel desastre, comenzando por el contenido desperdigado de la pequeña caja de madera. Un llavero de un oso de peluche con el nombre de “Tom” inscrito en él, una foto de Davis con sus amigos Allen y Riliane de hacía varios años, una foto de los padres y la hermana del joven y la foto que había recogido del cadáver de Allen, la cual tenía escrito un mensaje en el reverso en el que el joven le pedía perdón a una tal Dyssidia. En la foto salía el rubio con su hermana Riliane y otras chicas. Una última foto con todo grupo sonriente en mitad del invierno cerraba aquel baúl de recuerdos tan peculiar.

Davis cogió la última foto y la examinó durante un momento. En ella salían Matt, Zoey, Karen, Kyle y el propio Davis, junto a otras personas. Una hermosa y joven mujer rubia con el cabello recogido en una coleta sonreía al lado de Davis. Nicole. Junto al resto de sus compañeros, aparecían los rostros sonrientes de los amigos de la rubia: una joven asiática llamada Emi, un hombre barbudo que parecía ser el más mayor de todos ellos y que respondía al nombre de Morís, un afroamericano llamado Nick, y una mujer de largos cabellos castaños, Débora.

La foto había sido tomada el treinta y uno de diciembre del dos mil doce en un parque a medio día. Detrás de los retratados se podía apreciar una gran fuente, y más allá, podían distinguirse las tiendas con sus adornos navideños decorando sus escaparates. Varios miembros de la foto llevaban en sus manos sus compras navideñas. Recordaba cómo habían planeado pasar aquel fin de año todos juntos en el apartamento de Nicole. Una semana más tarde, después de aquello, Emi había tomado la decisión de trasladarse a Japón para visitar a su familia y Morís tenía planeado visitar España con el mismo objetivo que su compañera.

Davis sonrió recordando aquel día y guardó la foto con el resto de sus pertenencias en la pequeña caja de madera, a la que devolvió a su bandolera. Agarró su cinturón con las fundas de sus Glocks para dejárselas por fuera del traje de radiación, y dejó todo sobre su colchón. Poco después de reunirse con el resto y haber terminado de desayunar, Karen colocó un mapa plastificado sobre la mesa y todos se reunieron para contemplarlo.

–Bien, la noche anterior hablamos de ir a esta ciudad. Es pequeña y nos cae más o menos cerca. Tardaremos unas horas en llegar a pie, ¿qué os parece? –preguntó Karen señalando un punto en el mapa

Nadie hablaba. De repente todos guardaban silencio.

–Chicos, no tenemos todo el día. Ayer lo planeamos así, ¿habéis cambiado de opinión? –dijo la castaña cruzándose de brazos.

–Por mí no hay problema. Al fin y al cabo fui yo quien propuso la idea de irnos a una ciudad en busca de un refugio más sólido, rodeado de nuevas zonas que poder saquear. –comentó Matt.

–Entonces venga, vámonos... –comentó Zoey con pocas ganas.

–¿Ocurre algo? –le preguntó Karen.

–Es que estoy harta de esta mierda. Siempre moviéndonos de un lugar a otro… –contestó con un suspiro.

–Pues acostúmbrate princesita. En esta vida es lo que te espera. Si tan harta estás, siempre puedes salir al exterior a dar un paseo bajo la radiación o hacer un picnic con nuestros amigos los mordedores. Después de eso no necesitarás moverte demasiado. –comentó Kyle claramente molesto ante el comentario de la joven.

El grupo lo miró con sorpresa. Kyle no era de los que solía hacer ese tipo de contestaciones. Sin añadir nada más, el hombre se alejó de sus compañeros y fue hacia una de las ventanas que daban al exterior. Davis sabía que Kyle no era el mismo hombre que había conocido en Stone City. Poco después de que toda la humanidad se viera arrastrada hasta el borde de la extinción por culpa de los zombies y la radiación, Kyle perdió a su mujer y a su hijo a manos de los muertos. Pero lo más duro para él fue el hecho de ser él mismo el ejecutor de su propia familia. A raíz de aquello, Kyle había perdido las ganas de seguir viviendo y se volvió una persona más fría, incluso con sus propios compañeros. Davis se veía de vez en cuando reflejado en Kyle. Él sabía mejor que nadie por lo que había pasado su compañero.

El joven recordó como tiempo atrás le había costado tanto salir de la ciudad con él, prefiriendo arriesgarse a morir en las calles en la que se asentaban a tener que buscar la mejor manera de sobrevivir alejándose de las zonas urbanas. Su grupo y el de Nicole habían permanecido en la ciudad cuando la radiación había hecho su aparición, y poco a poco, los ataques de los zombies se intensificaron y el caos estalló debido a la escasez de agentes del orden y militares.

Nicole, Débora y Nick trabajaban como voluntarios con lo poco que quedaba de los servicios públicos de la ciudad, formado por algunos policías y médicos que atendían a los ciudadanos malheridos. Muchos de aquellos ataques eran debido a grupos de rebeldes que intentaban tomar el control de la ciudad por la fuerza ante la pasividad de las fuerzas de policía.

Fue Nicole quien les entregó a Davis y a los suyos los trajes para protegerse de la radiación. Después de eso no tardaron mucho en recoger los suministros y abandonar las ciudades bajo el temor de que la catástrofe de Stone City pudiera repetirse. Pero Nicole y sus compañeros prefirieron quedarse atendiendo a los civiles y aquella había sido la última vez que se vieron.

Davis sacudió la cabeza para espantar los recuerdos inoportunos y se preparó para el viaje. Cada uno de sus compañeros fue a comprobar su equipo antes de partir.

Zoey recorrió el pasillo que dividía las habitaciones y se paró delante de la habitación de Davis y contempló al joven con una detallada mirada, fijándose fervientemente en el torso desnudo del joven, sus abdominales y pectorales, los bíceps de sus brazos... Sabía que a Davis le gustaba cuidarse, y sus sesiones de ejercicio matutinas le mantenían en forma, convirtiéndole sin saberlo en un imán para Zoey y sus más lujuriosos deseos. Ésta siguió contemplándole en silencio, imaginando cosas que hubieran hecho enrojecer a cualquiera. Pero entonces se vio sorprendida por Matt, quien llevaba rato observándola desde la mitad del pasillo.

Éste se asomó y vio al joven terminando de equiparse con el traje para la radiación y el resto de su equipamiento. Zoey se marchó del lugar sin decir nada, pero Matt la siguió hasta su habitación.

–¿Por qué le mirabas de esa manera? –preguntó Matt.

–Mmmm, ¿sabes? Sace no está nada mal físicamente. –le comentó con una sonrisa pícara.

–¿Qué coño estás diciendo? –dijo Matt molesto.

–Nada Matt, solo que creo que Sace tendría que probar a una buena mujer. Entiéndeme, hace mucho que no pruebo a un hombre ¿sabes? Además, creo que es bisexual ¿no? Pues creo que no le vendría mal probar a una mujer como yo. –dijo antes de romper a carcajadas–. Vosotros dos rompisteis la relación hace mucho tiempo, así que está libre ¿verdad? Seguro que tentándole con mis dotes femeninas acabará cayendo en mis brazos como todo hombre. ¿Crees que sucumbirá a mis encantos si me insinúo lo suficiente?

Matt sintió como un gran sentimiento de ira se apoderaba de él, pero intentó contenerse mientras cerraba los puños con fuerza.

–¿Y qué pasa con Kyle? ¿Por qué no te largas a molestarlo a él?

–¿Kyle? Hum… Tampoco tiene un mal físico, pero está tan arisco que no merece la pena acercarse a él. Además, no se dejaría, sigue siendo fiel a su esposa muerta. Una pena la verdad... Además, Sace no está nada mal, me gustan los chicos más jóvenes que yo.

–Te aconsejo que no te acerques a él... –le advirtió Matt en un tono amenazante.

Zoey con el dedo índice recorrió el torso de Matt desde el pecho hasta el ombligo, dibujando una línea imaginaria en la camiseta del joven sin dejar de poner aquella mirada burlona que tanto le gustaba poner.

–¿O qué?

Matt sin poderse contener más, agarró a Zoey del cuello y la estampó contra la pared, procurando hacer el menor ruido posible.

–No estoy de broma Zoey...

La joven al sentir como Matt empezaba a apretar con fuerza su cuello, trató de liberarse encajando un rodillazo en el estómago del joven. Éste la soltó y se alejó un poco de ella, guardando las distancia. Aquel rodillazo no había sido la gran cosa. Le habían llegado a golpear mucho más fuerte en el pasado.

La respiración de Zoey se había acelerado y tenía las manos alrededor de su cuello enrojecido. Se arrodilló en el suelo y miró peligrosamente a Matt mientras se ponía en pie y sacaba del bolsillo trasero de su pantalón una pequeña navaja. Con un movimiento fugaz se puso al alcance de Matt y comenzó a lanzar navajazos directos al rostro del joven. ¡Aquella mujer no estaba jugando! Matt esquivó los navajazos sin dejar de retroceder, esperando su oportunidad. Tras una acometida especialmente brutal, la cual esquivó por puro instinto, consiguió sujetar con fuerza la muñeca de Zoey, torciéndosela con rapidez y obligando a la enfurecida mujer a soltar su arma. La navaja golpeó el suelo, lejos del alcance de Zoey, pero Matt seguía sujetándola con fuerza, impidiendo que aquella mujer pudiera volver a atacarle.

–¡¡¡Si no me sueltas le diré al resto lo de tu diario!!! ¡¡¡Sé dónde lo tienes oculto y seguro que no te gustaría que los demás lo leyeran y descubrieran todo sobre ti!!! –bramó Zoey fuera de sí.

Matt la soltó y la mujer volvió a ponerse en pie, alejándose en esta ocasión del joven.

–Dudo que quieras hacerlo. En ese diario también se te menciona.

–¿Acaso crees que me importa? ¡Paso de estos idiotas! Sólo estoy con ellos para aumentar mis posibilidades de sobrevivir, pero soy perfectamente capaz de ocuparme de mí misma. ¡Eres el único que tiene algo que perder aquí si todos, y en especial Sace, leen ese diario y descubren todas esas mentiras que les has estado contando durante estos años!

Matt se quedó en silencio sin saber qué decir. La conocía perfectamente y no tenía ninguna duda de que sería capaz de hacer algo como eso con tal de vengarse. Fue entonces cuando alguien llamó a la puerta y ambos se quedaron completamente en silencio, con el temor de que pudieran haber oído su discusión.

Karen abrió la puerta y vio a Zoey agarrándose la muñeca derecha con gesto molesto.

–¿Ocurre algo?

–La torpe de Zoey… Tropezó y cayó al suelo. Nada más… –respondió Matt antes de salir por la puerta sin darle más importancia de la aparente.

Un rato después, el grupo ya estaba preparado. Aquel grupo de supervivientes abandonó lo que fue su refugio durante tanto tiempo, cargando cada uno con sus propias pertenencias y los suministros que habían conseguido reunir.

Davis llevaba en la mano izquierda el misterioso maletín. Matt y Kyle iban en medio del grupo, mientras que Karen y Zoey, armadas con un machete Kukri y un hacha respectivamente, encabezaban el grupo, cerrado por Davis con sus Glocks. Con esa posición habían decidido proteger los preciados víveres en un triángulo isósceles invertido.

Tras medio día caminando, con sus respectivos descansos, llegaron a un bosque que había cerca de la ciudad. En cuanto lo atravesaran, habrían llegado a su destino.

Ya había atardecido cuando se internaron en el bosque. Todo parecía desierto y tranquilo. Los árboles secos y podridos hacía tiempo que habían perdido sus últimas hojas, y las pocas que no habían sido arrastradas por el viento permanecían en el suelo a merced de los elementos. El grupo se paró a descansar cerca de un río del que manaba un aroma putrefacto, sin duda alguna, contaminado por la radiación y otras pestilencias del terreno.

Mientras el grupo se detenía a hacer un descanso, Davis decidió explorar la zona cercana al río mientras sacaba de su bandolera el medidor de radiación. El diminuto monitor mostraba una cifra tan preocupante como elevada. El joven no quería ni pensar en las consecuencias de estar expuesto sin los trajes en una zona como aquella, aunque fuera a corto plazo. Debían moverse cuanto antes.

Davis devolvió el medidor a la bandolera y se dispuso a volver con el grupo cuando al girar la cabeza vio algo moviéndose al otro lado del río. Al principio pensó que se trataba de otro zombie más, pero entonces lo vio arrodillarse en la orilla y meter la cabeza en el agua como lo haría cualquier humano sediento. Cuando aquel ser terminó de saciarse, sus ojos se encontraron con los de Davis de forma casi automática. No parecía en absoluto sorprendido por su presencia. De hecho, parecía estar enarbolando algo parecido a una sonrisa. Davis sintió un escalofrío atravesando su columna demasiado tarde. Había algo detrás de él...

El tiempo pasó y el grupo comenzó a preocuparse por la ausencia de Davis. El joven no solía alejarse demasiado, y mucho menos permanecer ausente tanto tiempo sin regresar para informar antes de lo que fuera que había descubierto. El grupo se puso en marcha y se encaminó al último lugar donde se había dirigido el joven. No tardaron en encontrar las huellas de sus botas en la tierra húmeda cerca de la orilla.

–No puede haber ido muy lejos. –dijo Kyle buscándolo con la mirada.

Matt permanecía en silencio, examinando las huellas con detenimiento. Dos años viviendo en aquel mundo infernal obligaban a uno a aprender hasta las nociones de rastreo más básicas. Rápidamente se dio cuenta del grave problema que tenían entre manos.

–Está cerca, pero tenemos que encontrarle rápido. –dijo poniéndose en pie–. No está solo...

–¿Cómo que no está solo? –preguntó Karen.

Matt apuntó con el dedo al otro par de huellas que había cerca de las de Davis. No se apreciaban con tanta claridad como las del joven, pero allí estaban. Pertenecían a un par de pies descalzos. Y unos tremendamente grandes a decir verdad. Matt podía haber metido sus dos pies en el interior de esa huella sin tocar sus bordes. Era sorprendente que alguien de aquel tamaño no dejase un rastro más claro sobre el terreno.

De repente todo pareció quedarse en el más absoluto silencio, y una extraña e incómoda sensación se apoderó de todos y cada uno de ellos. Por un instante, los árboles muertos de su alrededor parecían susurrarse entre ellos.

–¿Notáis eso? –preguntó Zoey recorriendo la línea de árboles con la mirada.

–Sí. –respondió Kyle apretando con fuerza sus puños–. Nos están observando...

Karen sujetó el hacha entre sus manos con fiereza mientras Zoey hacía lo propio con el machete, vigilando la espesura en busca de cualquier movimiento. Fue entonces cuando Matt se percató del repentino gorgoteo que venía del río. Con pasos lentos, se aproximó a la orilla y divisó varias burbujas explotando en la superficie del agua. Miró fijamente bajo aquella capa transparente de agua y se encontró con un par de ojos que lo miraban desde el fondo.

El sorprendido hombre se echó hacia atrás instintivamente justo cuando algo con forma humanoide atravesó la espesa corteza de agua contaminada y cayó sobre él con la furia de un animal salvaje. Un intenso dolor sacudió su estómago y de repente se vio volando por los aires hasta dar con su cabeza en el tronco caído de un árbol, quedando instantáneamente fuera de combate.

La extraña criatura se irguió orgullosa y proclamó a los cielos su victoria con un molesto y penetrante chillido que heló las venas de los miembros del grupo, quienes habían sido incapaces de reaccionar ante aquella aparición repentina. De los árboles comenzaron a surgir las siluetas de media docena de seres como aquel. Con un aullido conjunto, aquellos monstruos deformes se lanzaron a capturar a los últimos miembros del grupo.


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Davis abrió los ojos con cierta pesadez. Estaba tirado en el suelo boca abajo y sentía que la cabeza le iba a estallar. Aquel ser deforme le había pillado totalmente desprevenido. Un solo golpe en seco y se había desplomado como un saco de patatas. La visión borrosa y la herida abierta bajo la nuca se añadían a la lista de malestares de los que fue consciente en cuanto intentó ponerse en pie. Estaba demasiado aturdido para pensar en sus compañeros.

Sus ojos tardaron unos instantes en acostumbrarse a la tenue iluminación de aquel ambiente, alumbrado parcialmente por un par de antorchas situadas fuera de su alcance. Fue entonces cuando cayó en los barrotes de madera tallada y en la rugosidad de las paredes. Parpadeó varias veces para asegurarse de que no se trataba de una ilusión. Aquello era el interior de una cueva, pero además, ¡estaba encerrado en una maldita celda!

Asustado, se percató de que ya no llevaba puesto el traje protector y tampoco llevaba encima ninguna de sus otras pertenencias. A su mente acudió el espantoso recuerdo del rostro de aquel ser sacado de una historia de terror. ¿Dónde demonios le habían llevado? ¿Y qué era ese apestoso olor?

–¿Ya has despertado?

Aquella voz femenina sobresaltó al joven. Se giró y contempló a una mujer cuya mirada permanecía oculta bajo la visera de una gorra verde. Los pantalones de camuflaje desgastados y la camiseta de tirantes negros medio raída le otorgaban un aspecto duro, a pesar de su extrema delgadez. También se dio cuenta de que aquel desagradable olor provenía de una de las esquinas de la celda, donde había yacían acumulados un gran número de excrementos humanos. Davis reprimió una arcada llevándose la mano hacia la boca.

–¿¡Qué demonios es este sitio!?

La mujer se llevó un dedo a los labios mientras hacía aspavientos con la otra mano.

–Cállate. Lo último que necesitamos es atraer la atención de los mutis. –ordenó la mujer con fiereza sin dejar de observarle.

–¿Mutis? ¿¡Y qué coño es un muti si puede saberse!? ¿¡Quién cojones eres tú!? –preguntaba el joven histérico.

El rostro de la mujer cambió por completo y Davis tuvo que seguir su mirada hasta la inmensa sombra proyectada en la pared exterior de la celda. Era uno de aquellos seres.

–¡Silencio, joder! –susurró la mujer enseñando los dientes.

Davis se dio la vuelta y retrocedió ante la inminente llegada de aquella cosa. Pasara lo que pasara, no iba a ponérselo tan fácil esa vez. Buscó con la mirada algo con lo que poder defenderse. Lo único que encontró fue un demacrado trozo de madera astillada tirado en un rincón. En aquella situación no tenía pensado rechazar ninguna ayuda, por absurda que pareciera, por lo que se apresuró a recoger su nueva arma hasta que el cuerpo de la escuálida mujer chocó contra él haciéndole perder el equilibrio y caer en el suelo.

Davis apretó los dientes con rabia ante aquel ataque imprevisto y de pronto sintió el cuerpo de la mujer aplastándole las costillas. Antes de que pudiera soltar un solo improperio, la áspera mano de su compañera de celda ya se había posado sobre su boca con violencia, impidiéndole articular palabra. De nuevo la mujer se llevó el dedo hacia los labios, exigiendo un completo silencio a través de una inquietante mirada. Pero Davis ya había dejado de pensar en el monstruo que se aproximaba. Aquella embestida había provocado que la gorra que la mujer llevaba puesta saliese despedida por los aires. Ahora una larga y sucia melena rubia caía sobre sus hombros, dotándola de una belleza que Davis hacía tiempo que no contemplaba. El fulgor repentino de las antorchas bañó ligeramente los rostros de ambos, quienes por un instante permanecieron en silencio, observándose mutuamente con una enorme sorpresa grabada en sus ojos.

La mano de la mujer se apartó de su boca y su expresión agresiva cambió a una más apacible.

–Nicole... –pudo finalmente decir el joven tras asegurarse mentalmente de que aquella mujer era sin lugar a dudas su vieja amiga.

–¿Davis? ¡¡Oh, Dios mío, estás vivo!!

La joven se derrumbó repentinamente sobre Davis, fundiéndose en un fuerte y cálido abrazo en medio de la fría soledad de aquella celda.

–Lo siento, Dios cuanto lo siento Davis... No te había reconocido.... –dijo tocándole el rostro al joven con ambas manos, como si no pudiera creerse que realmente fuera él.

–Tranquila. Yo tampoco he podido reconocerte. Toda esta mierda… Creo que he perdido el control por un momento. Lamento haberme comportado así, Nicole. Esas cosas me separaron de mi grupo… No entiendo nada de lo que está pasando.

Nicole puso su mano sobre el hombre del joven para tranquilizarlo. En el exterior de la celda, el gigante deforme siguió su camino sin reparar en ellos. Esperaron un rato en silencio hasta que el eco de sus pisadas desapareció por completo.

–Estamos en una de las muchas galerías bajo tierra que atraviesan el bosque. Ahora mismo tenemos el río justo encima de nosotros. Por lo poco que he podido averiguar, hay toda una red de túneles que los mutis se han encargado de ampliar para asegurarse un refugio contra los muertos.

Davis levantó una mano para interrumpirla.

–¿Mutis? ¿Te refieres a esas cosas?

Nicole asintió.

–Esas criaturas no son humanos, pero tampoco son zombies. Son mutantes, Davis. Y te aseguro que son peores que cualquier cosa con la que hayas podido encontrarte en estos dos años. Son monstruos terriblemente violentos. Por su aspecto físico, hemos podido deducir que se trata de humanos mutados a través de una alta exposición a la radiación. Deberían haber muerto, pero en lugar de eso, sus cuerpos han cambiado hasta adaptarse a la toxicidad del aire. El agua contaminada del río tampoco les afecta. Son capaces de sobrevivir allá donde un humano sería incapaz.

–¿Cómo es posible? –preguntó Davis, totalmente incrédulo.

–No lo sé. No tenemos ni idea de cómo empezaron a construir este lugar. Ya estaba prácticamente construido cuando nos trajeron aquí. Tienen entradas ocultas en el bosque que se encargan de proteger día y noche. Los exploradores se encargan de vigilar el perímetro e informar sobre cualquier avistamiento. Los cazadores salen durante la noche en busca de cualquier posible fuente de alimento. Si no encuentran nada, entonces recurren a la despensa.

–¿La despensa?

–Han creado su propia granja de humanos, Davis. Capturan a todo aquel que atraviese su territorio o se tope con ellos durante las cacerías. Utilizan a los hombres para ampliar su galería de túneles. Todo aquel que no esté en condiciones de sujetar un pico o una pala es inmediatamente descartado y enviado al matadero –a Davis se le hizo un nudo en el estómago–. No puedes imaginar cuántos niños consiguieron sobrevivir al Apocalipsis con sus familias durante estos dos años… Y todo para acabar aquí abajo. Sus pequeños cuerpos no aguantaban más de unas horas en los túneles. Los padres chillaban cuando los mutis venían y se los arrebataban. La mayoría tuvieron que ser sacrificados para evitar posibles represalias…

Nicole apartó la mirada y se mordió el labio con rabia mientras las lágrimas comenzaban a manar de sus ojos.

–No recuerdo cuánto ha pasado desde que nos capturaron a las afueras de la ciudad… ¿Semanas? ¿Meses? Aquí abajo es fácil perder la noción del tiempo, ¿sabes? Los mutis atacaron nuestro convoy. Nadie se esperaba un ataque así. Nos habíamos estado enfrentando a cadáveres sin sesos, fáciles de despistar, dividir y masacrar. Pero los mutis nos enseñaron a no esperar nada en un enfrentamiento. Su inhumanidad y crueldad son abrumadoras. No queda nada de los seres humanos que fueron anteriormente. En muchos sentidos son peores que los propios zombies. Saben organizarse y presentar batalla de formas que no esperarías en humanos –aseguró Nicole mientras se abrazaba a sí misma–. Nos trajeron aquí y nos separaron casi de inmediato. A Nick lo destinaron a las galerías, pero cuando revisaron nuestras cosas y descubrieron su increíble habilidad para construir armas intentaron obligarle a fabricarles más para ellos. Nick se negó y fue degollado ante toda la galería. ¡Le colgaron boca abajo y dejaron que se desangrara como si fuera un maldito animal!

Davis vio como la figura de Nicole, en la penumbra, enterraba su rostro en las rodillas, haciéndose un ovillo. La rubia rompió a llorar sin poder contener el dolor que le producía recordar aquel infierno. Se le estaba rompiendo el corazón, pero tenía que hacer la pregunta que llevaba formulando en su cabeza durante los últimos minutos.

–Has mencionado lo que les hacen a los hombres y a los niños… ¿Qué les ocurre a las mujeres?

Nicole se apretó más fuerte contra sí misma si cabe y prosiguió su oscuro relato.

–Varios días después de la muerte de Nick, vinieron a nuestra celda. Eran cinco y nos ordenaron quitarnos la ropa. Débora se negó y empezó a gritar, así que le partieron un brazo, la arrojaron al suelo y le arrancaron la ropa. Después me miraron a mí, como preguntándome si también les iba a dar problemas. Débora chillaba pidiéndome ayuda, pero yo no podía moverme. Yo… Simplemente dejé de pensar. Sabía que era lo único que podía hacer si quería seguir con vida. Uno a uno se turnaron con las dos. Débora lloraba y maldecía. Me maldecía a mí por no rebelarme contra ellos, por no querer luchar... Pero yo no la escuchaba. Mi mente no se hallaba en aquella caverna. Estaba muy lejos de allí. Cuando quise darme cuenta, Débora yacía muerta en el suelo junto a mí. La despojaron de su dignidad, destrozaron su cuerpo y su alma… Ni siquiera se percataron de ello hasta que terminaron. ¿Y sabes qué ocurrió? Nada. Se limitaron a dejar su cadáver en la celda hasta que horas más tarde vinieron a recogerlo para añadirlo a la despensa. De eso probablemente hace ya varias semanas.

Davis no sabía qué decir. Cualquier cosa le parecía sin sentido después de todo lo que aquella mujer había pasado en aquel horrible lugar. El joven se sentó a su lado y la abrazó con fuerza.

–Por favor, no te mueras tú también… –sollozó Nicole.

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–¡¡Matt!! ¡¡Despierta!! –gritaba la voz de Karen por encima de él.

Entre los zarandeos de la mujer y sus alaridos el joven finalmente despertó con una jaqueca de mil pares de demonios. Se pasó la mano por el lugar donde se había golpeado la cabeza con suavidad y al retirarla la vio manchada de sangre. Había tenido suerte. Seguramente le quedaría una buena cicatriz después de aquello, pero podía dar las gracias por seguir vivo. Podía haberse golpeado contra una roca en lugar del tronco podrido de un árbol hecho trizas.

Kyle estaba increpando sus peores insultos contra los seres que los habían encerrado allí mientras mantenía sus puños cerrados en torno a los barrotes de madera que los separaban de la libertad, agitándolos con desesperada violencia. Zoey permanecía de pie apoyada contra la pared mirando a Kyle sin decir nada. Karen estaba agachada en el suelo, delante de Matt, con rostro preocupado.

Para su sorpresa, se dio cuenta de que no estaban solos. Al menos había otra docena de personas con ellos: hombres, mujeres, niños y ancianos, que los miraban con gesto desalentado. El joven se levantó con la ayuda de Karen sin poder creerse que lo que veían sus ojos.

–¿Qué ha ocurrido? –preguntó el joven llevándose la mano contra la herida de su cabeza. Aún veía pequeñas luces de colores correteando por su línea de visión. Tardaría un tiempo en recuperarse del todo.

–Nos tendieron una emboscada en el bosque. Tuvieron especial cuidado en asegurarse de que todos hubiéramos perdido el conocimiento antes de traernos aquí. –respondió la castaña.

–¡Davis! ¿¡Dónde está!? ¿Está aquí? –preguntó con preocupación el joven mirando en todas direcciones.

–No tenemos ni la más remota idea. –dijo Zoey mirándolos sin demasiado interés–. Puede que intentara escapar y acabaran matándolo. Eso explicaría que no lo hubieran metido aquí con nosotros.

Kyle negó con la cabeza de forma automática, incapaz de pensar en aquella posibilidad. No. Davis seguía vivo. ¡Tenía que estarlo! ¡No hay otra opción posible! ¡No para él!

–Disculpad, ¿el chico del que estáis hablando es un joven de unos veinte años más o menos con el pelo corto y negro? –interrumpió una voz masculina desde el grupo de desconocidos.

Los cuatro compañeros dirigieron sus miradas interrogantes hacia la figura de un hombre entrado en edad que se acercaba hacia ellos.

–Sí, es él. ¿Lo ha visto? –preguntó Matt aproximándose a él.

El hombre asintió con seguridad y señaló en dirección al túnel que abandonaba la celda, más allá de su alcance.

–Uno de los chicos que reparten el agua nos dijo que los mutantes habían capturado a un joven hace apenas una hora. No es muy corriente en estos días ver a otros supervivientes. Cuando os trajeron aquí, supusimos que formabais parte del mismo grupo.

–¿Mutantes? ¿Pero qué diablos es este lugar? –preguntó Kyle.

–Entiendo tu confusión, en serio. Pero será mejor que me escuches antes de querer volver a llamar la atención de los mutis. Nos encontramos bajo el río que atraviesa el bosque, en una serie de galerías y túneles excavados durante meses. Es el hogar de los mutantes… y nuestra prisión. Puede que esos monstruos fueran humanos en su día, pero no son mejores que los podridos. Han sufrido una exposición prolongada a la radiación que baña toda esta zona. Que no te engañe su aspecto tosco y sus deformidades. Son perfectamente capaces de razonar e incluso de hablar, y su brutalidad supera con creces a la de un rebaño de no muertos.

–Este jodido mundo no deja de sorprenderme. –murmuró Zoey cruzándose de brazos con gesto irritado al otro lado de la caverna.

–¿Sabéis cuántos son? –preguntó Kyle aproximándose a él.

El hombre se acarició la barba y miró al techo de la celda, como si los estuviera contando mentalmente.

–Hemos contado al menos una docena, pero no hemos tenido la posibilidad de explorar toda la galería. Podría haber más.

–¿No habéis intentado acabar con ellos? ¿Rebelaros de algún modo?

El veterano prisionero negó con la cabeza con impotencia.

–Es imposible. Ya lo intentamos una vez y perdimos a demasiada gente. El que entra aquí abajo no sale, ni tan siquiera muerto. Nos mantienen lo suficientemente alimentados para que podamos trabajar, pero no lo suficiente para que recobremos fuerzas para combatir. Tampoco tenemos armas con las que enfrentarnos a ellos, y a diferencia de nosotros, los mutis conocen bien estos túneles. No eres el primero que quiere escapar nada más entrar aquí, créeme cuando te digo que entiendo por lo que estás pasando ahora mismo, pero desconoces a lo que te enfrentas.

–¿Y si evitáramos el enfrentamiento directo? –sugirió Matt–. Podríamos alcanzar el exterior sin necesidad de combatir contra todos ellos. Nuestra prioridad debería ser escapar de aquí.

El hombre sacudió la cabeza nuevamente.

–Escuchad, entiendo lo que estáis diciendo, pero todo lo que estáis comentando ya lo intentaron otros antes, mucho más jóvenes y sanos que la mayoría de los que estamos aquí. Si provocamos a los mutis, eso repercutirá en la ración del día, y algunos únicamente se mantienen con vida gracias a eso. Por favor, no causéis problemas a los demás.

–Sólo dime una cosa más antes de que podamos tomar cualquier tipo de decisión. –respondió Kyle con una ardiente mirada–. ¿Se les puede matar?

Su informador suspiró con desgana, como si adivinara los pensamientos de Kyle.

–Nada es inmortal en esta vida. Hace un tiempo, un hombre consiguió asesinar a uno de sus guardias usando un arma que había improvisado partir de su equipo de excavación. Cuando los mutis se enteraron de lo que había hecho le arrancaron las extremidades delante de todos nosotros para dar ejemplo. Esos monstruos son resistentes y tremendamente fuertes, pero tal y como se demostró, se puede acabar con ellos.

–Si al menos tuviéramos nuestras armas... –comentó Karen con aflicción.

–Como ya os he dicho, esos seres nos tienen completamente dominados. Están armados y organizados. Si no hacemos lo que nos mandan, nos torturarán de la manera más lenta y dolorosa posible hasta que la muerte nos parezca una delicia en comparación. Ninguna de las personas que estamos aquí quiere acabar en la despensa de esas cosas. La única forma de sobrevivir aquí abajo es resultarles útil de algún modo. Te lo vuelvo a pedir. No nos metáis en problemas al resto de nosotros. Esta vida es un infierno, pero debemos permanecer con vida a toda costa. No sabemos nada de ellos. Puede que la radiación los acabe matando un día de estos...

Karen y Kyle intercambiaron una mirada rápida. Aquellas personas habían sido maltratadas durante tanto tiempo que ya eran incapaces de pensar en cualquier posibilidad de escape. No sabían qué podía romper así el espíritu humano, pero no tenían intención alguna de quedarse a comprobarlo. Tenían que escapar lo antes posible antes de que el desánimo y la falta de energías los convirtieran en sirvientes sumisos.

Matt llevaba un rato sintiendo la penetrante mirada de Zoey clavada en él. Sabía lo que estaba pasando por su cabeza. Sí, era verdad que él no era más que otro monstruo con apariencia humana y sí, era posible que pudiera enfrentarse a ellos, pero ¿qué demonios esperaba de él? No podría abrirse paso él solo hasta la salida llevándoles a todos consigo. No tenía forma de decirle a Zoey que la esperanza que estaba depositando en él con aquella miraba estaba infundada. Además, ¿qué ocurriría con Karen y Kyle si vieran de lo que era capaz? Ellos desconocían por completo todo lo relacionado con su pasado, su verdadera relación con Zoey y su vinculación con la extinta Esgrip.

Matt desvió la mirada, molesto ante aquella situación, y echó un vistazo a la entrada de la cámara. Se oían pasos aproximándose. Hizo un gesto rápido a sus compañeros que los ocupantes de la celda no tardaron en comprender y de repente, todos guardaron silencio y bajaron la mirada. El corazón de los esclavos parecía acelerarse a medida que los pasos se aproximaban. Algunos se alejaron todo lo posible de los barrotes y se aplastaron contra las paredes rocosas de la cueva, intentando pasar todo lo desapercibido que les fuera posible. Finalmente la figura del ser se recortó sobre la iluminación ofrecida por las antorchas del exterior. El muti agarró el gigantesco tablón de madera que bloqueaba el otro extremo de la puerta y lo levantó en volandas como si fuera una simple rama, arrojándolo con violencia a un lado antes de acceder al interior de la cámara. Los recién llegados se quedaron petrificados, conscientes de que un miedo que habían olvidado, se había apoderado por completo de ellos.


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Nicole despertó tras un sueño ligero, el más largo que había tenido en semanas. Ya no intentaba contar los días que llevaba en aquel sitio. Sin luz solar para marcar el paso del tiempo, no era más que una pérdida de tiempo. En vez de eso, sus días se contaban en el tiempo que permanecía despierta y sus noches en los momentos en los que su cuerpo estaba tan agotado que lo único que podía hacer era dormirse para recuperar la mínima energía posible con la que sobrevivir otro día.

Levantó la cabeza del hombro del joven y comprobó que éste seguía despierto, vigilando la entrada de la celda. Al darse cuenta de que se había despertado, le saludó con una sonrisa.

–Gracias por estar a mi lado, Davis. –dijo poniéndose en pie y estirando las piernas.

Busco entre sus bolsillos la única goma para el pelo que aún conservaba y se hizo una coleta con su largo cabello. Davis la contempló mientras lo hacía. Los zafiros de sus ojos ya no emitían el mismo destello alegre de antaño y su hermoso rostro parecía haberse perdido para siempre en su infinita expresión de soledad y tristeza.

Nicole había sobrevivido a Stone City y había sobrevivido a la hecatombe que había destruido el mundo cuando muchos de sus compañeros habían caído en el camino. ¿Pero a qué precio? Su supervivencia no le había traído nada bueno. En cierta manera, envidiaba a los caídos. Ellos no tenían que pasar por aquel maldito infierno cada segundo de sus miserables vidas. No podía soportarlo más. Había pensado en quitarse la vida tantas veces desde las muertes de Nick y Débora que aún no entendía por qué no había conseguido reunir el valor suficiente. Davis era lo único bueno que le había pasado en meses. Era un auténtico milagro que se hubieran reencontrado después de tanto tiempo, pese a las terribles circunstancias.

El joven se puso en pie y estiró sus articulaciones. Tenía el cuerpo entumecido de mantener la misma posición durante tanto tiempo. Nicole se percató de que con cada estiramiento, el joven dejaba caer un peculiar sonido similar al ronroneo de un gato. La mujer no pudo evitar sonreír ligeramente ante aquel comportamiento.

–Davis… ¿Y los demás? ¿Han…?

El joven negó con la cabeza mientras seguía con sus estiramientos.

–No, ¡qué va! Están vivos. Me había alejado un poco de ellos cuando esas cosas me capturaron. Espero que estén bien. Lo más probable es que me estén buscando. Aunque lo más sensato sería que siguieran su camino…

Ambos se miraron durante unos segundos sin decir nada.

–La esperanza es lo último que se pierde –respondió la rubia con una sonrisa antes de darse la vuelta. Y añadió para sí misma–. Yo lo sé bien…

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Aquel gigantesco y decrépito ser entró en la celda con lentitud, tambaleándose con su andar encorvado sin dejar de observar a los prisioneros que tenía frente a él. Era completamente calvo, de piel blanca como el mármol y ostentaba unas enormes y asquerosas uñas en pies y manos.

Matt contempló con un escalofrío la exhibición de largos y afilados colmillos saliendo de los deformados recovecos de la boca del mutante. Iba vestido únicamente con una especie de túnica roída y amarillenta, que le cubría desde su portentoso cuello hasta las rodillas. Estaba cubierto de suciedad y manchas de sangre seca allá donde se posara la vista. Su horrible rostro degenerado por la radiación recorría la oscuridad de la celda mientras su pesada respiración helaba las venas de todos sus ocupantes. Sus brazos y piernas eran desproporcionadamente largos en comparación con el resto del cuerpo. Aquella cosa era una auténtica abominación andante.

El mutante flexionó sus rodillas y profirió un espantoso y penetrante chillido desde las cavidades de su garganta. Era como si alguien arañara con violencia las uñas contra una pizarra frente a un megáfono. Aquel repentino grito causó que todos los presentes se llevaran las manos a los oídos, intentando bloquear aquel espantoso sonido.

Cuando Matt alzó la cabeza de nuevo y vio que tras la figura del imponente mutante habían aparecido otros dos, de menos altitud. Ambos vestían únicamente con lo que parecían ser unos taparrabos hechos de extrañas pieles, y sus rasgos no estaban tan deformados como los de su gigantesco congénere. De no ser por sus orejas puntiagudas, la deformidad de sus extremidades y sus bocas sin labios, podrían haber pasado por humanos. Las dos criaturas iban armadas con armas toscas: una lanza de madera con un cuchillo de caza atado al extremo y un punzón hecho con lo que parecía haber sido un fémur humano.

El muti gigante levantó sus escuálidos y larguiruchos dedos y señaló a Kyle entre la multitud de prisioneros.

Al instante, sus dos compañeros avanzaron y penetraron al interior de la celda. Los esclavos rápidamente se apartaron del condenado y pasaron a retirarse hacia las esquinas, intentando alejarse lo máximo posible de sus captores. Matt y los demás se quedaron paralizados sin saber qué hacer. No parecía que pudieran hacer nada contra aquellas cosas.

Los mutis, como los habían llamado los prisioneros, llegaron hasta Kyle y levantaron sus armas hacia él, haciendo ademanes para que fuera con ellos. Kyle tenía los dientes y puños apretados, con la mirada puesta en las armas con las que le estaban amenazando, quizá intentando pensar en la forma de hacerse con ellas y eliminar a aquellas cosas. El mutante rugió impaciente y Kyle bajó la cabeza, sumiso, y se encaminó a la entrada de la celda con los dos monstruos siguiéndole de cerca.

En ese momento Karen estalló de rabia y saltó sobre la espalda de uno de los mutantes aullando de furia.

–¡¡No os lo vais a llevar, malditos!!

El muti rugió sorprendido ante aquel ataque y comenzó a balancearse de un lado a otro para desequilibrar a la mujer. Karen gritaba como una loca, arañando el rostro de aquel ser con violencia sin dejar de maldecir. El otro mutante se aproximo y le quitó a la mujer de encima de un manotazo, como quien aparta una mosca molesta de su presencia.


Karen salió despedida y su espalda golpeó la pared con fuerza. El mutante agredido rugió de ira y lanzó un revés que estuvo a punto de arrancarle la cabeza a la mujer. Karen se derrumbó inconsciente con un reguero de sangre bajando por su frente y el muti se la echó al hombro como si fuera una muñeca rota.

El mutante gigantesco, que había estado contemplando toda la escena sin mover un músculo, gruñó por lo bajo al comprobar que la situación estaba bajo control y salió de la celda. Sus compañeros le siguieron de cerca antes de volver a colocar el enorme madero en los asideros del exterior de la celda.

La comitiva desapareció por el pasillo sin volver la vista atrás. Matt y Zoey tardaron un rato en reaccionar. Aún no entendían por qué no habían hecho nada para intentar ayudar a sus compañeros. Se habían quedado completamente paralizados. Ninguno había levantado un dedo para impedir que se los llevaran.

–No lo entiendo… ¿Qué nos ha pasado? ¿¡Por qué hemos dejado que se lo llevasen!? –gritó Zoey fuera de sí mirando a su compañero. Éste ni siquiera podía levantar la cabeza.

–Es la reacción normal cuando vienen a llevarse a alguien. –dijo la voz de una mujer joven entre los prisioneros.

–¿Normal? ¿Qué quieres decir? –preguntó Zoey, claramente afectada por lo que acababa de suceder.

–Es nuestra manera de sobrevivir. Cuando vienen a por alguien, no se puede hacer nada por impedirlo. Si intentas evitarlo, te llevan a ti también. Nadie quiere acabar en manos de los mutis. Así que dejamos que se lleven al que quieran para poder sobrevivir.

–¿¡Qué estás diciendo!? ¡Eso es completamente egoísta! ¿¡Qué pasará cuando vengan a buscarte a ti!? –exclamó Zoey sacando la cabeza a través de los barrotes en un intento por descubrir a dónde se habían llevado a Kyle.

–Tú misma has sentido el terror que inspiran esos seres. Eran tus amigos, y sientes su pérdida, pero no has intentado salvarles, ¿verdad? No lo has hecho porque sabías que acabarías igual o peor que ellos si te interponías. Es la ley de este lugar. Tu amigo es un hombre joven, seguramente le destinen a cavar en las galerías. Si no da problemas y resiste la jornada de trabajo, puede que puedas volver a verle. Tu amiga, por otro lado… Atacar a los mutis nunca es buena idea. Enfurecerlos es el peor delito que puedes cometer aquí abajo. Lo único que puedes hacer por ella es rezar para que su muerte sea rápida.

Matt y ella intercambiaron una mirada, totalmente desalentados. Kyle tendría que apañárselas solo por ahora, tenían que encontrar la manera de ayudar a Karen.

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En el exterior la noche ya había caído. Los prisioneros de las cámaras subterráneas dormían aprovechando el calor que les proporciona la cercanía de sus semejantes. Pero Matt no podía dormir. Se sentía demasiado culpable para conciliar el sueño a pesar del cansancio que pesaba sobre su cuerpo.





#Sacedog

viernes, 16 de agosto de 2013

¡Tenemos chat!

Hola a todos, lectores y lectoras. Me presento aquí para anunciarles que ya está disponible un chat provisional para que podamos hablar entre todos nosotros. Podréis encontrarlo en el siguiente enlace: xat.com/NuestraHistoriaFic Es completamente gratuito y no tiene contraseña. Estáis todos invitados a entrar. Nosotros andaremos por allí.
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PD: Por si acaso no ha quedado claro, el chat es para que hablemos autores y lectores también, no sólo los lectores entre sí.
*Naitsirc*