Big Red Mouse Pointer

jueves, 17 de octubre de 2013

NH2: Capítulo 018 - Perdidos

Horas y horas de caminata sin cesar ya provocaban intensos ardores en las piernas de Alice, pero especialmente en su compañero quien había cargado en sus brazos a un niño adormecido, durante más de la mitad del interminable recorrido esperanzado en la posibilidad de conseguir reposo. Los hombros y codos del hombre se quejaban casi entumecidos añorando ser libres, sin embargo, su espalda era la que realmente sufría.

   Estuvieron caminando muy cerca de una inidentificada carretera, más no en ella, aprovechando lo boscoso del área para esconderse con los matorrales aún dueños de su color natural, libres de la temida y destructiva radiación. Una inteligente precaución propuesta por Alice que les había evitado confrontar alguno que otro muerto viviente, aunque no a todos.

–Ni siquiera sabemos hacia donde vamos… –dijo aquel joven hombre de cabello oscuro, desganado y cansado. 

–La carretera nos va a guiar. No te preocupes –respondió la rubia, mirándole por encima del hombro, emitiendo más confianza de la que realmente disponía.

–Te cabe razón, ¿pero adónde? –preguntó, retóricamente–. No creo que nos espere un refugio o un equipo de salvación.

–Lo sé. Aún así es mejor que quedarse en medio de la nada –consecutivamente los ojos de Alice se entornaron hacia un gran letrero que se había caído fuera de la carretera.

   La chica leyó, dificultosamente por el óxido y las plantas enredadas en él, que el gran aviso público indicaba una miserable distancia de 35 kilómetros para arribar a “Mississauga”.

–¿Mississauga? ¿Esto no es… Canadá? ¿Estamos en Canadá? –la incredulidad en el rostro del hombre era absoluta.

–Canadá… –nombró Alice, asombrada.

   Ambos meditaron por un segundo. No estaban tan seguros de cuanto les podía convenir esa ciudad… Pero parecía ser la única opción.

–Deberíamos continuar.

–Estoy muy cansado… –informó él, acomodando al niño recargado en su pecho–. ¿No podríamos sentarnos un rato?

   La rubia miró hacia el cielo dichas aquellas palabras.

–Creo que tenemos unos minutos –dijo con seguridad al notar la poca claridad que aún permanecía en el firmamento–. Ya casi nos va a caer la noche.

–Con cinco minutos bastará. Tampoco es que quiera estar mucho tiempo aquí con esos malditos cadáveres rondándonos.

   El pelinegro se acomodó sobre sus posaderas en un tronco caído con su hijo aún en brazos. Alice se sentó en paralelo sobre un montículo de piedras estirando perezosamente las piernas mientras dejaba escapar un gemido de alivio.

–Estás de mejor humor… –fue la observación del compañero de la chica.

–No es que sea una anciana que gruñe todo el día, ¿no?

–Ayer lo parecías –dijo burlón.

   Alice ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.

–Ve dándole un poco al respeto, ¿no? –masculló presuntamente severa llevándose la mano a la funda del machete en su cintura.

–Lo siento –se disculpó él, aunque entre carcajadas.

–¿Tienes nombre? –preguntó ella girando su cuello lentamente para aflojar los “nudos” que se estaban formando a lo largo de sus hombros.

–¿Yo…? Soy Enrique. Y él –Enrique frotó la cabeza de su hijo–, es Félix.

   Ligeramente, el hombre sonrió. Quizás estaba agradecido de la poca importancia que la rubia estaba empezando a otorgarle.

–¿Tú cómo te llamas?

–Me llamo Alice… creo –dijo, vaga.

–¿Cómo es eso? –Enrique arrugó la cara con extrañeza.

–No sé si recuerdas que te dije que la muerte no era tan mala… Pues yo he muerto.

–No me jodas, Alice. Eres pálida pero no tanto cómo para ser un fantasma –la rubia sonrió, agraciada.

–Para nada. A lo que me refiero es a que yo no debería estar aquí. Yo morí hace mucho tiempo y me revivieron… Es difícil creerlo. Pero incluso te puedo decir que no fui la única.

–No parece que estés mintiendo… –respaldó Enrique, aunque con parcial convencimiento.

–Desde que “regresé” me he sentido muy extraña, confusa. Recuerdo muchísimas cosas pero no todas las siento mías –Alice se expresaba oscilando acerca de cómo se sentía en realidad–. Es sinceramente un vaivén. Incluso para mí es increíble toda esta situación.

–¿Quién te revivió…? –el tema estaba llamando la atención del pelinegro, demostrando este sus intenciones de ahondar.

–ESGRIP…

–¿La corporación farmacéutica? –por segunda vez Enrique frunció su semblante–. ¿La misma con el nombre de jarabe para la tos?

–Sí –con una carcajada de por medio la rubia afirmó–. Exactamente ellos.

–¿Y tú qué crees…? ¿Les debes las gracias?

–No lo sé. Pienso que he recibido otra oportunidad.

–En serio que es increíble… Pero bueno, hace un par de años nadie se imaginaba que el destino del planeta fuera este.

   La chica se veía cansada, decepcionada de algo ininteligible. El silencio hizo suyo el ambiente unos extensos segundos. Alice verificó su armamento… se apoyaba tristemente de sus dos pistolas de las cuales comprobó, al extraer los cargadores, que una de ellas tenía el cargador casi vacío, con apenas tres balas restantes, la otra aún estaba completa con 13 disparos… para proteger su integridad a corta distancia disponía ya sólo con uno de sus machetes puesto que el otro colgaba de la cintura de Enrique. Aún estaba apropiada del rifle pero la munición de dicha arma ya había expirado desde hacía mucho tiempo… sin embargo no quería próximamente encontrar algunos cartuchos y arrepentirse de no poseer su arma más larga.

–Enrique, tú que viviste en esa ciudad… ¿Nunca conociste a… M.A.?

–M.A… Ah sí, no pude convivir tanto con él pero sí compartimos en algún momento. Es un buen tipo o era… Bueno, no lo sé. De verdad espero que esté vivo –las palabras de Enrique produjeron una pesadumbre en el interior de Alice. La rubia asintió afligida torciendo los labios–. ¿Por qué lo preguntas? ¿De dónde lo conoces tú?

–Pues… formó parte del capítulo más intenso de mi vida –dijo alzando la mirada hacia la aproximación del anochecer–. Creo que ya deberíamos empezar a caminar.

–Bueeeeno, no fueron cinco minutos pero tienes razón… No podemos dormirnos en los laureles.

   Al mismo instante en el que Enrique intentó levantarse el pequeño Félix comenzó a moverse, bostezando y retorciéndose.

–¡Ya era hora! –dijo el hombre, sonriente–. Hola.

   Devuelta a la ruta, aquel trío continuó la caminata lo más silenciosamente posible para pasar desapercibidos a través del penumbroso bosque sobre el que se cernía la frialdad de la noche. Alrededor de una hora les tomó recorrer la distancia suficiente para avistar la primera edificación perteneciente a la desahuciada ciudad. La triste imagen gris de Mississauga se alzaba desde el horizonte.

–No tiene muy buena pinta… –observó Enrique con desaliento.

–Algo tiene que haber entre ese montón de ruinas, ¡algo! –espetaba Alice en un intento de imponer la esperanza sobre la decepción.

–Busquemos algún agujero donde escondernos hasta mañana y luego veremos qué podemos encontrar –el pelinegro se mostró sereno y razonable hasta donde pudo. Apretando con fuerza la mano de su hijo para seguir caminando.

   La avenida estaba bloqueada por una inconmensurable cantidad de vehículos embotellados, arropados por tierra y óxido. Apoyándose entre ellos consiguieron atravesar el mar de automóviles inservibles… El paisaje no era el más cálido… Edificios derruidos, reposando unos sobre otros creando extraños arcos, esculturas tétricas gigantescas esculpidas por el caos bélico llevaban a sentir una escalofriante desolación debajo de unas estrellas que gracias a unas nubes tenues y amarillentas cargadas de líquido intoxicado producían un creciente brillo verdoso para adornar a la joven noche. 

   El menguado progreso a través de la carretera les dirigió a adentrarse muy profundamente en la ciudad, ya ni siquiera eran capaces de mirar por donde habían llegado, por la distancia en combinación con la falta de claridad… faltarían minutos antes de que se encontraran caminando a ciegas porque ni la luna daba indicios de querer ampararlos. Debajo del elevado eran audibles sonidos… el roce de la suela de un zapato siendo arrastrado en el concreto, pasos irregulares y torpes que iban y venían… no estaban solos. 

   Al abandonar la avenida no tardaron en comenzar a presenciar el más cruento resultado… la mortandad originada por la guerra mundial entre los vivos y los muertos. El cúmulo de cuerpos se pronunció al instante en el que Alice, Enrique y su hijo ingresaron en las calles… el pequeño Félix se aterró con la presencia de tantos restos mortales a simple vista, incluso una minúscula cantidad de cuerpos se agitaron hambrientos.

–Por Dios… –Enrique miraba atónito todos los miembros repartidos a lo largo del asfalto. Estaba realmente impresionado por la masacre que se había desatado, y cómo el insufrible ecosistema había estado diluyendo de una forma muy bizarra lo que quedaba. El pelinegro sostuvo a su hijo junto a sí al interceptar a una peligrosa cantidad de muertos vivientes que emergían desde las zonas más oscuras¬.

   Lamentos, gemidos roncos eran producidos por las resecas gargantas de los seres que no se resignaban a morir aún. Sus esqueléticos cuerpos de piel agrietada secretaban un repugnante pus de entre su extremadamente delgada masa muscular. Algunos echaban de menos trozos de sus propios rostros dejando a la vista una macabra dentadura con carne pútrida entre los dientes, así como también carecían algunos de parpados que sostuvieran sus ojos pálidos como la cera.

   Se estaban acumulando de una manera increíble… A simple vista era imposible definir el punto de salida de tanta monstruosidad.

–Alice… Tenemos que salir de estas calles… y rápido –sugirió Enrique mientras una gota de sudor helada descendía por su sien.

   La rubia se entretuvo fugazmente con el cuerpo de un militar… aunque más con el arma que retenía debajo.

–¡¿Qué haces?! ¡Vámonos! –la desesperación del hombre crecía desmedidamente y más con su pequeño hijo a punto de romper en llanto.

   Un par de muertos vivientes demasiado próximos a Enrique fueron eliminados por este, llevándose el primero un machetazo en medio de las cejas que bastó para desarmar su cráneo y los trozos muertos y secos de su cerebro derribándolo al instante. Apartando a su hijo el hombre encaró al siguiente utilizando su prolongada arma blanca como guillotina. Llevándose las manos a la boca Enrique evitó vomitar al repugnarse de cómo había desmembrado a ese dúo de desdichados.

   Con prisa la rubia consiguió extraer un subfusil, asqueada por el hedor del cadáver saqueado. Enrique no conseguía entender lo que su compañera pretendía hacer… ¿Acaso tenía intenciones de confrontar a toda esa jauría de seres de ultratumba?

   Inmediatamente Alice alzó el arma automática e iluminó toda la calle con la luz de una linterna acoplada al cañón.

–¡Por allí! –la chica apuntaba con el pequeño foco hacia una calle más despejada. Realmente había conseguido convertirse en el faro del grupo.

   Alice sostuvo su nuevo armamento al nivel de su cintura para desvelar el camino con la linterna y se sirvió de su machete para arremeter contra los muertos que intentaban acercarse demasiado. Enrique igualmente aprovechó la misma disponibilidad de un arma gemela para defender a su hijo, y a sí mismo, de los zombis que se atravesaban en su camino mientras prácticamente arrastraba al niño por la calle.

–¡Alice espera! –el joven hombre se tomó un segundo para montarse al niño en la espalda y poder así aumentar la velocidad.

   La chica liquidó a otro muerto viviente dividiendo su cabeza en dos a desde la línea de sus ojos justo cuando Enrique ya le estaba alcanzando, pudiendo así continuar con su carrera. Desesperados, aceleraron al máximo el movimiento de sus pies hasta que pudieron dejar atrás la horda de deplorables cadáveres andantes… pero sin idea de hacia donde les estaba guiando la conmoción.

   Sus pasos consiguieron llevarles a un callejón ocupado por escombros principalmente compuestos por ladrillos, muebles y otros componentes de construcción que solían pertenecer al par de edificios que conformaban el estrecho pasadizo con una salida directa hacia la otra calle… también repleta de cadáveres, ya inanimados, la mayoría con la carne calcinada, ligeramente tornada en una masa viscosa ennegrecida que olorizaba horrendamente toda la vía pública.

–¡¿Qué pasó en esta ciudad?! –preguntó Enrique a nadie en especial protegiendo su nariz con su mano de los vomitivos hedores.

–Esto es un infierno. Fue un error entrar aquí… 

   Enrique dejó en el suelo a Félix mientras este derramaba lágrimas, aterrado, con un llanto silencioso por el shock. Hincando una rodilla en el suelo abrazó a su hijo para brindarle consuelo.

–Hey… ¡Allí! –Alice le propinó un golpecito en el hombro con la punta de los dedos a su compañero adulto mientras enfocaba con la linterna la entrada de un gran supermercado a un par de calles.
–No perdamos tiempo. Odio estar aquí afuera… odio estas malditas calles.

   Por aquella vez el pelinegro tomó la iniciativa de emprender el recorrido hacia las puertas del sitio que simulaba la aliviadora imagen de un refugio. La chica extrajo el cargador del subfusil para estar segura de que podría contar con él si las cosas se tornaban color de hormiga. Poseía poco más de la mitad de las balas que cabían en el cargador, 13 concretamente.

   Esta vez sin demasiada dificultad alcanzaron su destino. Las puertas se habían atascado, sin embargo bastó con la fuerza de Alice y Enrique para liberarlas.

–Rápido, rápido –fue la orden de la rubia al instante en el que entraban.

   Encargándose de asegurar de nuevo la entrada tomó su rifle y lo introdujo entre los agarradores de las puertas para trabar su apertura. Inmediatamente Enrique arrastró un mostrador con sumo esfuerzo para respaldar la seguridad en la entrada principal del supermercado. Una vez hecho su trabajo se dejó caer sentado en el suelo apoyado del mueble que había colocado como obstáculo.

–Estás temblando –dijo Alice con seriedad observando cómo las manos del pelinegro parecían vibrar.

–¡¿Tú crees?! ¡Para nada estoy acostumbrado a esto!

–Creo que ya podemos estar un poco más tranquilos aquí… –supuso la rubia para relajar algo más a su compañía–. Solamente…

–¿Tranquilos? ¡Estamos en medio de una puta ciudad con un millar de muertos que caminan en ella! ¿Cómo vamos a estar tranquilos aquí encerrados esperando a que esas cosas nos devoren? ¡¿Eh?! –Enrique estaba perdiendo los estribos a causa de la presión de tener la literalidad de la muerte siguiendo los pasos… Pero sus palabras aunque desmesuradas, aún así, tenían peso, tenían verdad–. ¡Yo no-…!

   Las palabras fueron interrumpidas por la perturbadora silueta de un humanoide sombrío acechándoles desde el final del pasillo.

–¡Félix! –el niño se espantó por el grito de su padre, quien se incorporaba exaltado sobre sí.

   Una vociferación gutural desde la penumbra alertó a Alice para hacerla voltear y enfocar con su linterna a un trío de infectados que comenzaban a correr eufóricamente hacia ellos. Una estruendosa ráfaga de proyectiles de plomo hizo caer al infectado que más se había apresurado con un orificio en la frente… Inmediatamente bajó el subfusil, tanto ruido estaba por atraer a todo el vecindario de carnívoros. Jamás se le había cruzado por la cabeza el concierto que iba a concebir.

   Haciendo uso de su fiel machete Alice decapitó al siguiente infectado mientras que Enrique se interpuso entre el pequeño Félix y el último de los muertos vivientes de una manera torpe tan desmesurada que le fue imposible extraer su único armamento para encarar a la tenebrosa amenaza que quería atentar contra su vida. 

   El zombi embistió ferozmente al pelinegro llevándolo al suelo con una fuerza que ni él mismo había podido imaginar. Aprisionándole con su ensangrentado y malherido cuerpo el zombi se retorcía sobre Enrique agitando su mandíbula frenéticamente en un intento por hincar sus sucios dientes en la carne fresca que se resistía férreamente presionando su antebrazo contra el cuello del no-vivo. Célere, la cabeza del infectado fue perforada por el machete de Alice poniendo fin a su contiendo por la obtención de carne fresca.

   El hombre le propinó un empujón al cuerpo inerte justo antes de llevarse las manos a la cara, aterrado e incapaz de temblar más de lo que ya estaba. Sin embargo sus pensamientos se concentraron el bienestar de su hijo, por quien brincó del suelo para asegurarse de que se conservaba intacto.

–Eso estuvo demasiado cerca –afirmó Alice en el momento en que desencajaba su arma de acero del cráneo de la víctima. Sus compañeros se inmutaron, ella esperó unos segundos con algo de incomodidad ante el reciente problema… parcialmente causado por sus decisiones. Siento culpabilidad, sin duda–. Yo… iré a chequear que no haya ningún otro infectado… 

   Dada la información la chica se retiró por el pasillo empleando el subfusil para revelar su camino. Los malestares se producían en ella de forma acumulativa, ya comenzaba a costarle pensar con claridad, quizás solo necesitaba parar por unos instantes. Para completar su día entre los pasillos se topó con una desagradable sorpresa. Infectados baleados, cadáveres desmembrados. Claros indicios que definitivamente demostraban la batalla campal desatada allí recaudadora de más de 20 muertos, todos desperdigados por el área... y lo que más incomodidad le causaba era el hecho de que parecían no tener mucho tiempo allí, algunas horas como mucho. 

   Después de analizar la escena se mostró particularmente interesada en piezas de una vestimenta hecha para confrontar radiación, tirada en el suelo, destrozada. No había contemplado la posibilidad de que la ciudad hubiera sido alcanzada por la radiación. Adentrándose un poco más, Alice se posicionó junto un refrigerador volcado, contenedor de múltiples botellas de agua. Tomó un par de los envases plásticos y regresó sobre sus pisadas evadiendo asqueada la alfombra de cuerpos y sangre.

   Devuelta al lugar donde yacían Enrique y su hijo notó como estos parecían un poco más calmados.

–¿Cómo se sienten? –preguntó Alice, extendiéndole una botella de agua al pelinegro.

–¿En realidad puedes preguntar eso…? –dijo él con ironía sujetando lo que la chica le ofrecía.

–Lo sé, lo sé. Pero es que creo que… podemos estar expuestos a la radiación.

   Enrique guardó silencio por un instante, mirando el suelo.

–Sinceramente me da igual… Sólo busquemos un lugar dónde descansar.

   Alice pretendía darle mucha más importancia al tema… pero aún así cayó en cuenta de que podría ser una simple corazonada. Sin embargo era algo que no dejaría olvidado del todo.

   Dispuestos a encontrar reposo, el trío se encaminó a la zona de empleados. No tardaron absolutamente nada en dar con el comedor amueblado con un par de sofás, fregadero, una cocina, microondas, varias mesas y también sillas para el uso del personal que un día trabajó allí. Todo muy bien arreglado haciendo un contraste muy marcado con todo lo que venían viendo, signo de que no había recibido visitas en muchísimo tiempo. 

   Destruidos no sólo psicológica sino de igual manera físicamente, Alice, Enrique y el pequeño Félix se apoderaron de la comodidad de los sofás para intentar entregarse a los brazos de Morfeo.

   La noche había transformado aquella ciudad marchita en una auténtica boca de lobo donde no reinaba más que la muerte misma, abundante y andante.

Disparos… sonoros y estremecedores disparos retumbaron en los oídos de Alice para hacerle abandonar su dificultosamente conciliado sueño. Incorporándose de su postración sus ojos se cruzaron con los de Enrique y su pequeño hijo, quienes reposaban en paralelo. De inmediato se pusieron sobre sus pies.

   Por impulso la rubia fue la primera en abandonar la sala para regresar a los corredores del supermercado. Con pisadas ligeras y el cuerpo gacho se dirigió sigilosamente al origen de los plomazos. En escaso tiempo alcanzó la entrada y pensando dos veces elevó la cabeza por el mostrador para ver a través de las puertas de cristal como se celebraba una carnicería. Un grupo de hombres, de al menos 13 sujetos algunos con bragas anaranjadas, otros con vestimenta irregular pero todos poseedores de un equipamiento de calidad militar, se encontraban despachando a un numeroso conjunto de zombis acumulados a las puertas del establecimiento.

–Rápido muchachos que la maldita calle no tarda en ponerse caliente –imperó un tipo de cabeza rapada, tono de piel oscura y pronunciados tatuajes a lo largo del rostro–. ¡Ustedes tres conmigo! Vamos a agilizar un poco la labor –dada la nueva orden el ahora escuadrón se dirigió a la zona de descarga del supermercado donde podrían acceder por la parte trasera… concretamente la del almacén.

–Alice, ¿qué pasa? –preguntó sorpresivamente Enrique detrás de la susodicha.

–Ha-hay graves problemas… busca a tu hijo, tenemos que buscar una manera de salir de aquí –la chica se encontraba realmente atemorizada.

–Podemos salir por el almacén…

–No, van a entrar por atrás. Busca al niño y escóndete –reclamó tenaz.

   Veloz el pelinegro acató la indicación y fue en busca de su pequeño. Lo mejor que podían hacer era optar por la evasión, un enfrentamiento directo no iba a resultar en nada favorable para ellos, estaban en total desventaja.

–¡Listo muchachos! –habían finiquitado su violento asunto con el cúmulo de muertos–. Vamos a abrir las puertas.

   Era hora de que Alice se apartara del lugar y se colocara a cubierto.

–Para nada, esto está bien cerrado… Alguien la bloqueó. Seguro fueron los otros desgraciados… hasta atravesaron un rifle.

–¿No puedes sacarlo? –sugirió uno de ellos.

–Que va, mi mano no llega –desistió–. Esperemos que Crow nos abra el paso, mientras, hay que estar bien alerta con los carnívoros.

   Un trío de hombres se dispersó a lo largo de la calle con separaciones de prolongados metros para reconocer la zona y vigilar las amenazas que pudieran hacer acto de presencia mientras el resto permanecía en la entrada.

   Alice se mezcló prontamente entre los corredores aprovechándose de la ligera oscuridad remanente. Pesados pasos comenzaron a sonar con leve eco dentro del supermercado.

–Atentos, muchachos. No queremos sorpresas con ningún muertito –había pensado por un segundo que podría ser su compañero con su pequeño hijo pero estaba muy equivocada… era ese sujeto tatuado, el supuesto Crow–. Quiero un barrido de la zona.

   Los ojos de la rubia recorrieron el entorno en busca de las posibilidades. Tenía a su disposición una vasta cantidad de corredores, pero podría terminar acorralada si no pensaba correctamente… Ellos eran cuatro y estaban muy bien armados. La situación era delicada.

–En serio. Parece que el coronel no exageraba respecto a este lugar… –decía uno de ellos.

–¿Coronel? ¿De quién coño me hablas?

–El coronel, el tipo este que…

–Dirás el “general”, idiota.

–Da igual. Lo que me sigue impresionando es el hecho de que no hayan saqueado este sitio.

–Si ves las calles te darás cuenta de que la guerra que se desató no le dio oportunidad a nadie.

–Puede ser… todo se hundió tanto en la mierda en tan poco tiempo.

   Tenía que guiarse con el haz de sus linternas para mantenerse fuera de su rango de visión, sin embargo había suficiente luz como para ser vista con facilidad.

–¡Hey, Crow!

–¿Qué pasa? Baja la voz –atendió este, aproximándose a paso ligero,

–Creo que he encontrado a los tres tipejos que abandonaron el hospital –informó uno de los matones.

–De hecho eran cuatro… –corrigió Crow. El moreno se acercó a los cuerpos que nadaban en sangre, fácilmente identificables por sus ya no tan relucientes monos anaranjados–. El otro estará por ahí en forma trocitos… Pobres bastardos.

–Estos fueron los que atacaron al General, ¿no es así?

–Sí, pero… A este tipo le cortaron la pierna con demasiada precisión –señaló con menudencia aproximándose aún más al cadáver con el miembro cercenado–. Y a este… a este le fue pésimo… pero le rebanaron la mano y la cabeza con muchísima precisión también –mostrando aún más escrupulosidad en el siguiente desdichado–, y para eso se necesita un arma larga y de muy buen filo.

–¿Cómo un machete? –sugirió.

–No, los machetes son muy rudimentarios como para hacer esto. Yo estaba pensando más en una espada… algo como una katana –especuló Crow, hincando una rodilla en el suelo cuidadoso de no empaparse con ningún líquido carmesí.

–Pff… ¿Quién estaría tan chiflado como para cargar algo así en estos días?

–Realmente, sería muy inteligente, puesto que a una katana no se le acaban las balas… Pero para hacer este tipo de cortes necesitas tener una buena técnica y por supuesto tener una espada… y estoy completamente seguro de que el general no tiene ninguna –la intriga se agrandaba a pasos agigantados.

–Así que…

–Hay algo muy extraño en lo que nos contó el general. Porque él no hizo esto –complementó el hombre poniéndose de pie.

   A pesar de la curiosidad producida por la peculiar historia que se traían entre manos aquel par, Alice decidió comenzar a moverse entre los estantes aprovechándose de la distracción de sus potenciales enemigos, decidida a encontrar a las dos personas que le habían acompañado durante la travesía pero con los nervios asfixiándola por saber que sólo bastaba un paso en falso para llevarla a la muerte o quizás a algo peor… 

–Oigan –dijo uno de los matones.

–Sí, yo también lo escuché. Parece que tenemos un huésped.

   Instantáneamente los latidos en el corazón de Alice se descontrolaron, lo que le llevó a extraer su pistola de la funda en su pierna. Manteniendo la serenidad, se hizo más pequeña adoptando una posición casi fetal esperando la personificación de la amenaza que se le venía encima.

   Pero no ocurrió, sus lentos y pausados pasos no eran los que habían atraído la atención del grupo de inquisidores. “Enrique” pensó la rubia al ver de reojo por uno de los bordes de los estantes cómo tres hombres se dirigían cautelosamente hacia el área donde anteriormente dormía plácidamente. Necesitaba hacer algo pero no tenía certeza. Quizás consiguiera escabullirse él y su niño y sus alguna acción demasiado llamativa fuera innecesaria, o probablemente necesitaban de su ayuda más que nunca.

–¡Hey, hey, hey! –tres detonaciones de los rifles de alto calibre que poseían esos sujetos retumbaron en el establecimiento–. ¡Por aquí escapan!

   Enrique se hallaba en un proceso de escape desesperado a través de los corredores del área de empleados, evadiendo balas de más de 7 milímetros mientras movilizaba a su hijo llevándole de la mano. Se apegó contra una esquina en el instante en que un dueto de disparos casi le acariciaron las carnes. Necesitaba ir más rápido y las capacidades motoras de su hijo eran tan menores a las de él que no tuvo otra opción más que volver a cargar con él. Se preparó para emprender una carrera nuevamente pero apenas abandonó su cobertura sintió un proyectil, despedido por uno de los rifles que venían siguiéndole el trayecto, atravesarle el muslo.

   Con un alarido el pelinegro se derrumbó, estrechando a Félix fervorosamente contra sí para protegerlo con su integridad.

–¡¿Adónde te crees que ibas?! –preguntó retóricamente uno de los matones clavando implacable su bota en las costillas de Enrique–. ¡Levántate!

   Otra patada castigó el costado del hombre, agraciado.

–Venga, deja a ese mocoso –fue la orden del sujeto que le había perforado la pierna y ahora halaba de sus ropajes para despegarlo del niño–. Ayúdame con este imbécil –solicitó a uno de sus tres compañeros que recientemente se acercaban.

   Entre ambos con sumo esfuerzo desprendieron a los familiares que solían abrazarse en llanto. El constante forcejeo por parte de Enrique provocó que su captor arremetiera contra su mandíbula impactándola con la culata del rifle. Aturdido el pelinegro intentó levantarse pero recibió otro golpe con el armamento en la boca del estómago de lo doblegó enseguida.

–¡Basta! –una voz, grave, exclamó con ímpetu atrayendo la atención de todos los presentes.

   El cuarteto de matones se topó con el cañón de una pistola que apuntaba directamente a la frente del más atrasado del grupo, Crow. Una rubia sujetaba la empuñadura del arma de fuego manteniendo a la vez una cara de pocos amigos.

–Apártense y déjenlo en paz –exigió Alice, sujetando también su machete, justo debajo de su pistola.

   La reacción fue muy distinta a la deseada. El primero en peligro, Crow, no hizo sino reírse en la cara de la chica negando con la cabeza. El resto de hombres parecía realmente consternados hasta que quien aparentemente se mostraba como el líder había actuado de una manera tan relajada que les contagiaba a ellos también.

–¡¿Qué es tan gracioso?! –la rubia parecía alterarse con la desafiante expresión de su enemigo.

–Mira… cosita, tienes unas agallas de puta madre pero también eres estúpida –comentó el hombre con los tatuajes en la cara, risueño, recorriéndola con la mirada–. Nosotros somos cuatro y tú estás prácticamente sola porque el inútil de tu amigo no está en condiciones de ayudarte… Mátame y estos tres muchachos te van a liquidar… y si… por algún acto mágico consigues salir de esta, afuera tienes a diez hombres esperándote.

   Alice apretó la mandíbula con impotencia, todo lo que había dicho ese hombre cierto. Esperaba conseguir un rehén pero no fue así, aquel tipo tenía demasiado raciocinio.

–¿Quién está dispuesto a llevarse un balazo? –preguntó Alice–. ¿Tú lo estás? –dijo más directamente al sujeto tatuado, el cual era acosado por el cañón de su pistola.

–Ya suelta el arma, nena –la sugestión era absurda. El cuadro de sujetos se mostraba feliz por algo que ella no terminaba de imaginar.

–No te vamos a hacer ningún daño, cariño. 

   Crow chasqueó la lengua y con una velocidad invisible atrapó la muñeca de Alice apartando el arma antes de arrebatársela al propinarle una patada en el estómago que la llevó varios metros en retroceso hasta finalmente caer en el suelo. 

   Adolorida y con una desesperante falta de aire se incorporó lo más rápido posible adoptando una posición en cuclillas desenfundando su segunda pistola… desgraciadamente sus esfuerzos fueron frustrados por una bala que se clavó en su brazo, una bala detonada desde su pistola, la que ahora pertenecía al tipo de la cara tatuada. 

   Gruñendo de dolor Alice cayó al suelo sujetando sus bíceps para vanamente tratar de frenar el sangrado. 

–Buenas noches, amorcito… –sus claros ojos se centraron en la gran figura de su enemigo, y especialmente en la de su largo y pesado rifle de asalto hasta que aquella artesanía metálica se estrellase en su cabeza para despedirla del mundo de los conscientes…

   Sus esfuerzos no habían servido en absoluto. Su suerte la había sentenciado.

   Después de un muy largo periodo de siesta involuntaria. Alice recobró la voluntad sobre su cuerpo. Estaba tirada en el suelo, apoyada de espaldas contra algo que no alcanzaba a reconocer e inmovilizada… ¿Dónde se encontraba? ¿Qué estaba pasando? Quería gritar pero descubrió que no era conveniente hacerlo hasta no tener la verdadera naturaleza de su situación. Obviamente esos tipos le habían llevado a la que posiblemente era su guarida.

   Lo primero que identificó fue el material con el que le habían apresado. Agitó sus brazos inútilmente, esos cables estaban bien amarrados y por más que se moviera no se soltaría nunca. De igual manera notó un trapo amarrado alrededor de su brazo de manera improvisada obstruyendo la salida de sangre de su herida aún latente…

   Los minutos corrían con sofocante lentitud, la espera era inquietante, molesta. Las expectativas crecían en el interior de Alice ¿Qué harían aquellos hombres con ella? Nada bueno ciertamente… y aún no conseguía imaginar qué era lo peor que podría ocurrirle. Una incontable cantidad de situaciones para nada agradables se daban lugar en su imaginación… Pero algo que le perturbaba sin ceso era la morbosa impresión que le habían dado aquellos sujetos. No parecían nada agradables y por más vueltas que le daba a la cabeza no sentía encontrarle salida a un temido desenlace. Una horrible situación que había creado en su mente con automaticidad.

   La sangre le hervía de sólo pensar que alguno de esos asquerosos seres pudiera ponerle un dedo encima… sin embargo su consternación aumentaba al saber de que se trababa de un numeroso grupo de sujetos. Era una realidad que tenía que mentalizarse para lo que se le estaba viniendo encima, necesitaba encontrar una manera de bloquear su consciencia. La meditación quizás podría salvar su voluntad…

–¡Por favor! ¡No! –inmediatamente resonó después de un portazo.

   La voz era claramente de una mujer, desesperada. En su ruego era audible el estado tan quebrado de su alma. Otros gritos se escucharon, aún más desgarradores, llenos de agonía. Alice podía ver un tenue haz de luz que se filtraba por debajo de la única puerta existente en la habitación permitiéndole observar ligeramente donde estaba. La decoración y los objetos que alcanzaba a observar le decían que no se ubicaba sino en una lúgubre habitación de hospital… Mas ininteligibles ruidos aparecieron instantáneamente.

   Era ridículo e imposible… No le temía a nada más que a imagen de aquellos enfermos y la experiencia, que estaba suponiendo, no tardaría demasiado en tener era absolutamente nueva para ella. Jamás había consumado ningún tipo de relación sexual… y estaba por descubrir lo que significaba de la peor forma posible. Se sentía terriblemente impotente, sus ojos amenazaban con derramar su desdicha en la imagen de pesadas lágrimas.

–¡Dios qué rica! –en aquel hombre era notorio el afán de su enardecida voz.

–¡Mataría por una grabadora en este instante! –exclamó otro sujeto con emoción.

   Se estaba llevando a cabo una retorcida orquesta. Risas y alaridos jocosos opacaban a una débil y destrozada voz que no paraba de gritar entre quejidos y un desconsolado llanto. Proviniendo todos esos murmullos del exterior de la habitación, apenas lejos, a unos pocos metros de distancia. El corazón de Alice saltó a su garganta cuando imaginó de manera inercial lo que se suscitaba muy cerca de ella agravando su estado de humor y su terrible percepción a lo que avecinaba inexorablemente.

   Todos sus músculos se tensaron en el instante que un grupo de pies se situaron en la vía de acceso de la luz que llegaba a la habitación. Los latidos que generaba el corazón de la rubia aumentaron al momento en que la manilla de la puerta giró y esta se abrió aparatosamente estremeciendo su calma.

–Hola… –dijo un hombre bajo el dintel. La perversión en su voz provocaba un desagradable escalofrío en la columna de Alice.

–¡Muchachos hay que ver que nos hemos sacado el premio gordo con esta gatita! –exaltado uno de los hombres se apresuró a ingresar en la habitación pero quien había abierto la puerta le frenó poniéndole una mano en el hombro para empujarlo con violencia.

–¿Adónde coño te crees que vas, imbécil? Yo la atrapé, así que yo soy el privilegiado –era ese sujeto, el de los tatuajes en la cara…

   Alice volvió a agitarse vehementemente, desesperada.

–Pero mira qué tierna es… intentando escapar –con una perversa sonrisa y unos gestos guasones empezó a caminar hacia la chica–. Tengo debilidad por las chicas patéticas… y más si son rubias porque me la ponen como una roca en segundos –dijo apretando su puño y empleando su antebrazo para ejecutar una mímica morbosa.

   Rápidamente el sujeto se situó enfrente de Alice, hincando una rodilla para apreciarla de una mejor manera. Lentamente aquel hombre acarició su rostro con la punta sus dedos pero ella le rechazó zarandeando la cabeza agresivamente.

–¡No me toques maldito asqueroso! –repudió Alice.

–¡Uau! Si así gritas ahora sólo imagina cuando te ponga en tus cuatro patas… hasta vas a llorar –dijo el hombre del rostro tatuado antes de lamerse los labios.

   Pronto la mano del presuntamente reo descendió hasta el torso de Alice donde osó acariciar un seno de la rubia. Cómo respuesta ella expelió bravamente un buche de saliva en su cara. El sujeto rió.

–Nunca es de otra manera ¿No, muchachos? –dijo él empleando su camiseta para limpiarse el escupitajo¬–. Sin embargo sólo se necesita un pequeño incentivo….

   El hombre cerró con extrema fuerza su puño sobre la boca de Alice, posteriormente usó los nudillos de su otra mano para castigar una vez más la mandíbula de quien le había irrespetado hasta finalmente culminar con un último devastador puñetazo dado con su mano derecha conectando de lleno en la mejilla.

–… para conseguir un poco de colaboración –la fuerza y petulancia de Alice se desvanecieron entre los inmisericordes castigos. Sujetando su mandíbula el agresor levantó su cara para ver sus ojos desenfocados–. ¿Qué me dices ahora, zorrita? ¿No hay nada más que salga de esa boquita? ¿Así estás bien o necesitas otro? Creo que no te he pegado tan duro, nena.

–Estoy seguro de que es suficiente –exclamó otro sujeto recién ingresado a la habitación– Necesito que salgan todos.

–Pero…

–Es suficiente, todo mundo fuera, necesito la sala vacía…

–Está bien, es injusto pero si te la quieres ***** tú primero… –el hombre de los tatuajes se levantó y salió con el resto de sus amigos cerrando la puerta a sus espaldas estruendosamente.

   Alice abrió los ojos para observar al nuevo problema pero la luz de una potente linterna impactaba directamente a su cara obligándole a cerrarlos de nuevo. Sus oídos percibían que quien fuera que estuviera allí se estaba moviendo de un lado a otro. Estaba desorientada, le ardía toda la mandíbula y parte de su cara… no tenía muchos ánimos como para continuar su contienda por descifrar el siguiente suceso. Que pasara lo que tenía que pasar…

   Después de un breve instante, aquel hombre se arrodilló enfrente de Alice y sostuvo su igualmente su mandíbula pero con muchísima más delicadeza para frotar un trozo de tela bajo sus labios y remover un hilacho de sangre que se derramaba de entre la boca de la chica.

–No… déjame… –balbuceaba aturdida.

–Quieta –ordenó él.

   Consecuentemente aquel se dispuso a desamarrarla… fue cuando Alice se asombró de tal manera que abrió con esfuerzo los ojos para ver lo que estaba haciendo pero la linterna seguía perturbando su visión. Una vez estuvo libre, el desconocido le ayudó a levantarse y le dirigió para que sentara sobre el la única cama que se encontraba en la sala. Se sintió aliviada, se llevó la mano a la cabeza para intentar contener el dolor atormentador. Cuando observó a su “salvador” le encontró de espaldas, acomodando la linterna y regulando la cantidad de luz que esta emitía.

   No tardó en volver a ella… allí finalmente consiguió mirarle directamente a los ojos. Su mirada era insondable, apenas había conseguido reconocer aquella imagen.

–Tengo preguntas que hacerte, Alice.

–Es… imposible… ¿Puma?

#Proyecto Alice


lunes, 23 de septiembre de 2013

NH2: Capítulo 017 - Caída (Parte II)

Un inesperado reposo sobre la íntegra firmeza que transmitía aquel robusto tronco de enormes dimensiones fue el precedente a un extremo agotamiento sufrido debido al empeñoso e insalubre registro de su perímetro más próximo dedicado a la localización de una imponente figura de cabellos rojizos peligrosamente armada.
   M.A todavía no había determinado la ruta precisa empleada por su hermana para su alejamiento, pero su empeño perseveraba en descubrirla con exactitud, pese a que su paciencia se desmoronaba de forma equitativa a su razonamiento.
   Las francas advertencias de Maya penetraron inconscientemente en su subconsciente por cuarta vez, pero aunque quiso desecharlas de sus pensamientos instantáneamente, le resultó imposible. La mitad de sus reflexiones continuaban insistiendo en que ya había permanecido el suficiente tiempo lejos de su hermana, que era su deber reencontrarse con ella y que ningún impedimento debería detenerle. Sin embargo, la porción restante de sus consideraciones se había revelado cruelmente ante sus remordimientos, notificándole que se encaminaba a una muerte segura y necesitaba urgentemente escuchar las sugerencias de Maya. Un torbellino de ideas confusas se había desatado en su atormentado cerebro. No conocía el camino correcto, pero sabía que solamente él podía escogerlo. 
   Extrajo su preciada cartera con la pretensión de observar una sola vez más aquella fotografía de incalculable valor sentimental para él. Era preciosa. La belleza de Ley era equiparable a la de un ángel caído del cielo. Añoraba aquellos hermosos y letales cabellos pelirrojos. Apaciguar aquel sentimiento era su mayor deseo en aquellos momentos. 
   Una especie de papel arrugado emergió de su escondite justo cuando M.A se disponía a custodiar aquel retrato en el cuero de su cartera, exhibiéndose sin disimulos ante él. Lo sostuvo con fiereza mientras lo desdoblaba velozmente antes de comenzar a leer las certeras letras plasmadas en él...   
   Aquel arriesgado salto desde la mediana altura que exhibía aquella escalera de incendios mayoritariamente derruida le expuso una destacable modificación en el entorno anteriormente visualizado. Excepcional e insólito eran los dos términos que definían al corazón de aquella misteriosa ciudad del sureste. Cualquier palabra que sugiriese una situación de amenaza zombi desaparecía misteriosamente en aquel punto de su travesía.
   No conocía ni una mísera teoría de la explicación razonable que producía aquel extraordinario e increíble fenómeno, pero no importaba en realidad. Aquel reducido perímetro carente de aquella semejanza respecto al resto del aniquilado mundo era para sus energías un merecido descanso después de diez kilómetros de imparable recorrido rodeada de invisible inseguridad, y aquello era lo único que le incumbía. El desconocido motivo de aquella extraña limpieza le era indiferente. 
   Su afligida rotula provocó que sus destartalados pies trastabillasen unos irregulares pasos cuando se incorporó nuevamente para un exhaustivo análisis de sus alrededores. Ninguno de los elementos que lo constituían había sufrido cambios severos desde su visita anterior. Aquella que antaño había sido un área urbana medianamente activa continuaba transformada en un estercolero de vehículos inutilizables apilados en longitudinales barricadas artificiales creadas por seres humanos como una tentativa de detención del internamiento de cualquier amenaza global. 
   A su vez, los desperdicios de dos interminables años acumulados en una consistente basura se repartían equitativamente por la extensa distancia de la solitaria avenida, los cuales complementaban a la marchitada vegetación distribuida entre el tremendo desastre originado por las voluntarias e involuntarias destrucciones de innumerables escaparates completamente vacíos.
   Sin embargo, aquella lamentable catástrofe se veía eclipsada para sus intereses debido a la imponente presencia de una singular construcción de menguada altura que resaltaba especialmente del resto. El Santa Sara Abelló. Un peculiar nombre designado para aquel antiguo hospital militar tergiversado en una particular prisión por sus propietarios del nuevo mundo, y también el codiciado destino del que requería urgentemente Eva.
   Decenas de emociones se internaron en su razonamiento mientras se apresuraba en ejecutar un raudo trote que la dispusiese frente a una de las entradas traseras empleadas por el estrafalario doctor como el acceso de la mujer a un diminuto almacén de material médico donde efectuar el requerido intercambio.
   La zona que encerraba la edificación del hospital no podía estar más despejada de sus violentos vigilantes. Desviar las actividades oteadoras de la casi media  centena de prisioneros que convivían con dificultad en aquel inhóspito lugar para cederle un paso seguro era una de las escasas labores propias del doctor en aquel trato, lo cual era un verdadero alivio. 
   La insuperable efectividad de aquella ocupación desencadenó un impecable alcance de la puerta de metal que era su objetivo primordial. Aquellas excepcionales inmediaciones presentaban una impresión de falsa protección e inmunidad. El impecable saneamiento que exponían ocasionaba una increíble entereza en aquel desierto callejón colindante al hospital. Aquel expectante recinto no parecía mantener ninguna relación con la horrible hecatombe acontecida tan sólo unos metros atrás. No resultaba descabellada la reflexión de que un cierto territorio hubiese sido parcialmente aislado del apocalipsis de alguna manera inexplicable.
   Un leve empujón con el guante que recubría su mano corroboró que el único impedimento que obstruía la senda hasta el interior del almacén se encontraba abierto pese a su visible cerradura. El poseedor de la correspondiente llave que había ejecutado aquel acto de apertura se manifestó imponente ante su provisional asociada. 
   —Doctor Payne —identificó a aquel misterioso personaje con un sutil susurro de palabras encadenadas. 
   —Sabe perfectamente que ese apelativo está terminantemente prohibido para usted. —La recitación de su nombre exhalada de aquella subordinada garganta ocasionó una intensificación distinguida de su irritación—. Limítese a emplear el calificativo de doctor.
   Eva refunfuñó con riguroso disimulo ante la concienzuda inspección visual a la que la sometía aquel sujeto. Insoportable era una denominación insuficiente para la incontenible sed de sangre que le ocasionaba con sus imparables muestras de superioridad, pero contener sus impulsos por un beneficio mayor que el de apaciguar su furor era una orden extremadamente imperativa.
   La inmovilidad inquietante del doctor fue el indicio que reveló la desganada invitación a adentrarse en el inusual almacén. No existieron dudas cuando la aceptó, introduciéndose en el particular centro de salud militar, sorprendentemente acogedor debido a su exclusiva seguridad.
   —Aquí tienes. —Los frascos de plástico que conservaban intacta la hidroxiurea que salvaguardaban se escabulleron apresuradamente del asfixiante bolsillo nombrado como su guarida gracias a la actuación de una acelerada extremidad que los extrajo para ser utilizados como objeto de comercio. 
   El enigmático varón reclamó aquella medicación de su propiedad cuando se propuso despojarla de los aferrados dedos que los rodeaban. Sin embargo, su poseedora se los denegó, afianzándose aún más a ellos como única señal de protección. Un fugaz intercambio de estridentes miradas desveló el mensaje enviado con el peculiar uso del lenguaje no verbal. 
   Un diminuto botecito repleto de pastillas de yodo radiactivo surgió de las profundidades del saquito de tela cosido a la bata blanca del doctor, manteniéndolo en suspensión al sostenerlo ligeramente de su tapón, comunicando su ofrecimiento como verídico. Éste experimentó un inminente arrebato por parte de la impaciente joven, quien aminoró coordinadamente la presión ejercida sobre sus pertenencias médicas, posibilitando finalmente al doctor su deseada obtención. 
   La inexistencia de la justicia en aquel descompensado pacto se apreciaba con tan sólo advertir del desequilibrio permanente en el número de envases intercambiados. Eva se había percatado de ello desde el comienzo del trato, antes incluso de la aparición de los presos en el recinto del hospital. Cierto era que sus intentos por entablar una renegociación habían sido numerosos desde entonces, pero aquel propósito le era irrelevante en aquel preciso momento.
   Un irrefrenable tormento se había desencadenado en cada uno de los recovecos de su maltratado cerebro, ocasionándole un punzante dolor que la forzó a una inmediata sujeción de su cabeza acompañada con el cerramiento de sus párpados como medida desesperada de resistencia. 
   Los despiadados mareos fueron los siguientes en arremeter contra su frágil integridad. Decenas de elementos sin relación entre sí se fundían incompresiblemente, desencajando impiadosamente su lógico razonamiento. La percepción de un indiferente doctor fusionado con una específica estantería de hierro cubierta por cajas de cartón vacías y con la luz titilante encerrada en un tubo fluorescente precedieron a la que sería la embestida definitiva.
   Su agitado estómago se revolvió cruelmente mientras se precipitaba hacía el callejón con desesperación. El resultado final de todos aquellos síntomas aconteció exactamente idéntico al que ella conocía perfectamente. El cúmulo de bilis aprensado en su vesícula ascendió vertiginosamente por su esófago, tornándose en una amarillenta vomitona cuando colisionó bruscamente contra uno de los cubos de basura allí acumulados, derribando a la mujer indispuesta debido a la excesiva potencia de la expulsión. 
   Una segunda acometida prosiguió sus cruentos vómitos unos escasos segundos después, repartiéndolos por un mayor espacio de aquel área. Tanto una consistente tercera como una insignificante cuarta los continuaron y concluyeron respectivamente, despejando vilmente su organismo de aquella sustancia líquida, junto a la desmesurada energía malgastada irremediablemente en aquel desagradable proceso 
   El retumbante sonido de un portazo detrás de su arqueada figura la advirtió del acaecido cerramiento de aquella entrada secundaria realizado con firme seguridad por el impasible doctor. Aquel indolente sujeto no se molestaría en proporcionar ningún tipo de ayuda gratuita, pese a la destructora enfermedad que la corrompía, de la cual era perfectamente conocedor. 
   Su muñeca actuó casi involuntariamente como utensilio para limpiar levemente los restos de viscosidad que se habían esparcido irregularmente alrededor de sus labios. Sus temblorosos dedos aprisionaron nuevamente el botecito de cristal de reducido tamaño derrumbado sobre aquella asquerosa acumulación de sustancias líquidas internas forzadamente arrojadas, haciéndolo rotar sobre su propio eje con el propósito de contemplar con pesadumbre su ensuciada etiqueta. Emitir un apenado suspiro fue consiguiente.   
   —Puto cáncer.
 Aquel autoritario silencio comúnmente reinante en la longevidad del corredor que transitaba cada uno de los despejados dormitorios acongojaba enormemente a su transeúnte. Irónico podría haber sido la descripción perfecta para aquella insólita impresión, pues cientos de miles de supervivientes rogaban desesperados una placidez como la que ofertaba aquella fortificación a diario, pero en su particular estilo de vida nunca había desaparecido el estruendo originado por el ruido. Sencillamente, no se encontraba acostumbrado a la serenidad del sosiego absoluto. De hecho, el trabajo a corto plazo de Nait en la biblioteca de Stone City había sido uno de sus empleos más costosos de aceptar, pero desgraciadamente, en aquella época precisaba del preciado dinero que le prometían. El mismo que ya no poseía ningún valor debido al irreparable desplome de los pilares económicos.    
   La preocupante exigencia de apoyo en caso de ataques súbitos de tormento ocasionados por su maltrecho costillar le obligaba a caminar adyacente a los debilitados tabiques que erigían la construcción. Pese a una costosa respiración que no alcanzaba el jadeo continuo, acompañada por un desplazamiento tambaleante, se ubicó ante el habitáculo requerido en cuestión de unos dos minutos aproximados sin cuantiosos impedimentos. 
   El colisionamiento del nudillo de su dedo índice contra la composición de la puerta irradiante de privacidad produjo un atronador e inesperado eco que le exaltó. El murmullo entrecortado que se originó seguidamente indicó que el receptor había recibido su llamamiento. El rechinar de unos decrépitos muelles confirmó sus suposiciones. Un consecutivo descendimiento del picaporte se distinguió impoluto justo después de la inevitable escucha de unas apresuradas zancadas, concediéndole un permiso de relación social con la poseedora de aquellos reducidos metros cuadrados. 
   —¿Qué haces aquí? —Inma complementó su cuestión con el esbozo de una mueca personal que sugería su extrañeza por aquella aparición.    
   —Todavía no han regresado. Me preocupa que pueda haberles pasado algo. Están tardando demasiado —clarificó conciso él la naciente incertidumbre de la joven.   
   —Se trata de mi prima. ¿Crees que yo no estoy con el alma en vilo? Menos que tú desde luego que no, pero no podemos hacer nada por ellos. Sólo nos queda esperar. —La personalidad de aquella compleja mujer no era profundamente conocida por Nait, pero a pesar de haber compartido únicamente unos días junto a ella comprendía que aquellas conductas no conformaban su comportamiento habitual. Un desconocido evento parecía dominarla. El joven descifró que ella había comprendido el resultado ofensivo de sus diálogos cuando una instintiva mueca exteriorizó su arrepentimiento—. Lo siento, Nait. Sé que también es tu amiga. Lo siento de veras. No sólo por esto, sino también por mi descontrol en el vestíbulo.  No sé qué me está pasando. No sé si es porque perdí a todos los seres queridos que tenía en España, si es por el angustioso viaje que hice hasta aquí, si es por la ciudad de Almatriche siendo asolada por los zombis, si es por esos dos hermanos maniatándome a una tubería, si es por las ratas infectadas intentando morderme, si es por un grupo de desconocidos queriendo matarme, si es por una casa de locos siendo invadida por esos monstruos, si es por mi dislocación de hombro, si es por la amputación de brazo de M.A o si es porque la única persona que me queda está ahí fuera jugándose la vida y no quiera arriesgarme a perderla, aunque pueda sonar egoísta—. El torbellino de aire puro que inundó los pulmones de Inma los abarrotó con la preciada sustancia gaseosa que había agotado en su entera totalidad—. O tal vez sea el jet lag. No he podido pegar ojo en toda la noche.       
   —Creo que tu problema es que estás sometida a demasiada presión —especuló Nait tras un presuroso estudio de sus comprensibles lamentos—. No llevas ni media semana con nosotros y ya te ha pasado prácticamente de todo. Supongo que ni te imaginarías lo terriblemente peligroso que es este lado del charco. ¿Por qué no damos una vuelta por el fuerte? Te vendrá bien para despejarte. Podemos hablar de algún otro tema que te ayude a desconectar de tus problemas.  
   —De acuerdo. —Pese a su firme aceptación, el deseo no era un sentimiento demasiado captable en su respuesta. Encerró la dimensión terrestre donde reposaba asiduamente con una recolocación del posicionamiento de la puerta—. Tengo miedo, Nait. —Aquella voluntaria confesión fue desvelada segundos después de que ambos emprendiesen su recorrido por el longitudinal pasillo. 
   —No eres la única. Algunas personas disimulan el temor mejor que otras, pero eso no significa que desaparezca. Hay varios ejemplos de ello en este grupo. —Nait se arriesgó a convertirse en un principal recurso para la recuperación anímica de Inma utilizando sus escasos conocimientos de psicología. 
   —No quiero quedarme sola —prosiguió ella prescindiendo denotar excesiva atención por el incondicional apoyo prestado gentilmente por su acompañante—. Perdí a mi madre cuando yo sólo tenía seis años. Ella era una famosa trapecista americana que trabajaba en una compañía circense de la que se encontraba a cargo una embarcación. Estaba practicando un número de acrobacias sobre un trapecio de prácticas en la cubierta principal cuando tropezó y cayó de cabeza al Ártico. Murió debido a la hipotermia que le provocó el agua y a una hemorragia interna. Nadie pudo hacer nada por ella. —La sorpresa de Nait se alzaba regularmente a medida que las narraciones prosperaban. Nunca habría aguardado un relato tan revelador como aquel por parte de aquella mujer, principalmente porque se habían conocido tan sólo unos pocos días atrás—. Los primeros meses del apocalipsis, cuando todo el mundo comenzaba a irse a la mierda, una especie de guerrilla asaltó nuestro refugio provisional mientras transportaba suministros hasta él. Mi padre había sufrido un accidente años atrás y se encontraba en estado parapléjico, así que a aquellos bastardos no les costó demasiado acabar con su vida. Ni siquiera pudo defenderse. —Definitivamente, aquel frío, cruel y sanguinario asesinato había supuesto un final horrible para el progenitor de Inma con toda probabilidad, pero una inmediata reflexión de Nait le convenció de que no poseía una mayor relevancia que la de cada uno de los millones de personas que habían perecido desde el inicio del cataclismo que todavía arrasaba con el planeta entero—. Después de que él se fuera para siempre, solamente me quedó mi mejor amigo, el capitán del ejército español, K’empo —continuó ella su deprimente relato. 
   —¿Qué fue de él? —La contestación que resolvería su improvisada pregunta era altamente obvia, pero deseaba confirmarla por medio de los conocimientos certeros de Inma.
   —Iba a venir aquí conmigo en un principio, pero le mordieron inesperadamente, así que decidió quedarse en España. Me imagino que será un zombi o un cadáver. —El calvario que le ocasionaba a la mujer revivir aquellas vivencias se captaba totalmente inconfundible en la combinación de intensos sentimientos en que se había transformado su apenado rostro—. Ahora mismo sólo me queda Maya, y aunque sé perfectamente que no es lo que era, que puede cuidar de sí misma y que M.A es una persona muy importante para ella, no me hace mucha gracia que se arriesgue tanto ahí fuera.    
   —Escucha, Inma, me alegro de que hayas decidido liberarte compartiendo una parte oscura de tu pasado conmigo, lo cual agradezco, pero creo que será mejor que hablemos de algo más positivo, y esta vez de verdad —recomendó el muchacho con el fin de que consiguiese desatarse de su tortuosa pesadumbre durante un tiempo claramente limitado.  
   —Está bien, si es lo que realmente quieres, ¿por qué no me hablas un poco de ti? —sugirió ella tras una espontánea meditación de su consejo. 
   —¿De mí? Estarás de broma, ¿no? El objetivo de la conversación es que te animes, no que te aburras —puntualizó Nait con un peculiar tono humorístico que produjo una sonrisilla entrecortada en la joven, la cual conquistó su complacencia a pesar de su brevedad. 
   —¿Y por qué no? —declamó ella con convencimiento—. Vamos, no seas vergonzoso, niño mimado americano. —Inma le asestó un amistoso puñetazo en el hombro como una aparente coacción, reprimiéndose mayormente cuando recordó su fatídico estado de salud—.
   —Bueno, para empezar, te diré que acabas de cometer un error garrafal —esclareció Nait después de optar por ceder ante la simulada presión de su compañera—. No soy de América. Soy de aquí. 
   —¿Eres canadiense? —preguntó sorprendida—. Según Maya, tú estuviste con su grupo en la primera ciudad infectada, en América, así que inmediatamente deduje que eras americano. 
   —Pues dedujiste mal —le espetó firmemente—. Nací en la ciudad de Edmonton, en la región de Alberta. Mi padre era rector en la universidad MacEwan, mientras que mi madre trabajaba como profesora suplente de Biología en los institutos que sufriesen bajas de personal. Ellos estaban separados desde antes de que yo naciera, así que siempre estaba con ella, puesto que era quien tenía la custodia, mientras que a él solamente lo veía los fines de semana que podía venir. Mi madre cambiaba mucho de domicilio debido a su trabajo, por lo que llegué a vivir en casi todos los estados. De hecho, estudié en unas cinco escuelas distintas. 
   —Vaya —anunció Inma su expectación—. Te conocerás medio país entonces, ¿no? —Aquella era una inesperada noticia de excelente categoría. Cuando fuese estrictamente necesario desplazarse de nuevo a alguna otra zona, les sería de mucho beneficio el conocimiento tanto de las dimensiones de ciertas áreas como de las distancias entre ellas sin el requerimiento de arrastrar con ellos un impreciso mapa. Tal vez no fuese tan inservible como algunos comentaban. Después de todo, era un superviviente.     
   —¿Quién crees que encontró Almatriche? —se regocijó Nait ante la que era su dote más valiosa en aquellos tiempos—. En fin, al final mi madre fue enviada a sustituir una baja por maternidad en un instituto de Stone City, en América, y por supuesto, tuve que ir con ella. Por aquel entonces había abandonado mis estudios y tomado la decisión de trabajar en lo que encontrase. Antes de marcharme, ya había trabajado como cajero en un supermercado, como mozo de cuadra, como carretillero de almacén y como vendedor de seguros, y una vez allí, conseguí un trabajo de bibliotecario que mantuve durante bastantes años. Luego vino el apocalipsis y lo destruyó todo. No he sabido nada de mis familiares ni de mis amigos desde entonces, pero lo más seguro es que estén pudriéndose en algún lugar de este asqueroso mundo. 
   —Todos hemos perdido mucho por culpa de la maldita codicia del hombre —declaró filosófica Inma—. Nosotros también hemos contribuido a que esto pasara, ¿sabes? 
   —Espera un momento.  —Nait se detuvo ante una circunvalación que había atraído especialmente su interés. Se orientó hacia ella en dirección oeste, recorriendo un único metro con el objetivo de ubicarse junto a una oxidada puerta, poseedora de su absoluta curiosidad. Aunque no conseguía comprender sus acciones, Inma le siguió. 
   —¿Qué ocurre? —La confusión se había arraigado ferozmente a su entendimiento.   
   —Si te soy sincero, he explorado este fuerte lo suficiente como para casi conocérmelo de memoria, pero nunca antes había visto esta puerta. ¿Qué piensas que habrá al otro lado? —Una de las extremidades superiores de Nait la empujó con suave delicadeza, pero interrumpió la actuación cuando solamente se había manifestado una estrecha rendija del contenido interno. —Parece ser que está abierta. ¿Por qué no echamos un vistazo? 
   —Te estás pasando un poco con tanto cotilleo, ¿no crees? —le reprendió ella incomoda ante tanta falta de privacidad—. Te recuerdo que aquí somos invitados. Además, lo más probable es que no sea más que otro de esos enormes almacenes llenos de trastos viejos que hay en las plantas inferiores. Venga, vayámonos. 
   —Oye, tampoco hacemos daño a nadie con esto. Vamos a ver que es. —La acción anteriormente suspendida se reanudó, desplazando aquel impedimento visual de su posición natural, otorgándole de aquella manera la resolución a su intriga. 
Su absoluto arrepentimiento se adueñó de sus remordimientos en cuanto el primer cuadrante de aquel desmoralizador jardín perteneciente a la muerte se reveló ante él.    
   —Oh, Dios, ¿pero qué es esto? —La estremecedora expresión que se apropió de su descompuesto semblante atemorizó a Inma, quien fue incapaz de evitar la voluntad de contemplar el panorama que había traumatizado a Nait. 
Su expectación se desveló infinita ante las incontables hileras conformadas por compactos cúmulos de tierra seca superpuesta. Conformadas por tumbas. 
   —Esto es un cementerio… 

#Naitsirc