Big Red Mouse Pointer

domingo, 24 de noviembre de 2013

NH2: Capítulo 020 - La gran enemistad (Parte II)

Aún aturdida, Alice entró en lo que no podía relacionar sino con una oficina después de que su acompañante le cediera la entrada. Sus pies le llevaron rápidamente a la primera silla que encontró, puesta justo a un lado del espacioso escritorio en el centro de la estancia. El paseo por el tétrico hospital no le había sentado muy bien… Su cuerpo le pesaba, la profunda perforación en su brazo latía con mucha fuerza todavía y el estómago lo tenía revuelto tanto por el asco como por el malestar que le azotaba. Jamás se había sentido peor.

–Eres Alice, ¿verdad? –preguntó Puma rondándola como un depredador.

–Claro que lo soy –indignada aclaró la chica entrecerrando los ojos aunque lánguida.

–¿La misma Alice de Stone City? –manifestó dudoso.

–Sí, la misma –reiteró Alice girando sobre su asiento para encarar al moreno–. Mira yo no soy la única que parece escapada de un cementerio…

–Quien arriesga demasiado con dejarte estar aquí soy yo –la rubia arrugó la cara y orientó bruscamente su cuerpo aún más hacia Puma.

–¿Perdón? Yo estoy encerrada en un hospital lleno de matones, ¿y tú eres el que se arriesga? –dijo la chica, molesta, mirando incrédula al hombre frente a sí.

–Hace unos pocos días tuve la fortuna de tropezarme con unos miembros de Esgrip –explanó mirándole escrutiñador–. Este bonito encuentro no tiene mucha pinta de ser una coincidencia –la malicia y desconfianza dentro de sí se extendían al mismo ritmo de la conversación.

–Yo NO vine aquí –refutó, negando con la cabeza–. A mí me arrastraron hasta este lugar, inconsciente –declaraba con suma seguridad.

–Da igual. Aquí, a la ciudad, cerca de este hospital, cerca… –continuaba sin desprenderse de sus férreas dudas.

–Escucha si lo que quieres saber es si Esgrip me hizo algo…. Sí, no sé qué fue y sinceramente no tengo idea de por qué me lo hicieron a mí –admitió Alice, aunque harta–. Pero no vine este lugar por encargo de nadie… Y menos a buscarte a ti ¿por qué lo haría?

–Soy un fenómeno de sangre blanca salvado de la muerte por uno de sus creativos experimentos virales, ¿por qué me querrían? –preguntó retóricamente con un falso desconcierto en sus ojos–. ¿Será para abrirme la barriga y averiguar qué tengo dentro? ¿Sacarme el cerebro y guardarlo en una gavera con hielo seco para que lo puedan estudiar? ¿O para exprimir todo el líquido blanco de mi cuerpo? Se me ocurren tantas cosas maravillosas… –sarcástico, Puma se mostró–. Pero tú ya les serviste de cobaya, debes tener sumamente claro lo que te quiero decir.

–Puma… Yo vi a Esgrip derruida, esa compañía ya no existe –dijo Alice completamente convencida, ya cansada del tema. 

–Yo también dije eso una vez, Alice –respondió–. Pero… mentí.

–Cortemos esto de raíz, ¿vale? –la joven mujer se puso de pie, y restando absoluta importancia al dolor adoptó una postura firme de gran imponencia–. Si tanto desconfías de mí, ¿entonces por qué estoy aquí? ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué no me dejas ir?

   Puma rodeó a la chica, guardando completo silencio durante su breve paseo a la parte trasera del escritorio donde con un casi nulo esfuerzo consiguió sentarse sobre la superficie de este. La rubia observó con minucia cada movimiento y corta expresión del moreno que con su impasible serenidad no hacía sino molestar las ansias de la chica que con poca paciencia esperaba la resolución al denso problema.

Alice movió con mermada rapidez sus piernas para caminar hasta el mueble oficinal apoyando en su llegada una de sus manos para recargarse sobre el único brazo que podía soportarla en ese estado, aligerando el cansancio y la dolencia que pesaba sobre sus hombros delgados y afligidos.

–¿Entonces? –insistió con desgano.

–De verdad quiero creer en ti, Alice –fue la contestación–. Pero supongo que sabes que no hay nada mejor que la malicia para mantenerse a salvo, y más cuando hay mucho que perder. Quiero atar todos los cabos, para estar seguro de que cuando te de la espalda no habrá una estaca que me atraviese el pecho.

–No… no estoy dispuesta a hacer eso –habló dando pasos lentos y pesados que le hacían divagar alrededor de la estancia, lejos del joven pelinegro–. La verdad… siento en el interior un alivio de haberme encontrado con una cara amiga. Porque a diferencia de ti, yo sí siento que puedo tenerte un poco de confianza… Además de que podría necesitar tu ayuda.

–¿Como para qué?

–Es que… Esgrip estaba buscando algo…

–Esgrip –le interrumpió con disgusto en su pronunciación.

–Era una cura, Puma –dijo con ansiedad, moviéndose rauda hacia el susodicho–. Puede que…

–Alice, Alice –tras abandonar el escritorio que le servía de asiento, envolvió el hombro de la chica con una de sus manos, levantando la otra en señal refrenamiento a los ánimos exteriorizados–. Mira adonde nos llevaron las ideas de Esgrip.

   La rubia entreabrió la boca tartamudeando mientras sus ojos de cordero miraban rogantes.

–Esto es diferente –afirmó ella insistente.

–Escúchame…

–¡General!

   Caine irrumpió en la oficina junto con un par de hombres, escoltando a un cuarto que llevaban por los brazos casi a rastras.

–¡Con caaalma, con caaaalma! –gritó Max, bruscamente zafándose del par de sujetos que con tanta violencia le manejaban, cómo a un títere.

–La maldita cucaracha esta dice que quiere “negociar” –informó Caine sin recesión respecto a su desprecio para con el pelinegro.

–No es la primera vez que tratamos de hacer negocios –dijo Puma encarando al hombre que con osadía se había presentado en territorio hostil con tanta guasa–. Qué raro que andes por aquí sin tu otra mitad, la señorita Ana. Pensé que eran uña y mugre.

–Pues tus chupamedias sólo me dejaron entrar a mí –desveló sacudiendo la suciedad de la indumentaria “casera” que le servía como ligera protección contra la antipática intemperie.

–¿Entonces fueron ustedes? –preguntó Puma indirectamente antes de cruzar los brazos.

–Oh, sí… –contestó Max sonriente–. Y te voy a decir qué queremos a cambio de que vuelvas a ver a tu hermanita –dio el exordio del delicado proceso de negociación, altivo–. Para empezar, medicinas... alimentos, armas…

–Ustedes saquearon la armería del este –recordó Caine.

–¡Nunca es demasiado! –jocoso reclamó encogiéndose de hombros–. Además, quiero saber cuál es el secreto para mantener un área tan limpiecita de muertos vivientes –Max se inclinó con malicia sobre el escritorio para susurrar–. Cuéntame… ¿Qué usan? ¿Feromonas? ¿Insecticida? ¿O sólo ponen al tipo este en la entrada para ahuyentarlos? –el hombre se refirió a Caine, disimulando sus gestos.

–Vete al coño de tu madre –replicó bravamente el ofendido.

–Okey, calma –pidió Puma enseñando las palmas de las manos a la altura del pecho–. Se lo dije a Kalashnikov y te lo voy a decir a ti…

–No, no, no, no. A mí no me vas a venir con la mierda del asilo y de la unión –se rehusó. El pelinegro negó con su dedo índice, agitando este de un lado a otro–. ¿Les tenemos que entregar todos y cada uno de nuestros recursos para venir aquí? ¿Para que nos vayan a esclavizar? ¿No quieres también que nos pongamos de espalda y nos bajemos los pantalones para que nos puedan joder con más comodidad?

–Si quieres ganar mucho, tienes que arriesgar mucho –el moreno habló serio y conciso.

–No, esto no es arriesgarse… Todos tenemos claro qué es lo que va a pasar si nosotros entramos por la puerta principal con las manos en la nuca –aclaró Max señalando a nada en específico–. No sería la primera vez que matan a uno de nosotros.

–No tiene nada que ver… Peores y más sangrientas guerras se han acabado con la misma propuesta que te estoy dando –rectificó Puma.

–Oh, ¡por supuesto! –exclamó irónico abriendo los ojos hasta donde los párpados se permitían llegar–. Acaban con un pueblo en completa sumisión y un tirano de capa gruesa y corona de oro montándoles el pie en la espalda.

–Acaban con paz y tranquilidad, sin miedo a ver más sangre.

–Basura… –contradijo Max, harto–. ¡Y tú! –el hombre apuntó con su dedo a Alice quien presenciaba con infinita atención la conversación–. Tú eres nueva, lo sé… y te quiero recomendar que te pires de aquí en cuanto puedas si no quieres que te violen día y noche hasta que te pongas como una piedra, sin alma.

–Muy bien, Max… –dijo Puma, cortante.

–Nuestras exigencias son claras, generalísimo –quiso decir extendiendo los brazos con expectación–. Lo tomas, te entregamos a la muchacha… y a las otras presas también. Pero si los dejas ni siquiera verás el cadáver de tu hermana.

–¿Y qué te hace pensar que Florr vale todo lo que me estás pidiendo? –preguntó el pelinegro con una increíble frialdad.

–¡Ja! –la carcajada fue instantáneamente acompañada de un largo y burlesco resuello–. Esa psicología barata no va a funcionar conmigo.

–Ajá, si se diera el caso, ¿cómo podría confirmar yo que ustedes la tienen y no estoy aquí perdiendo mi tiempo contigo?  –Puma, indiferente, giró su cuello para hacerlo tronar.

–¡Sabía que dirías eso! –Max seguidamente introdujo la mano en su bolsillo.

   Caine, quien se encontraba justo detrás, apoyó, carente de delicadeza, el cañón de una Beretta contra su nuca casi de una forma involuntaria al captar el espontáneo movimiento del sujeto. Max al instante disminuyó su velocidad al sentir la amenaza de una bala con la disposición de agujerearle, tan cerca de su cerebelo. Al final, de una manera relajada por mera prevención extrajo un objeto imposible de distinguir, mal envuelto por un pañuelo azul.

–Yo mismo tuve el placer de hacerlo –Max le extendió el pequeñísimo paquete a Puma esbozando una vil sonrisa. El moreno recibió lo que se lo ofrecía con poco recelo. 

   Su mirada se ennegreció al momento en que el contenido del trozo de tela manchada con una mixta suciedad acompañada de sangre seca fuese revelado.

–Espero que ya no tengas dudas –dijo Max mientras Puma reconocía el par de pequeños y delgados dedos de su hermana menor posados sobre la plana superficie del escritorio.

   Las patas de cobertura desgastada de aquel mueble rechinaron cuando este fue retirado de en medio de un violento tirón.

–¿Crees que puedes hacer esto y salirte con la tuya? –la amenazante retórica de Puma sólo fue simple preámbulo. El pelinegro, tensando su mandíbula, caminó hacia a Max quien mantuvo el temple con indiferencia. 

–Yo voy en seri…

   Sus palabras fueron cortadas por la brusca contracción de su garganta producida por un preciso puñetazo que impactó en la parte frontal seguido sin retraso el agarre de dos grandes manos que se colocaron alrededor de su cabeza para tirar de ella hacia una rodilla que aplastó su nariz con un minúsculo estallido de diminutas gotas rojas en una fracción de segundo. Conmocionado, Max tambaleó antes de caer estrepitosamente sobre su espalda.

–Caine –llamó Puma ladeando la cabeza para acompañar el nombramiento.

   El susodicho junto con el par de reos estantes en la sala sujetaron al hombre que permanecía tendido en el suelo para arrastrarlo, literalmente, hacia los pasillos, intentando este respirar con graves dificultades mientras dejaba un casi invisible rastro de sangre proveniente de su nariz.

–¡Puma! –Alice intentó seguir al moreno que salió de la oficina cerrándose la puerta en el instante en que se acercó justo frente a su cara. La rubia forcejeó vanamente con el pomo frustrada por la inamovilidad del redondo objeto metálico.

   Maniatado, Max hizo arder su garganta al vocear un grito de incalculable sufrimiento.

–¿Y entonces…? –el matón, sonriente araba la piel de su antebrazo con un tenedor enrojecido por el intenso calor al que había sido sometido, dividiendo las carnes que integraban su miembro dejando emerger los líquidos rojizos que impulsaba su corazón y excretando también por las violentas aberturas, en menor cantidad, las sustancias glandulares– ¿… piensas hablar?

–¡QUE TE VAYAS A LA MIERDA! ¡HIJO DE PUTA! –impugnó el hombre llevando a duras penas el intenso maltrato que devoraba su brazo en un indescriptible ardor.

–Ja, ja… Aquí lo que tenemos es un hueso duro de roer, ¿eh? –el Pedrito, un cuarentón rechoncho, pero con gran musculatura se anunció para colaborar con su compañero en la inhumana extracción de información. Frotándose su crecida barba, el Pedrito se aproximó a Max, cumpliendo sus intenciones de hacer pedazos su rodilla, amoldando la original compostura de su pierna a una deforme figura abstracta de la anatomía humana con su mandarria, casi produciendo que los huesos de su extremidad inferior escaparan desgarrando su envoltorio.

   Los gritos del pelinegro estaban a punto de desgarrar su propia garganta. Inevitablemente iba a desmayarse, las sensaciones eran ya insoportables.

–¡Habla!

–No –Puma apareció desde el fondo llevando una botella–. Yo no quiero que hable –dijo imperante, sosegado.

   El moreno hincó una rodilla en el suelo para encarar a Max.

–Yo sólo quiero que grite… –espetó visualizando al hombre atado a la silla, con un profundo odio que lo devoraba en el interior, derramando licor en su antebrazo desgarrado provocando una reanudación en las altas voces que pegaba–. Escúchame algo que te quiero decir –el General le propinó una leve bofetada que tenía como objetivo evitar el desfallecimiento de la literalmente torturada alma del ex policía–. Antes de que te mueras quiero que sepas que aquí, en esta misma silla… voy a sentar a tus amigos si siguen vivos después de que los encuentre. Y todo será por tu culpa.

   Max sólo apretaba sus dientes con fiereza, consumido por impotencia agravada exorbitantemente por un sufrimiento físico. Puma por otra parte desvió la mirada, meditabundo, estático por un segundo hasta que arrebató de las manos de un ex convicto próximo a él una improvisada antorcha que utilizó tras tomar un gran trago de la botella de alcohol para imitar a un escupe-fuego… bañando el pecho y una porción del rostro de Max en el líquido que se incineraba en el aire y caía en su piel calcinándola de una forma uniforme, creando llagas de considerable profundidad en sus carnes que con el desplazamiento de la sustancia se propagaban enrojeciendo velozmente la piel antes de que esta se deformara con el intenso calor que consumía su epidermis mezclándose para crear una masa gelatinosa de diversos tonos relativos al intenso e impactante color rojo.

   Las calles estaban vacías… no era la primera vez que lo habían visto, pero lo jodidamente extraño que era les impresionaba cada vez. Y molestaba increíblemente no conocer la causa del exótico misterio. Sin que ni el uno ni el otro lo supiera, seguían dándole vueltas al tema, esperando pacientemente a una persona en común.

–A pesar que te conozco desde hace varios meses, Ana –dijo espontáneamente Jazz exterminando el silencio, entrecerrando los ojos para exteriorizar una intriga que avecindaba una posible interrogación–, nunca te he preguntado a qué te dedicabas…

–Aah, pues mira me encanta cocinar… –desveló ella, entreluciendo una sonrisa al memorar los tiempos en los que no se vivía con zombis en cada puerta y había tenido la oportunidad de perderse en el arte culinario–. Solía ser chef.

–No sé por qué me lo imaginaba. Siempre te veo a cargo de la cocina y no es por nada pero gracias a ti, nos alimentamos como reyes. Haces unas maravillas con las latas de conserva –espetó él demostrando con una mueca su felicidad por el privilegio de tener a aquella señorita haciéndoles tan importante favor. Ana rió ante la atribución gratificante que le recompensaba con un agrandamiento a su modesto ego–. Tanto así que no pareciera que estuviéramos comiendo cosas viejas.

–Sí, bueno. Es una habilidad muy útil en estos días, me ayuda… nos ayuda –corrigió– a sobrellevar la escasez de comida –dijo sintiéndose suertuda de poseer las virtudes que poseía–. Habían pasado algo como… más o menos, dos meses desde que me había emancipado como una verdadera chef, antes de la guerra nuclear y los ataques biológicos…

–Qué mal…

–Una gran postura, sí.

–Pero bueeno… considérate la mejor chef con vida, eso es algo muy importante –concluyó Jazz con un humor ligeramente negro. La pelinegra liberó unas cuantas carcajadas por el título que le confería.

–¿Y tú por qué te uniste a la policía? –preguntó Ana ladeando la cabeza, entusiasmada por recibir la respuesta.

–Sinceramente no me uní al departamento por que quisiera convertirme en un justiciero. Es sólo que me llamaba demasiado la atención la práctica policial. Apalear a escoria en la calle y que te feliciten por eso no tiene precio… Aunque varias veces me suspendieron por abuso de autoridad –Ana negó con la cabeza, conteniendo una risita irónica.

–¿Así que eras un Bad Boy? –Jazz inmediatamente esbozó una sonrisa pícara frotándose la mandíbula donde ya había crecido una visible barba, trayendo de vuelta el recuerdo de sus andanzas.

–Oh, sí… Pero la verdad no vi el verdadero trabajo hasta que me trasladaron a la unidad de narcóticos. El capitán dijo que tenía madera para eso –contó con orgullo–. Uuuh… ahí sí que me divertí con las redadas y los operativos…

   Súbitamente Ana le echó un vistazo a la entrada del hospital igual que Jazz. Ya que, después de una cantidad considerable de tiempo, por fin alguien salía… Y no era otro que el mismísimo General, trayendo malos augurios con las manchas sanguinolentas imprentas en sus vestiduras, no siendo aquel el único decorativo siniestro que el joven moreno cargaba consigo. El corazón de Ana se achicó una vez el pelinegro cruzó la verja del antiguo cercado del Santa Sara Abelló y pudo ver con más detenimiento y detalle el efecto que este traía.Poseído por un natural sosiego, Puma exhibió la cabeza de Max, alzándola desde los cortos cabellos, simbolizando un grotesco trofeo de cacería–. Aquí tienen a su mensajero –dichas aquellas palabras envío con desazón e insignificante esfuerzo la casi irreconocible esfera de carne y hueso a los pies de los visitantes con un bajío lanzamiento para pintar una mueca de horror en sus semblantes.

–¡¿Qué has hecho?! ¡Maldito psicópata! –furibunda la mujer apretó su pistola como nunca antes lo había hecho y la empuñó hacia el moreno con intenciones de vaciar el peine.

–¡Espera, Ana! –su colega le detuvo al instante puesto que el gentío detrás de Puma no demoró en amenazar igualmente con su artillería. Aunque con complicaciones, Jazz logró arrebatarle el arma a su compañera antes de envolverla con los brazos para impedir que intentara cometer alguna otra estupidez–. ¡Ya! ¡Para!

   El frío asesino bañado en carmesí extrajo de su bolsillo una ya casi vacía caja rectangular y muy delgada, sosteniéndola cuidadoso por los bordes y propinándole un golpecito con el dedo índice para expulsar un cigarrillo que se llevó a los labios sin que este pasara por sus manos.

–Y… díganle a Kalashnikov que él sigue –sentenció Puma sacudiéndose las manos antes de volver a registrar los compartimientos de su pantalón en busca de un encendedor, completamente cabal.

–¡¡Eres un hijo de perra!! –aún arrebatadiza, derramando impetuosas lágrimas, Ana continuó removiéndose para liberarse del sostén–. Te juro que te voy a matar… ¡¿Me oyes?! ¡¡Te voy a MATAR!!

–Estaré esperando el momento, señorita Ana –respondió el moreno.

   Restándole importancia al asunto, el imperturbable Puma dio media vuelta y se largó justo por el mismo lugar por el que había llegado, cerrando los matones, dueños del hospital, a sus espaldas la robusta verja que aseguraba el acceso al gran edificio.

   Los convictos permanecieron en el lugar a pesar de que el bizarro y extravagante General se marchara, sólo para presenciar, y algunos de ellos, disfrutar del sufrimiento que el par de enemigos desbocaban en medio de la calle en forma de gritos, denuestos y llanto.

–Ana, Ana… Tenemos que pirar de aquí –espetó Jazz casi que arrastrando a la mujer, sujetando firmemente sus brazos para encaminarla hacia la ruta de huída…

   Recostándose en el alto escritorio de la recepción Puma le dio la primera fumada a su cigarrillo, meditabundo, con los codos sobre el enorme mueble y el abdomen apoyado al borde.

–Estupendo, General… no le voy a negar que el espectáculo de ahí fuera estuvo entretenido –comentó Caine aplaudiendo sinceramente divertido y también enseñando una sonrisa torcida– ¿Luz verde?

   Puma asintió sin alguna otra expresión, concentrado en su adictivo cilindro de tabaco. El hombre del ojo blanco tomó la radio que le colgaba de la cintura dispuesto a dar la orden.

–McCoy, adelante. Cázalos… 

   Caine pronto se encaminó hacia el centro del hospital dispuesto a realizar unos importantes ajustes, era hora de movilizar a la horda, era hora de dar inicio al proceso para acabar de una vez por todas de desaparecer al enemigo.

   El moreno una vez rodeado de un poco de privacidad, restregó la manga de la sudadera contra su nariz, y también su boca para limpiar un líquido particularmente blanquecino. Observó con detenimiento sus manchados ropajes, tocándose luego con la punta de los dedos el borde de sus fosas nasales para darse cuenta de que ese esporádico sangrado volvía a suceder por enésima vez… Y el resto de síntomas no se dejaban vencer tampoco. Puma, flojo, se despojó de su abrigadora prenda manchada ahora también con su propia sangre desteñida.

   Un suspiro apesadumbrado resonó en la recepción…

   La castaña, reacomodando su bata científica acudió al llamado que se ejecutaba en el puerta de unos golpes débiles, o bien pudieran ser disimulados que de ser un poco más suaves serían inaudibles. Con escasa molestia en el proceso, dio vuelta a la manija.

–Vaya, ahora tocas la puerta –Selene visualizó a Puma con sumo descontento una vez desplazó el obstáculo delgado y rectangular de madera, retornando luego sobre sus pasos hacia el escritorio del que se había apropiado–. Vienes a indagar acerca de en qué invierto mi tiempo ¿no es así?

–Vengo… por un chequeo –aclaró sovoz, volviendo a sellar la entrada con la puerta tras ingresar.

   La castaña reflejó la sorpresa en su rostro, arrugando el entrecejo al girar la cabeza para examinar la postura que tenía el moreno.

–Desde la última vez, no he hecho sino empeorar… –comentó yendo directamente a la camilla con muchísima más calma que siempre, con notable aflicción.

   Inhalando lo más profundamente posible, Selene se acercó al moreno para comenzar el rutinario proceso de revisión que posiblemente podría mostrarle la razón de la visita que había recibido

–Selene, estoy perdiendo la visión en mi ojo derecho y también he perdido casi toda la sensibilidad también en mi brazo derecho… –ya sentado en la camilla, Puma colocó el codo en la rodilla y un tanto lánguido peinó su cabello hacia atrás descubriendo su rostro por completo, removiendo de igual manera esa tez sombría e intrigante que comúnmente constituía su esencia–. Quiero… no, necesito… que me ayudes.

   La mujer sintió extrañeza de quien estaba frente a ella. Su petición sonaba claramente como un ruego. Su característica actitud posesiva e imperativa se había perdido entre miles de pensamientos tormentosos y una creciente impotencia. Era incluso sencillo percibir sus emociones… El asunto era grave, tan grave como para torcer el férreo comportamiento de ese estrafalario ser.

–Puede… Puede ser una degeneración del sistema nervioso –Selene sostuvo su quijada con firmeza y haciendo uso del pulgar deslizó el párpado inferior de su ojo para tener apreciamiento del globo ocular–. Todo esto… puede ser resultado de ese tiempo en el que permaneciste… muerto –era increíble lo ridícula que se escuchaba aquella consideración, o quizás era simplemente la rareza producida al imaginar que aquella “muerte” había sido como un ordinario viaje, o una siesta–. O daño cerebral…

–Desde hace un par de semanas he sentido también una presión en el pecho –Puma apoyó su mano entre los pectorales y descendió hasta el área de su ombligo–. Igualmente en la espalda… y permanece sin cesar.

   Tras meditar sin mucha extensión en la permanencia de su estado reflexivo, la experta decidió proceder. En aras de despejar su bello y delicado semblante, Selene con sus pequeños dedos apartó sus cabellos cobrizos hasta resguardarlos detrás de sus orejas ganando más percepción en lo que sus ojos capturaban.

–Levanta tu camiseta –lejos de titubear, Puma ejecutó con absoluto obedecimiento la petición de su doctora y alzó la vestidura hasta su cuello enseñando su torso conformado por músculos visualmente placibles, tonificados por el incesante e impiadoso esfuerzo llevado a cabo día a día para subsistir en el ocurrente mundo que desde ya hacía un dúo de años que le pertenecía a los muertos vivientes.

   Selene, inconscientemente se tomó un segundo para darle gusto a sus ojos, sin embargo inercialmente movió sus manos para situar los auriculares del estetoscopio, que pendía como un collar, dentro la abertura de sus orejas. Consiguiente a la inspección poco profesional de la mujer respecto a la desnudez de Puma, se vio cautivada por una prolongada y extravagante cicatriz que se servía el pecho del moreno como si de un lienzo para la violencia se tratase. Era ya la tercera vez que había estado presente en la exhibición de esa marca mortal que dividía con casi completa exactitud sus pectorales y rozaba los bordes de sus abdominales.

   Evitando más demoras, comenzó a auscultar, poniendo atención a cada sonido que captaba su estetoscopio.

–Inhala –pidió ella–. Exhala…

   Cero anomalías percibió. Fue cuando Selene tocó directamente el pecho de Puma que notó su elevada temperatura… Su pectoral izquierdo parecía ser el “epicentro” de toda la ola de intenso calor, más sin embargo de él no salía una sola gota de sudor.

–Estás muy caliente… –Selene tanteó la frente del moreno con la palma de la mano para comprobar sus dudas– Pero no es fiebre.

–¿No tienes alguna idea? –preguntó particularmente dócil.

–Pues… No puedo hacer casi nada aquí, ni examinar muestras de sangre… ni hacer placas…

–El sistema eléctrico no da lo suficiente, lo sé –apenas contaban con unos pocos generadores eléctricos de baja potencia, situados estratégicamente para alimentar la iluminación en los sectores más importantes del hospital. Quien acaparaba un sistema eléctrico, que en esos tiempos se podía llamar de calidad, era el Doctor Payne.

–Por cierto, el doctor me consiguió más hidroxiurea para tu medicación… –informó Selene devolviéndose a su escritorio para enseñarle un frasco de aquella sustancia líquida que devolvió rápidamente a su antiguo lugar–. ¿Sabes?, la verdad no estoy segura de que sea leucemia. 

–Sí, lo es –afirmó Puma sin titubeos–. Me la diagnosticaron tres días antes de que pasara lo pasó en Stone City –Selene le observó sorprendida, había estado inocente de esa información hasta aquel instante.

–Bueno… quizás el virus le haya hecho mutar –consideraba ella acariciándose la barbilla.

–Probablemente. Según el análisis del doctor que me dio las buenas nuevas yo debí haber muerto hace unos cuantos meses.

–Vaya... –musitó con desánimo. Después de todo, Selene era incapaz de disfrutar del sufrimiento de nadie–. ¿Le temes a la muerte? –espontáneamente preguntó.

–Le tengo pánico –respondió lleno de sinceridad, cabizbajo–. Y sobretodo en este momento.

–Yo… yo no. La verdad estoy esperando a que venga a recogerme, porque en algún instante lo hará –la resignación en su voz era clara. La castaña le dio espalda a Puma, apoyó sus manos en borde del escritorio meditabunda y perturbada ligeramente por una creciente depresión.

El moreno se puso de pie e inhaló profundamente–. Todos esperamos “el momento”. Aunque lo importante es qué hacemos mientras llega –Selene dio media vuelta para toparse con un pelinegro a una distancia muy peligrosa… Las manos de Puma, apresaron delicadamente su cuello descendiendo al instante hacia sus hombros, deslizándose a lo largo de sus brazos.

–¿Q-Qué haces? –la mujer se paralizó desconcertada.

–Hay algo de ti que me intriga, Selene –el moreno pronto sujetó de una manera igualmente sutil las caderas de la mujer, con una mirada insondable clavada en la suya–. ¿Quieres saber qué es?

–¿A-Aah? –su semblante demoró nada en ganar un tono rojizo a medida que sentía los brazos de Puma alrededor de su cintura apegándola hacia él para eliminar la escasa distancia que les separaba, unificando el calor irradiante de sus pieles.

Las grandes manos del pelinegro indagaron atrevidamente debajo de la camisa de Selene con agobiante calma desde su apreciable abdomen hasta situarse en la tentadora parte inferior de su espalda. En un breve instante… aquellos labios tibios acariciaron las carnosas mejillas ruborizadas de la castaña antes de que con un movimiento raudo extrajera de la parte trasera del jean de la fémina un objeto de volumen considerable–. Que me ocultas… cosas –confesó Puma en un susurro junto al oído de Selene.

   Contrario a retirarse, el moreno aprisionó aún más a la mujer entre el escritorio y su propio cuerpo.

–Aquí le hacemos un delicado seguimiento a algo en específico –su voz ahora más seca y fría calentó el cuello terso de Selene–… y es a las armas.

   Todo estaba contabilizado, cada rifle, cada pistola, cada cargador, cartucho, bala… Se llevaba un control absoluto de todo el armamento circulante, lo que saliera, lo que entrara, lo nuevo, lo usado e incluso se designaba un arma y una cantidad de munición a cada hombre que se chequeaba constantemente. En el Santa Sara Abelló, los suplementos bélicos eran los más preciados.

–Yo… –Selene bajó la cabeza con un ardor en su garganta que le impedía hablar claramente y un palpitar célere.

–Los muchachos fueron incapaces de encontrar el revólver del sargento Peraile –arma cuya cual ahora se encontraba entre los dedos de Puma quien se despegó poco de la castaña para permitirle una mejor reacción–. ¿Para qué querías utilizarlo?

–La verdad no lo sé –dijo ella mirándole directamente, demostrando una autenticidad casi tangible–. Aún tengo ética, no pensaba matar a nadie con eso. Pero me hacía sentir más… segura –respondió sin ningún matiz en sus palabras más que la verdad.

   Apartándose muy lenta y tranquilamente de Selene, Puma se dedicó a chequear el revólver .38 verificando que el tambor tuviera las seis balas en los respectivos lugares al mismo tiempo que la castaña se tomaba un segundo para respirar profundamente, descansando del caluroso momento de tensión. Retornando al mueble rectangular, el joven hombre de cabellos oscuros se detuvo justo en la vera de la dama de la bata blanca abandonando la pistola encima del escritorio.

–Quédatela –dijo Puma.

–¿En serio? –preguntó desconcertada volviéndose sobre sí–. ¿Cómo sabes que no te voy dar un tiro?

–Sólo sé que no lo harás –espetó soberbio.

–¿Ah, sí? ¿Y por qué estás tan seguro? –Selene entrecerró los ojos, intrigada y desafiante, con los brazos entrecruzados dando un paso adelante.

–Bueno, sólo me estoy arriesgando… –confesó finalmente–. Aunque no lo creas tengo intenciones de que dejes de mirarme como un secuestrador y más como una persona que te quiere ayudar.

–Si de verdad me quieres ayudar… sabes muy bien lo que necesitas hacer –recalcaba ella algo que ambos conocían perfectamente.

–Será lo que ellos quieran, Selene. Y si de verdad quieren venir pues tendrá que manejarse bajo mis condiciones.

–Diles que estoy aquí, ¡sé que eso les animará! –afirmó Selene aproximándose con entusiasmo, encontrando una pequeña puerta para poder conseguir un favor tan grande de aquel implacable moreno. Tenía una buena oportunidad de persuasión en ese diminuto instante–. Por favor.

–No es tan fácil...

–Una vez también fueron tus amigos, Puma… –dijo reflexiva mirándole profundamente–. A pesar de todo el tiempo que ha pasado no puedes estar tan seco por dentro, ¿o sí?

   Puma cerró los ojos pensando detenidamente mientras negaba con la cabeza, un tanto resignado.

–Haré lo que esté a mi alcance, Selene –finalizó él respondiendo a la oportunista manipulación a la que estaba siendo sometido por aquella mujer.

–Gracias –apreció ella esbozando una cálida sonrisa posando su mano sobre el pectoral de Puma.

–Deja la hipocresía –reclamó el moreno juntando las cejas, inmutable. 

–¡No soy hipócrita! –contestó Selene sintiéndose ofendida, frunciendo el entrecejo–. ¿No puedo dar las gracias?

–Sí… claro –dijo encaminado hacia la salida–. Cuida muy bien ese revólver.

   Con un portazo la mujer de cabello cobrizo fue informada de la pronta salida de Puma.

   El afán de Alice por encontrar su liberación le mantenía rondando la sala casi al punto de abrirle un agujero a las cerámicas que cubría el suelo. Le atragantaba la sensación de estar atrapada. Ya había desistido de luchar contra la muy bien cerrada puerta que simbolizaba su única salida… 

–Tiene que haber algo aquí… –no tenía precisamente la esperanza de encontrar alguna llave mágica que pudiera abrir esa maldita puerta pero más le valía registrar todos y cada uno de los lugares de la pequeña “oficina”.

   No sabía con exactitud qué pretendía encontrar, o si había algo allí que le pudiera servir para algo. Decepcionada halló en un par de las estanterías una plenitud de papeles… pura data médica y científica. Intentó también acceder al contenido de una vitrina de puertas metálicas pero el larguirucho mueble no cedió a exponer su contenido… Así, maldiciendo su suerte una vez más, Alice recurrió al escritorio donde revisó la primera de las dos gavetas donde residía una pistola, una Colt 1911, casi completamente desarmada. No tenía la más vasta de las experiencias en armas pero tenía una idea clara sobre varios mecanismos en general... Debería poder con algo tan simple así que pieza por pieza comenzó a reintegrar la pistola, resultando el proceso en algo más fluido y sencillo de lo esperado.

–Finalmente… –dijo Alice colocando la corredera de la Colt, terminando así de juntar todas las partes que conformaban el arma, sin ningún trascendental retraso.

   Sin embargo le faltaba lo más importante, lo esencial, lo que le daba a una pistola o cualquier arma de fuego su principal función… le faltaba la munición. La rubia torció la boca observando el espacio vacío dentro de la empuñadura donde se suponía que debería estar el cargador…

   En la gaveta donde había encontrado aquel montón de piezas ya no sobraba ningún objeto de importancia. Inmediatamente cerró aquel compartimiento y prosiguió con el siguiente, esperanzada. 

   A simple vista no ubicó el valioso contenedor de balas pero se topó con algo desconcertante. Junto a un lápiz reposaban varias hojas blancas. Curiosa, la chica levantó los papeles donde se habían plasmado ilustraciones… El primer dibujo reflejaba a un hombre… alto, delgado y muy simpático con su brazo alrededor del cuello de un jovencito, de menor estatura que no era sino Puma… dibujado este con aspecto sombrío, demacrado , con rasgos siniestros sobrepuestos en idea principal, con trazos irregulares y forzados.

   Alice observó la segunda ilustración. Un rostro femenino se mostró en dos dimensiones… Era esa chica. No la recordaba perfectamente pero se le hacía muy fácil reconocerla.

–Eriel… –masculló la rubia con espontaneidad, aunque no muy segura de acertar el nombre.

   La chica había sido retratada con una minucia increíble, reflejando con claridad su particular y cautivadora belleza y sus delicados rasgos entre los suaves trazos. El particular brillo puesto en sus ojos desprendía una onda sumamente cálida.

–Desde el momento en que Dyssidia te arrastró adentro de mi apartamento –torpemente Alice soltó las hojas de papel sobre el escritorio y levantó la pistola hacia el pelinegro que ingresaba a la sala–… supe que eras muy inquieta.Puma cerró con serenidad la puerta a sus espaldas para encarar el arma alineada a su cabeza.

–¿Cómo esperas que me quede quieta encerrada en este infierno con un montón de animales? –dijo ella apretando los dientes como si eso le sirviera para contener su desespero, desviando el arma. El joven hombre exhaló todo el aire de sus pulmones, sintiéndose mentalmente agotado–. ¿Qué pasó con ese sujeto? ¿Qué es lo que está pasando?

–Tenemos rivales, Alice. Gente que nos disputa los recursos de esta ciudad y que me parece, tienen la mente demasiado cerrada como para llegar a un acuerdo –explicó tomando asiento con gran pereza–. Ese tipo, Max, hoy dejó de existir porque me cansé… He contenido a los hombres lo más que he podido y he tratado de hacerles colaborar durante muchísimo tiempo porque quiero superación pero me cansé –puso término él, bastante consternado–… me cansé, me cansé, me cansé.

–¿Y ahora qué? –preguntó la chica encogiendo sus hombros, sujetando delicadamente la mal tratada herida en su brazo.

–Ahora se mueren…

   Sentenció.

–Les habla McCoy, muchachos, los dos bastardos van a través de la… torre Filly. Cerca del callejón de la puñalada, no sé si lo conocen –comunicó un hombre trajeado, llevándose la radio lo más próximo a su boca.

–¡Aquí Caine desde el Hospital de la Santísima Sara Abelló! –respondieron con guasa a través del canal– Lo conozco, ahí cometí mi primer asesinato, colega. ¡Que no se te pierdan esos hijos de puta! ¡Danos el pitazo cuando encuentres al resto de esos parásitos!

–Aaaaaafirmativo –dijo, conforme–. Oye, Lock, ¿qué tal va eso?

   Al otro lado de la calle se encontraba otro sujeto portador de una vestimenta apropiada para enfrentar altas dosis de radiación.

–Todo bien, perro. Te cubro pero ya casi estás fuera de mi rango –informó Lock, observando al rastreador a través de unos binoculares, apostado en una alta azotea listo para atender emergencias– De todas maneras el Chino va hacia ti cómo alma que lleva el diablo.

   Continuando su sigilosa persecución, el acechante McCoy maldijo su suerte incapacitado de seguir el rastro de sus presas entre el laberíntico piso repleto de múltiples cubículos oficinales. El hombre que en antaño solía ser un convicto, apresuró los pasos utilizando las esquinas para ocultarse, desplazándose con cautela y suma velocidad divisando finalmente a esa mujer de caderas delgadas y cabellera negra.

–¡McCoy, detrás de ti! –palabras dichas justo a tiempo propiciando el veloz giro del susodicho para detener un cuchillo que amenazaba con desgarrar sus carnes. Ambos cayeron al suelo estrepitosamente con el violento forcejeo.

   Ana desde la profundidad del corredor se acercaba con su fiel pistola entre sus manos dispuesta a acabar con el acosador pero una ráfaga de balas le impidió seguir su camino.

–Vas a tener que chupármela antes de hacer eso, perra –Lock disparó de nuevo para contener a la mujer que amenazaba con exterminar a su compañero.

   Jazz vio sus esfuerzos mermados al recibir un puñetazo en las costillas y posteriormente otro justo en la sien. El reo disponía de una fuerza endiablada a pesar de estar en peor posición. Sin mucha demora echó al rubio de encima y se incorporó para embestirlo. El llamado Jason sorteó al sujeto que cómo un toro corría hacia el y le asestó una potente patada en un costado que lo envió al siguiente corredor entre incontrolables tambaleos.

   McCoy terminó por encontrar su cuerpo cayendo violentamente sobre su pecho, siendo esto un estorbo que le impidió reincorporarse, quedando a completa merced de Jazz. El rubio con ferocidad perforó mortalmente la espalda del reo, atravesando también su cuchillo el pulmón derecho. No conforme con eso, sujetó firmemente la empuñadura del arma blanca desde un mejor ángulo y la deslizó para aumentar la gravedad de la herida.

–¡Cabrón! –clamó Lock accionando su rifle para despedir casi una decena de proyectiles, perforando uno de estos en el hombro de Jazz estando este inconsciente de su exposición al peligroso francotirador.

–¡Jason! –gritó Ana aproximándose vehemente por el corredor.

   Recuperando la precisión con su arma tras la desenfrenada ráfaga de balas, Lock se preparó para abrir fuego nuevamente. La tirada de gatillo se vio perturbada por un balazo de alto que calibre que se estrelló justo contra su cobertura, obligándole a retraerse.

–¡Mierda! –el hombre recurrió a su radio al instante que se ocultaba de la persona que parecía profesar de la misma manera que él–. ¡Chino maldito! ¡¿Dónde carajos estás?!

–Escuché los disparos –se escuchó por la bocina–. Voy llegando por la farmacia.

–¡Mataron a McCoy! –Lock echó un brevísimo vistazo observando como el par de enemigos se preparaban para salir por una gran brecha en el segundo piso del edificio donde se encontraban, a punto de abordar el techo de un autobús empotrado en la pared del nivel inferior–. ¡Van hacia el norte desde la torre Filly y tienen a un puto francotirador cubriéndoles! 

   Desde el edificio adverso a sus compañeros, Tony permanecía con la mira bien puesta sobre la última ubicación conocida de aquel reo que casi había cocido a plomo a sus compañeros.

–Ana y Jason tienen problemas –comunicó Anthony a través de su radio–. Al catire lo hirieron. ¿Será posible que Max viniera aquí rápido?

–¿Qué? –Nikov mostró un profundo desconcierto–. Se supone que Max iba con ellos.

–Oh, mierda… –el cuarentón chasqueó la lengua negando con la cabeza.

–¡Maldita sea! –exclamó Kalashnikov–. ¡Voy para allá!

   Los pasillos repletos de oscuridad abundaban en aquel hospital. Alice tenía el privilegio de volver a pasearse por el edificio, nuevamente, en compañía de Puma.

–¿Adónde vamos? –estaba intrigada por el repentino recorrido que acaecía.

–A ver qué a alguien que puede ayudar con tu brazo –respondió Puma, deteniéndose junto a una puerta en específico de muchas situadas a lo largo del corredor–. Pero antes tengo que hacer una parada.

–Oka –dijo Alice encogiendo sus hombros, despreocupada.

   La rubia se apoyó de la pared en busca de reposo al tenor del ingreso del moreno en aquella oscura habitación… La silueta postrada en la cama ni se inmutó con la nueva presencia.

–Veo que te pusiste cómoda.

–Un poco… –Eva apenas miró, con ligera indiferencia, al pelinegro.

–Se me olvidaba lo perspicaz que eras –dijo Puma analizando la falta de sorpresa en su amiga, notando claramente que esta le había identificado desde mucho antes. Acercándose a la cama desde un costado ganando mejor visión sobre la fémina.

   Con una llavecita se inclinó hacia la cama para liberar la muñeca de la castaña de las esposas que le mantenían presa. Inmediatamente, con una impresionante agilidad, Eva aprovechó su posición para abordar al moreno y efectuar un derribo culminando con su rodilla apresándole el pecho y su puñal posicionado junto a la garganta. La mujer también colocó la palma de su mano sobre la frente de Puma para controlar mejor sus movimientos.

–¿Por qué? –preguntó con disgusto.

–¿”Por qué” qué?

–Llegaste al fuerte con una banda de matones, Puma –esclareció Eva muy interesada en la respuesta–. ¿Por qué?

–Quería ir a recoger a mi hermana.

–No vas a buscar a una persona con diez tipos armados hasta los dientes –acusó insatisfecha–. Iban a hacer lo mismo que llevan haciendo desde un buen rato… encargarse de la posible competencia, ¿no?

–No, Eva –contradijo Puma, con ligera asfixia pero gran pasividad–. Sí tenía planes de traerlos aquí pero ellos sólo eran mi escolta… –respondió.

–Mentira.

–Debes saber muy bien que soy incapaz de lastimarte, ni a ti, ni a Adán… y mucho menos de traicionarte –explicó aún sin mover un solo músculo, mirándole fijamente.

   La castaña negó con la cabeza dándole una suave mordida a su propio labio antes de retirarse del moreno enturbiada por resignación.

–No me estás contando todo, lo sé –espetó Eva dirigiéndose precipitadamente a su mochila para examinar su contenido.

–Necesito tu ayuda, Eva… –Puma comenzó a levantarse lentamente del frío suelo.

–Ya me lo dijiste, y no, no puedo –se limitó a decir, asegurando sus pertenencias para pronto cargarse la mochila a la espalda.

–Sé quien tiene a Adán –dijo, aunque en el interior no tan seguro de estar en lo cierto dada la escasa cantidad de pruebas que le respaldaran. Aquellas palabras le atinaron al clavo. La dama de cabello castaño regresó hacia el moreno con la intriga en sus ojos.

–¿Dónde lo tienen? ¿Quién? –preguntó, muy seria.

–También tienen a Florr… Necesito tu ayuda, Eva –reiteró, poniéndose totalmente de pie.

–Habla –exigió ella.

–Conozco a estos tipos desde hace un buen tiempo. Hace poco vinieron a tratar de utilizarlos para negociar recursos…

–¿Y? –invitó la castaña a que continuara con su narración.

–Me negué.

–Te negaste… –el resoplido emitido por el aire expulsado violentamente de su boca mostró su clara decepción.

–No estaba en mis cabales –intentó excusarse aunque fallidamente puesto que eso no calmó a la mujer.

–Es MI hermano, y TU hermana los que están corriendo peligro, Puma –resaltó con una molestia inocultable, señalándolo irritablemente con su dedo índice–. ¿No pudiste ser un poco más racional?

–Tranquilízate, eso no importa. Tengo hombres que ahorita mismo les están siguiendo el rastro… Y sólo estoy esperando a que me confirmen la ubicación –le informó ganándose completa atención de Eva y también un poco de su serenidad–. Cometieron el error de pensar que iba a aceptar todas sus peticiones y se han confiado. Si tenemos paciencia y actuamos con viveza, funcionará…

   La castaña clavó sus ojos en Puma, sin más deseo que confiar en sus palabras, aunque aún temerosa por el estado del pequeño Adán, que a pesar de tener muy bien expresa la capacidad e inteligencia del muchacho, seguía siendo atormentada por sus instintos.

–Júramelo –pidió, severa, antes de dejarse llevar plenamente por sus ideas.

–Por mi vida –contestó a Eva levantando los brazos en símbolo de completa seguridad.

   Dando un par de pasos más, torpes y desorientados, con las manos en la cintura, finalmente volvió a ocupar la cama de hospital, sentándose en uno de los bordes sintiendo sus latidos alborotados con la sobrecogedora situación. Removiendo un par de mechones de cabello cobrizo sobre su rostro, ocultándolos detrás de su oreja se permitió respirar. Puma se posicionó frente a ella, en cuclillas con un cigarrillo entre sus dedos, alzado. Eva le miró por un instante, confusa por la oferta y luego con tan solo mover levemente su cabeza atrapó el cilindro con sus labios para que este posteriormente fuese también encendido por el moreno. Una vez el tabaco comenzó a arder, dio una profunda y satisfactoria calada que le produjo un grato alivio, expulsando tras breves instantes el humo hacia un lado, torciendo la boca.

–Gracias –dijo Eva.

–Es sólo un cigarrillo.

–Quiero decir –la castaña corrigió, vacilando con lo que intentaba expresar, por un segundo–. Gracias… por mantenerme a salvo, Puma.

Aceptando la gratitud sucumbió a un estado pensativo, y sumergido en infinita curiosidad, el moreno preguntó–. Ese desmayo, ¿exactamente por qué fue?

   Eva le dio otra fumada al cigarro, ensimismada. Ubicando quizás la mejor respuesta antes de abrir la boca. Cuando el humo inhalado salió, finalmente tomó la decisión. 

–Cáncer.

   Un molesto escalofrío recorrió la espina de Puma quien inexorablemente reflejó su impresión en sus ojos.

–Ja… –carcajeó cabizbaja, irónica–. ¿No es la vida una maravilla?

–Lo que sea… lo que sea que pueda hacer para ayudarte, sólo dímelo –propuso, consternado incluso con un casi ininteligible matiz de ansiedad.

–No, no te preocupes –se rehusó la castaña con apacibilidad.

–Eva…

–Después hablaremos del tema, ¿sí? –sugirió de buena manera ya recuperando la regular simpatía en sus expresiones–. Por ahora ocupémonos del problema actual. 

–Por ahora –impuso él, enderezándose.

–Tienes un geniecito… –dijo Eva aludiendo al férreo y terco comportamiento que tenía aquel pelinegro–. No te lo había dicho pero has cambiado demasiado. Te has vuelto… frío.

–Tú también has cambiado.

–No. Por desgracia siempre he sido así… –refutó.

–¿Desconfiada y desalmada?

–Desconfiada sí –fue lo único que admitió la mujer–. Pero tú irradiabas mucha más vida cuando te conocí, en ese orfanato. Y tus ojos... ya no me dejan saber qué es lo que piensas, y eso me molesta… sólo analizan y analizan.

–Lamentablemente es lo que hay –dijo determinante.

–Ajá… Sin embargo tengo la corazonada de que tu mentalidad y tus ideas siguen intactas.

–Bueno, “ocupémonos del problema actual”, Eva –ordenó tomando la mochila de la castaña para dirigirse a la puerta. Aunque antes le echó un vistazo a la mujer–. Sigo sin averiguar cómo conseguiste el puñal… si te lo dejé en la mochila.

–La cama tiene rueditas.

–Claro… 

   El moreno dejó escapar un resoplido.

–Bendito sea el señor… –dijo Alice harta de esperar, mirando el techo y levantando sus manos al mirar a Puma abrir la puerta–. Casi me salen raíces, ¡virgen María!

–Sólo sígueme Alice…

   La rubia sin embargo permaneció en el sitio al instante en que observó con curiosidad a Eva salir detrás de Puma, siendo el cigarrillo entre sus labios lo primero que atraparon sus ojos.

–Fumar da cáncer… –dijo esta casi que en forma de reprimenda. La castaña, después de otra extendida fumada, simplemente dejó escapar todo el humo en el rostro de Alice.

–Ahora tienes cáncer –sentenció Eva con una grave antipatía mientras Alice sufría un ligero ahogamiento.

   El trío alcanzó, con un recorrido de insignificantes metros la siguiente meta, donde Puma de irrumpió confianzudamente para servirle la puerta a las otras dos señoritas que venían detrás de sus pasos.

–Oye, tan bien que íbamos con lo de tocar la puerta… –dijo Selene con decepción, cruzando los brazos. Con la mano en la espalda, el pelinegro guió a Alice hasta una camilla–. Es… extraño ver mujeres por aquí… ¿Qué te pasó? –preguntó directamente hacia la injuriada.

–Me dispararon en el brazo –respondió esta, tomando asiento con gran pesar.

–Y también tienes un golpe en la frente… –añadió, mirando dicha herida con bastante preocupación–. ¿Puma te arrastró aquí?

–No… –negó esta, risueña–. Creo que es la persona que en los últimos días, más me ha ayudado.

–Pues siéntete afortunada –le dijo Selene, sarcástica.

–Bien –Puma dio media vuelta para irse nuevamente, Eva esperaba debajo del dintel, aún disfrutando del tabaco.

–Eh… Puma –llamó Alice, y este le miró al instante–. Quisiera saber de Enrique y de su hijo…

–La verdad es que no los he visto –la chica observó preocupante–. Pero en cuanto regrese, veremos qué puedo hacer. 

   Asintiendo, aceptó la respuesta del moreno aunque no muy conforme. Posteriormente bastaron simples segundos para que ambos personajes se retiraran.

–Te me haces familiar –espetó Selene, retirando delicadamente el hilacho enredado sobre la herida de Alice.

–Creo que puedo decir lo mismo –contestó la chica, intrigada–. Pero sinceramente, ahora no es que le tenga demasiada confianza a mi memoria…

   Caminando a lo largo de los corredores, ya justo a pie de una escalera que les permitiría subir a los siguientes pisos del hospital, Eva sintió el pinchazo de la duda en su espina dorsal.

–Aún no tengo muy claro qué es lo que haré yo –comentó.

–Pues, espero que recuerdes lo que me contaste hace mucho tiempo.

   La mente de Eva seguía sin ubicarse con certeza en lo que podría ser… de tantas cosas que le había dicho a aquel joven hombre, era difícil saber cual. Puma notó la duda en su mirar, y se detuvo a mitad de escalera con una mano sobre la baranda.

–Eva, me dijiste que tenías muchísima experiencia con helicópteros…

martes, 19 de noviembre de 2013

NH2: Capítulo 019 - La gran enemistad (Parte I)

–Nait…

Embriagados por la imagen tan desoladora del triste panorama, permanecieron perplejos. El frío terreno que solía brindar hospicio a diversas plantas como coloridas flores, o hierbas de carácter medicinal, se dedicaba en ese instante a rendir descanso a una cuantiosa cantidad de restos mortales. Varios eran los lotes que eran decorados por fúnebres cruces y con flores ya marchitas cubriendo los montículos de tierra formados por el exceso de contenido que retenía el suelo.

–Nait, esto no está bien –Inma sujetó con rezago los ropajes del susodicho en un intento por hacerle retroceder. Con su otra mano casi cerrada se cubrió la boca mirando el cementerio con la consciencia atormentada.

–Vaya… ¿Toda esta gente habrá vivido aquí? –el joven en vez dejar la infracción hasta ese punto, dio un paso adelante, seguido por otros más, indiferente al esfuerzo de la castaña por impedir que continuara metiendo sus narices en asuntos ajenos.

–¡Hey! ¡No debemos estar aquí! –ordenó Inma creando una extraña mueca que se entremediaba en miedo y enojo, ahogando su propia voz para evitar un escándalo. Nait sin embargo no se reprimió al momento de saciar su infinita curiosidad. Ya desistiendo, la chica se mantuvo fuera de la sala y se apegó rígida a la pared desabrida justo al lado de la puerta que colindaba el corredor con aquel lúgubre lugar–. No, señor. No pienso entrar ahí… –Inma torció la boca y arrugó el entrecejo tratando de reflejar una férrea determinación.

La primera tumba sin duda sorprendió a Nait–. Esta es demasiado pequeña para un adulto…

Justo encima del abultamiento de tierra seca se encontraba un cuaderno de dimensiones adecuadas como para caber en un bolsillo, con una portada presuntamente infantil de motivos relativos al gusto de una niña, asegurando las suposiciones del castaño. Nait titubeó acerca de dejar o no tranquilo el diario perteneciente a esa personita que se había despedido del cruel mundo de los vivos… Pero finalmente se inclinó y con extrema delicadeza lo tomó.

–Nait, debemos tener un poco de respeto, vamos –dijo la chica del cabello castaño cruzando el umbral para hacer un último esfuerzo por culminar aquel abuso de hospitalidad.

–Sí, por favor… –tanto Nait como Inma voltearon hacia la única salida y entrada a ese espacio tan recóndito, donde encontraron a Adán observándoles con una clara consternación marcada en sus pupilas.

Vagando alrededor del patio Florr iba conociendo la estructura donde se protegía de las amenazas exteriores. Realmente no estaba segura de saberlo con certeza o si sólo se estaba engañando respecto a la desaparición de su hermano. Dudaba sobre la posibilidad de su muerte fuera la única verdad existente.

Lo echaba de menos… A pesar nunca le había demostrado suficiente afecto como para sentir ese autodenominado lazo de hermandad. No obstante siempre fue testigo de las decisiones que tomaba para favorecerla y de todo lo que ese moreno se mortificaba por preservarla intacta. Era importante para él de alguna manera y era visible, sumamente. Aún así, no existió un instante en que no estuviera a la espera de algo más… Algo más que no terminaba de hacerse aparecer y que ella no tenía la voluntad de ocasionar.

–Esas estupideces no son importantes ahora, Florr –se reclamó a sí misma.

Su concentración velozmente se ubicó de lleno en un tema de peso mayor, su mente envolvió a dos personas muy especiales. El otro par de hermanos, Eva y Adán… un asunto complicado. De alguna manera u otra las cosas se iban a dar. Momentáneamente esperaría alguna pista de su hermano antes de actuar pero sola nos les confrontaría…

Un indiscreto ruido proveniente de la entrada al fuerte atrajo la atención de la muchacha de ojos grises que captó como un lince la peligrosa presencia de un cuarteto de personas que brindándose apoyo mutuo estaban a punto de saltar por encima de la verja.

Los músculos de Florr se tensaron al instante y sus pulsaciones se aceleraron mientras una dosis de adrenalina se liberaba en su torrente sanguíneo. Más sonidos, específicamente pasos, aparecieron en otra dirección obligándola a girar en el momento oportuno otorgándole una minúscula fracción de tiempo que le permitió evadir a duras penas unos poderosos brazos que deseaban aprehenderla.

La físicamente superior figura varonil tropezó al verse en la obligación de disminuir abruptamente la velocidad de su desplazamiento dando lugar a que recibiera en la rodilla un impacto con todo el peso de la chica que vestía aquella bota implacable. Florr en un santiamén se reincorporó del potente ataque dado por ella misma y entrelazó sus dedos para unificar sus manos imitando a un mazo que cayó con gran fuerza sobre la sien del doblegado hombre.

La chica se dispuso a emprender una acción de huída encontrando como impedimento dos disparos que rugieron al enviar proyectiles de plomo directamente contra ella. La primera bala erró por miserables centímetros rasgando la áspera superficie de su pantalón pero la otra encontró su rumbo perfecto para incrustarse cruentamente entre las carnes del muslo derecho.

–No me gusta que nadie vea este lugar… –dijo Adán sin desprenderse de su cordialidad y su firme educación, recuperando aquel pequeño diario de las manos de Nait–. Ni siquiera a mí me gusta estar aquí.

–Adán, no… no era mi intención –se disculpó el castaño sinceramente arrepentido de haber traspasado un límite que no se le había hecho grave breves instantes atrás.

–No pasa nada –respondió el niño encogiéndose de hombros con la mirada fija en el diario rosado que poseía en sus manos.

Dos estruendos exaltaron al trío, dos disparos sucedidos en el patio del fuerte que provocaron una pronta reacción especialmente en Inma quien fue la primera en acudir a la súbita contingencia que desmoronaba por completo la paz y tranquilidad.

–¡Florr! –recordó Adán, a la chica que se paseaba en las afueras del habitáculo y siguió sin dobles pensamientos el trayecto de Inma.

Una vez pasó el dintel el jovencito fue violentamente capturado por un hombre de gran contextura que le sujetó como a un trapo. Naitsirc no contuvo su impulso para apoyar al pequeño propinándole a aquel sujeto una vigorosa embestida obligándole a soltarle con brusquedad impidiendo que el niño impactara contra el denso y duro suelo. Al instante las costillas del castaño pasaron una cara factura a su alma. Este aulló en silencio el intenso dolor atacante, haciendo un esfuerzo más allá de lo humano para concentrarse en hacerse cargo de su aparente enemigo…

Inma se detuvo para observar la impetuosa riña comenzada a sus espaldas. Se nubló brevemente pero su mente le indicó que tenía una opción para ayudar a sus amigos aunque no era la que ella prefería. Tensó sus piernas antes de ejecutar una corta pero vertiginosa carrera para alcanzar su habitación justo antes de que otro invasor apareciera al final del pasillo en su búsqueda. La chica entró forzosamente a su habitación y se tiró al suelo frente a la cama de su ausente prima en busca del armamento que allí se escondía.

Postrada en la fría cerámica Inma dio una vuelta reacomodando su postura para colocarse boca arriba y encarar a un miembro de los intrusos, empuñando con un pulso tembloroso una larga escopeta, precipitándose a presionar el delicado gatillo desembocando una mortal lluvia de metralla impulsada por el ensordecedor estallido de la pólvora comprimida.

Obstáculos de poca gravedad demoraron más de lo normal el progreso de su travesía, imposible decir cuánto, sin embargo lo había conseguido. Sana y salva Eva había retornado al fuerte pero no fue sino para tropezarse con una demoledora sorpresa.

–No hay absolutamente nada. Ni un rastro, nada.

–¿General? –reclamó un hombre de la decena–. Esto es una pérdida de tiempo.

–Aquí estaban… Ayer –dijo Puma, frotándose el puente de la nariz con el dedo índice y pulgar, irritado.

La ubicación de su hermana era lo que más le preocupaba… Su imaginación le llevaba a visualizar las peores situaciones de una manera tan explícita que podía incluso estar seguro que era realmente lo que estuviera ocurriendo. Uno de los reos se acercó al moreno sosteniendo un objeto muy particular.

–¿Esta no era de esa muchachita? –el General recibió entre manos la escopeta recortada de Florr… una de las pertenencias que ella más cuidaba con celo–. La encontré tirada entre las habitaciones.

Estaba seguro de que su hermana no se iría sin aquel fiel armamento. Esa contundente pista le confirmaba que la salida de aquella preciada chica de ojos grises había sido de carácter anormal, apresurado y quizás impremeditado… aunque también sus deducciones se daban lugar a la posibilidad de que pudiera haber sido llevada en contra de su voluntad. ¿Pero ellos? ¿Cómo se habían enterado? ¿Le habían visto? Si sus sospechas eran correctas de todas maneras aquello no era lo más crítico… tenían también el gran problema y era lidiar con Maya sin conocer la naturaleza de esa chica… La cosa no tenía ni pies ni cabeza.

–Nos volvemos al Hospital –concluyó Puma haciendo círculos en el aire con su dedo índice para promover la reagrupación.

Casi que a regañadientes el conjunto de hombres se dirigió a la salida de aquel refugio fantasma… Esperaban acción, esperaban hacer algo productivo. El “entretenimiento” no era algo que les sobrara en los últimos días.

–Así que me tomé el asqueroso juguito ese para un carajo… –chilló un hombre que cubría su rostro con una densa tela.

–¿Ya vas a empezar a quejarte, hombre? Pareces una niñita –reclamó harto uno de los reos poniéndole una muy mala cara.

–Es que en serio, ¡ese líquido sabe a mierda! –a pesar de lo exageradamente dramático que se comportaba, existía una mínima de razón en sus palabras.

–Bueno, llorón, es tomarte eso o que te joda la radiación.

–Argh… Igual otro vaso de esa porquería me va a matar del asco.

–¡Jesucristo! Qué mariquita…

–Ojalá pudiera usar alguno de los trajes que llevan McCoy, el Chino y el otro negro… –volvió a quejarse el fulano.

–Sí claro, cuando estés dispuesto a sacar tu huesudo trasero del hospital para durar todo el día en el exterior tendrás uno.

–Bueno ya cállense, que el día ya es bastante pesado –dijo otro de los reos poniendo fin a la discusión.

La salida se vio en la compañía de una molesta pesadumbre. El “General” siendo el último se encargó de echar otro vistazo al interior del fuerte antes abandonarlo. Su sangre ardía con el pensamiento de haberle perdido la pista a Florr… Y las posibilidades de que estuviera en malas manos eran colosales.

“Adán” era una palabra que se recalcaba en su pensar con cada latido de su corazón… A una distancia prudente Eva observaba al equipo de asaltantes escabullirse de su refugio con las manos vacías, lo que le llevó a pensar… ¿Les habrían…? Inmediatamente sintió remordimiento de especular de una manera pésima.

Sus incertidumbres se vieron dispersas al tomar en cuenta que el armamento con el que contaban esos tipos hubiera causado un concierto de estruendos que jamás conseguiría pasar inadvertido… Era definitivo, esos invasores no tenían a su hermano y a los otros rezagados. No tenía ninguna alternativa fiable más que seguirlos, necesitaba averiguar algo y quedándose a reposar en su ahora inhabitado refugio no le serviría para nada. Si aquellos les estaban cazando quizás dieran con ellos, y así ella también.

Respecto a sus sospechas sobre la identidad del grupito, apostaba sin duda a los matones del Sara Abelló. Eran los únicos que había visto por esa área, y con ese equipamiento.

Le molestaba ser incapaz de adquirir algo semejante a lo que poseían ellos, y la cantidad de facilidades que provenían de la posesión de un buen rifle de asalto, harían su día a día más ameno… Además de las máscaras filtradoras de toxicidad que algunos de ellos tenían la suerte de llevar puesta.

Quizás podría arrebatarles algunas de sus pertenencias, en algún momento después de que se encargara de encontrar a su hermano primero…

Próximo a los límites de la ciudad, el hotel Sozza, un sitio de hospedaje de excelente categoría, se exhibía aún imponente. Y aunque carente del mismo resplandor del que solía engalanarse años atrás era aún una estructura de inigualable firmeza.

–Bueno, tendremos que modificar la táctica –dijo decepcionado este hombre alto y de óptima musculatura, casi llegando a la meta de los 50 años de edad con unas indiscretas entradas en su corta cabellera ya poblada de canas y una barba de ligera densidad. El condecorado ex capitán del departamento de policía de Mississauga terminó de elevar la larguirucha escalera metálica que utilizaba para acceder al lobby del recinto y la abandonó próxima al borde donde siempre la recargaba cuando deseaba descender.

–Sí, de nuevo, ya ni sé cuantas veces hemos hecho esta mierda. Aah… Sigo insistiendo en que deberíamos dispararles desde aquí, Kalashnikov –volvió a sugerir su compañero por enésima vez, bastante cansado de los múltiples intentos fallidos que acaecían constantemente– Mira la cantidad de cabrones que hay en el jodido lobby –señaló el rubio al piso inferior, plagado de muertos vivientes que obstruían en su totalidad la posibilidad de transcurrir por allí.

Al veterano jocosamente apodado Kalashnikov no le hacía mucha gracia el tema del ruido por un factor muy particular.

–Escúchame, Jazz, si nos ponemos a disparar corremos el riesgo de atraer la atención de…

–Sí, sí… de los burros estos del hospital –finalizó el joven lo que su superior quería decirle, harto de que se lo repitiera una y otra vez–. Pero es que las benditas linternas y las anticuadas lámparas de aceite que consiguió Nina no nos van a durar la eternidad. Y tampoco podemos prender una miserable fogata en esta porquería porque el humo sería peor que un disparo –puntualizó Jason, molesto.

–Prefiero que haya oscuridad a que haya sangre. Esos tipos tienen exploradores ahí fuera y nosotros estamos en el tope de su lista de caza y ya hemos perdido mucha gente –Nikov volvió a reiterar, austero, también cansado de la insistencia–. Tarde o temprano llegaremos a esa reserva, pero con calma.

La reserva eléctrica de emergencia, el principal motivo por el que seguían molestándose por lidiar con la cantidad incontable de cadáveres andantes, quienes dominaban la ruta para alcanzar el objetivo que se situaba en el sótano de la estructura. Durante toda la catástrofe desenfrenada que había acontecido en Mississauga la entrada al hotel no se estuvo cerrada y mucho menos protegida contra la plaga de infectados, lo que les sirvió a aquellos inanimados seres en bandeja de plata un inexorable ingreso. A pesar de todo ese lobby era la única zona no segura, por lo demás, se habían encargado de limpiar cada nivel y también habían imposibilitado el paso por la escalera principal.

–Bueno cómo quieras. Ya qué coño… –respondió Jazz resignado para escaparse de ese tema de agrandada pesadez.

Aquel par invirtió una mínima cantidad de tiempo en subir un piso más, donde le esperaba una bella señorita de una rebelde cabellera negra recogida en una no muy larga coleta con una mirada cálida.

–¿Así que nada de suerte hoy? –dijo Ana recibiéndoles en un pasillo, con las manos en la cintura adivinando el resultado del trabajo de sus compañeros. Siempre había sido muy atenta, en todos los aspectos.

–¡Peor que nunca! –dio Jazz su pesimista informe, resoplando.

–Venga, no desanimes. Tarde o temprano se dará –alentó ella propinándole una suave palmada en el brazo al rubio.

–Es lo que me canso de decirle –respaldó Nikov arrugando la frente y frunciendo los labios para dar a entender que era un caso perdido.

–Bueno y… los nuevos huéspedes… están asegurados. Paul y Nina se encargaron –dijo ella con complicidad al mismo tiempo que una de las esquinas de sus labios se levantase. Los ojos del más adulto se iluminaron al instante.

–¡Ya estamos listos, viejo! –otra persona surgió de entre los corredores–. La… hermanita del “general” está bien atada y no se irá a ninguna parte a menos que nosotros lo deseemos.

Max, un hombre de cabellos oscuros, se apersonó con su característica gallardía y ligereza para conducirse. El varón que apenas se acercaba a la treintena, y al igual que la mujer propietaria de unos resplandecientes ojos azules, Ana, estaba considerado como uno de los más entusiastas colaboradores del grupo de supervivientes integrado por un número exacto de 14 integrantes… reducidos vorazmente de una mayor cantidad en aquellos últimos meses inmisericordes... Siendo los rivales que les disputaban los recursos de la ciudad los principales contribuyentes del deceso…

–Este es Tony, ¿me reciben? –comunicó una voz grave y ronca a través de una radio.

Nikov automáticamente sujetó la radio colgada en su cinturón y se la colocó a un lado de la oreja para establecer la mejor interlocución posible.

–Capitán Kalashnikov aquí, te recibo, Tony –respondió, soltando el botón que le permitía hablar una vez expresada su atención.

–Ya no somos policías, Nikov, deje de hacerse llamar capitán –reclamó, muy claramente afectado por aburrimiento.

–Aún te lidero, te guste o no –dictaminó con algo de guasa–. ¿Qué noticias me tienes, Anthony?

–Los polluelos van devuelta al gallinero –anunció el otro hombre–. Están utilizando el sistema de alcantarillado del este de la ciudad para llegar al hospital.

–¿Puedes seguirlos? –preguntó Max algo intrépido cuando el sujeto de las canas apretó el botón para hablar.

–NE-GA-TI-VO. Están prácticamente a unas pocas cuadras del Abelló. No pienso arriesgar mi pellejo por nada –concluyó Tony rechazando la propuesta.

–No, no, está bien, te quiero cerca de la torre Filly cuanto antes. Voy a enviar a los muchachos a darle una visita al General... –dio advertencia Nikov para que su fiable explorador se pusiera en marcha.

–Okey, dokey, a-mi-gow –concluyó Tony calmado y dispuesto, cortando también la comunicación una vez afirmada la petición al apagar su aparato.


–¡Entonces manos a la obra! –dijo Max lleno de un particular ánimo, con la certeza de que estaba se encontraba en el proceso para conseguir algo grande.

–Voy a recoger mi mochila, ¿sí? –informó Ana alzando las manos como si estuviera a la espera de saber que le habían escuchado.

–Te acompaño, también quiero ir –Jazz se mostró voluntario en apoyar aquel par en la importante labor que se les aproximaba, asintiendo con la cabeza con decisión–. Me gustaría hacer algo productivo el día de hoy… –dijo con un casi ininteligible tono sarcástico que aludía al fiasco ocurrido en el lobby con el hombre que en antaño estaba designado como su capitán.

–Anda, anda –le ordenó Nikov para apresurarle. Tanto el pelinegro como su jefe observaron a Jason y Ana alejarse entre los corredores en busca del equipamiento que requerían para llevar a cabo la tarea encomendada.

–Bueno… –Max también se marchaba.

–Espera –detuvo el cuarentón posando su mano en el hombro de su compañero–. Ten muchísimo cuidado con lo que vas a hacer, Max. Ese método de persuasión tuyo… no es nada cauteloso. Recuerda con quién estamos lidiando.

–Tranquilo, viejo. En menos de lo que canta un gallo vamos a tener a esos cabrones comiendo de aquí... –el joven señaló la palma de su mano, soberbio, completamente seguro de su decisión–. Lo tengo todo controlado, K. Ya vas a ver…

Una vez fuera de las apestosas cloacas el equipo de matones se internó sin contratiempo en un ruinoso centro comercial. Eva no pensó dos veces antes de continuar con su seguimiento, porque a pesar de que no conservara intenciones de tener corta distancia con aquellos, tampoco sentía gusto por permanecer a la vil intemperie de las calles que para nada estaban despobladas.

Adentrándose entre los estrechos corredores formados por escombros, la castaña tuvo que permitir que el espacio entre ella y los reos volviera a agrandarse debido a la poca cantidad de coberturas que se le servían a medida que ingresaban en el gigantesco complejo de mercadeo. Subiendo al siguiente piso los reos se toparon con un par de infectados… lentos pero con una peligrosa agresividad.

Cuatro hombres se ocuparon de la sencilla labor levantando a ambos infectados como trapos y arrojándolos a través del borde de la baranda de cabeza al piso inferior para liquidarlos.

–Whoa, ho, ho… –el hecho les resultaba hilarante– Esos cabronzuelos no se van a volver a levantar.

Más muertos vivientes se apersonaron pero estos fueron fulminados con breves ataques cuerpo a cuerpo que se sucedían con inexistente orden o estrategia aunque compensados por una increíble contundencia que eficazmente eliminaban a los desalmados cadáveres que se atrevían a tomar cercanía con alguno de los reos mermando en absoluto las posibilidades de que alguno consiguiera la carne fresca que su insaciable y descontrolada hambre les exigía.

Los ojos críticos de Eva le indicaban que esos tipos por más indisciplinados que se pudieran ver, tenían una capacidad nata para batallar… y ciertamente demostraban tener una experiencia agudizada respecto a confrontar las amenazas que hacían acto de presencia en ese nefasto mundo con regularidad. Lo tenía claro, debía intentar ser lo más invisible que pudiera ser porque no duraría ni un segundo si llegase a estar bajo la mira de sus anormales vecinos.

El camino lentamente se iba ampliando mientras progresaban en su recorrido a la salida, obligando a la mujer a que se resguardara cada vez más atrás. Igualmente, los presos continuaban dispersándose para barrer su vía dejándole ver con claridad lo que Eva venía sospechando…

–Bueno, el General dejó claro que ustedes tres se tienen que ir a apoyar a los muchachos que fueron a chequear el supermercado –recalcó señalando a un trío de hombres en específico–. Porque creo que a esta hora… –el sujeto que tenía la palabra se miró el reloj de su muñeca, propinándole un par de golpecitos para remover la suciedad que no permitía observar el posicionamiento de las agujas–… Sí, ya deberían estar allá.

Los reos estaban incompletos. Les faltaba un integrante y podía diferenciar cual con una memoria digna de encomio. ¿Pero en qué momento precisamente se había descarriado una de las ovejas? Les había perdido tantas veces de vista que era difícil saberlo.

–Así que muevan ese culo a ver si nos hacemos cuanto antes con esa mercancía–impulsó él agitando sus manos a sabiendas de que en esa época la noche solía caer con muchísima prontitud que antes de la guerra nuclear.

Esperó pacientemente detrás de una columna a que los reos continuaran desplazándose ya fuera del centro comercial y se adelantaran otro poco antes de salir de nuevo a campo abierto.

–Aah… –la repentinamente perturbada mujer emitió un gemido lo más silenciosamente posible tras el vil ataque aturdidor que sufrió su consciente.

Era evidente que el medicamento no había actuado lo suficientemente rápido como para contener otro de aquellos intensos mareos que le hacían sentir tan descompensada. Podía sentir que lo que se avecinaba no era para nada agradable.

Una violenta contracción de su estómago le amenazó con expulsar un contenido inexistente… Cada espacio de su cabeza se revolvió oscureciendo sus pensamientos dejando lugar sólo para concentrarse en una manera de soportar el tortuoso síntoma de su problema de salud. Involuntariamente intentó sostener su frente con su mano sintiendo cómo si esos intensos vuelcos fueran a deformarle el cráneo al mismo tiempo que su garganta sentía la amarga caricia de los ácidos estomacales. Mareada, entorpecida, intentó apartarse aún más de aquellos hombres a los que llevaba un buen rato espiando… Necesitaba vomitar, su cuerpo le estaba exigiendo algo que no podía complacer.

Su visión estaba lentamente dejando de proporcionarle imágenes con sentido para convertirlo todo en un conjunto de objetos abstractos que le dificultaban a un nivel insufrible la capacidad de mantenerse en pie y tan siquiera observar a dónde ir. Cruzó finalmente un irreconocible umbral donde podría tener un lugar en el cual lamentarse sin prohibición.

Apoyada contra una pared no conseguía percibir que la intensidad de su calvario disminuyese. Contrariamente a lo que deseaba, sólo se veía cada vez más entre los brazos de la oscuridad… Siguiente a un par de pasos desmañados una pesada mano atrapó el hombro de Eva de una manera subitánea provocando que sus reflejos actuaran por sí solos girando esta con una velocidad vertiginosa.

Aquel enmascarado no encontró complicaciones en repeler el puñal que la castaña deseaba enterrarle con automaticidad gracias a su patético estado de lucidez. Pero no sólo atrapó su muñeca sino también rodeó su torso con su largo brazo para evitar su estrepitoso derrumbe.

–Eva…

Escuchó ella un segundo antes de perder absolutamente la propiedad de su conocimiento…

Las horas transcurrían y transcurrían y nada… ¿Qué estaba ocurriendo? No tenían mínima idea de por qué se encontraban allí, con un tipo bien armado custodiando detrás de la puerta que los mantenía encerrados en aquella curiosamente cálida habitación de grandes lujos…

Ningún tipo de móvil para ese “secuestro” se había manifestado ante ellos… Sus suposiciones se encontraban en una especie de limbo sin definir con claridad la naturaleza de sus captores. No habían tenido que afrontar un trato del más gentil del mundo, sin embargo durante esos días los comportamientos agrios parecían ser tradición, no era algo que les preocupara en demasía y, por otro lado, tampoco habían notado alguna disposición en injuriarles… al menos no a ellos.

La cabeza de Adán estaba completamente ofuscada con demasiados pensamientos… Su hermana, Eva, ¿Dónde podría estar? Sólo se habían sido separado una vez y no guardaba sino incómodos recuerdos de ese casi tortuoso período añadiendo el factor tan grave que se imponía en esta ocasión y era el hecho de que ella no conocía en absoluto su paradero… Y de igual manera su mente se centraba en la ausencia de Florr con quién los secuestradores parecían tener una especial obsesión nada sana…

Lo que más le atormentaba era la impotencia, la incapacidad de poder ayudar, de conseguir una solución. El niño caminaba persistente de un lado a otro mirando en cada rincón de la habitación con una extrema minucia.

–No servirá… –reflexionó Naitsirc observando la altura del edificio desde una de las ventanas.

Sin cesar seguía analizando la peligrosa ruta de escape que con solo sacar la cabeza le había bastado para saber que era imposible de utilizar debido a la gigantesca caída. Finalmente desistió para pensar en algo más… Todas las cartas jugaban en su contra, pero no podían permitirse la entera rendición.

Los curiosos ojos cafés de Inma se vieron cautivados por un par de pertenencias ajenas. Unas maletas con las que se había topado al examinar el armario de la habitación. Aquellas personas que les habían puesto en cautiverio no revisaban muy bien su propio dominio, dado el aspecto de aquellos contenedores… Con nulas ganas de retrasarse la castaña utilizó su “brazo bueno” y levantó de un tirón el bulto para arrojarlo sobre la amplia cama. Así ya con más comodidad se inclinó impulsivamente hacia el piñón que deslizaría a lo largo de la cremallera para revelar el oculto contenido que deseaba conocer.

Una larguirucha caja metálica, completamente negra, apareció ante ella. Frotó la superficie intrigada pero aquello no le decía nada aparte lo lisa que era, estaba muy bien cuidada, sin una sola línea mancillándole. Después de unos brevísimos segundos la chica ubicó el par de broches que sellaban la peculiar caja y sin un esfuerzo superior al de presionar los costados de ambos simultáneamente, el objeto cuadriculado dio apertura.

–Uau… –Inma se deslumbró con aquel hallazgo tan interesante… Sus pequeñas manos inquietas atraparon con firmeza el trasto antes de empuñarlo con profesionalidad.

Ya hacía bastante tiempo que no veía ninguno, y menos como ese. En antaño, antes de que la vida común se jodiese por completo, había poseído uno aunque de no tan elevada calidad. Sus dedos se deslizaron por la cuerda trenzada hasta detenerse exactamente en el centro para delicadamente tirar de ella. Inconscientemente sus labios se transformaron una sonrisa de pura nostalgia al sentir de nuevo el gusto tan grato que le traía recordar el que fue su más fiel pasatiempo.

–¿Eso es un… arco? –preguntó un Nait al observar a su amiga.

–Olímpico –dijo ella exteriorizando su felicidad en su simpático semblante.

Dentro de la caja no consiguió solamente aquello sino también el resto del equipo de mayor relevancia para la utilización de semejante artículo… El casi imprescindible guante de tiro y el respectivo carcaj, muy amplio y surtido de una vasta cantidad de resistentes flechas de carbón dentro.

–Me gustaba mucho practicar el tiro al blanco… de hecho, una vez gané una medalla de oro en una competencia –contaba la castaña muy entusiasmada mientras sus ojos brillaban–. Pero fue sólo una vez… nada más.

Naitsirc se le acercó con una mirada maliciosa aunque seria–. Inma –susurró él con recelo–. ¿Sabes que lo que tienes entre manos… es un arma?

–Aah… Nait, no, no –negó la chica viéndose atacada por una fuerte pesadumbre.

De alguna manera, sentía que transformaría un agradable recuerdo en algo más allá de lo bizarro… Pero, a pesar de que él alcazaba a comprenderla, el castaño no se veía en la posición de abandonar su idea…

Pasos, vocalizaciones ininteligibles y ruidos cortados atrajeron nuevamente el natural estado de alerta que solía llevar consigo. Eva abrió los ojos hallándose recostada cómodamente en una cama.

–Para, nará, nara, na, nará… i want’cha here… –una figura varonil se encontraba en la habitación con Eva, de espaldas, levantando una delgada cortina para ver al exterior mediante una sucia ventana, tarareando de una forma tan rara mientras meneaba la cabeza– In my room…

La castaña observó en derredor, sin hacer un solo movimiento para no alertar a quien parecía ser su celador.

–Now i wanna… be your cat. Now i wanna… be your cat… –no paraba de “cantar” entre dientes aquel coro aparentemente sincronizando los movimientos de su cabeza con su propia melodía.

Situó con la vista su mochila no muy lejos de sí, en una mesa pequeña a su izquierda, sin embargo se encontraba aún más lejana que ese tipo… Sin duda lo mejor sería que aprovechara el factor sorpresa para sacarle de combate y así posteriormente ir a por sus pertenencias… Sería pan comido, contó hasta tres en silencio antes de cometer un vehemente ademán que no pasó de ser eso. Su ejecución se vio ruidosamente frustrada por unas sólidas esposas que ataban su brazo izquierdo a unas barras de acero en el borde de la cama.

El hombre volteó sereno hacia ella con su rostro protegido por una máscara antigás, advertido del despertar de la damisela. Eva lo identificó de inmediato. Era el “extraviado” del grupo de reos… Vestía, con la capucha puesta, una sudadera negra bastante magullada con logotipos e imágenes clásicas que se basaban en la música rock muy desgastados, pantalón beige de cargo igualmente maltratado y unas poderosas botas de un tono bastante oscuro, color café, dignas de un alpinista.

Se tomó un instante antes de acercarse hacia Eva, aunque no precisamente por esta, sino por una mesa muy próxima donde reposaban unos determinados objetos.

–Te conseguí una botella de agua, una lata de atún y este presunto postre –el último envase lo sostuvo con su mano enguantada para observar con detenimiento de qué se trataba– que al parecer es una gelatina… posiblemente… caduca.

Analizando mas profundamente la situación, Eva se arrimó un poco hacia el borde paralelo a aquel sujeto como medida preventiva. Era bien sabido que estaba en desventaja, pero no precisamente indefensa… si deseaba violentarla, iba a tener fuertes complicaciones para lidiar con ella. Su disimulada postura defensiva se hizo presente y el cuerpo se le tensó a la espera de cualquier actividad brusca.

–Pero a buen hambre –dijo con un tono de resignación en su voz abandonando el botecito en su mismo lugar, incluso girándolo para recolocarlo en la misma posición con exactitud.

De nuevo se alejó de la prisionera. Eva recogió las piernas a medida que el sujeto se preparaba para sentarse en la esquina inferior de la cama… El cochón se hundió parcialmente hacia el hombre de la máscara una vez sus posaderas yacieron en él. Las miradas de ambos se conectaron rápidamente.

–Estamos en el hospital, ¿no es así? –preguntó la mujer del cabello cobrizo mordiéndose luego el labio inferior… cómo de costumbre, cuando comenzaba a sentir mucha tensión.

–Sí.

Aclaró sin adornos. Manteniendo la conexión visual hasta el momento en que se dispuso a hurgar entre sus bolsillos.

–Ya he visto uno exactamente igual a este –dijo el encapuchado sosteniendo entre sus dedos el Walkie-Talkie que utilizaba Eva para coordinar sus intercambios con el enigmático Doctor Payne–, en este hospital.

La preocupación de la mujer aumentó exorbitantemente así como su ritmo cardiaco al ver que su trascendental negocio clandestino se encontraba comprometido. De no ser por el frío, una gota de sudor habría recorrido su frente.

–¿De dónde lo conoces? –lo que más le perturbaba a Eva era la anormal tranquilidad que su captor transmitía. La mirada no paraba de cambiarle entre el aparato electrónico y los ojos del sombrío acompañante.

–Yo…

–¿Trabajas para él? –interrumpió su fría voz, distorsionada por los filtros de la máscara. Sus preguntas parecían no ser más que retóricas– Esto te lo da el doctor… ¿cierto?

Dicha la suposición el hombre de incógnito hizo aparecer otra contundente prueba emergente también de los profundos compartimientos de su pantalón: el bote de las pastillas.

– “Yodo” –leyó él. Y el silencio reinó junto con un aura taciturna, por al menos un minuto– Me gustaría saber que no, pero por todo lo que veo… estás enferma.

–¿Y qué? –preguntó desdeñosa sin cambiar la posición de su cuerpo, aún expectativa–. ¿Ahora qué?

Él se levantó, dejando tanto el contenedor de medicina como el aparato intercomunicador sobre la cama y se dirigió hacia la ventana una vez más–. Tampoco eres una minusválida. Quiero que te me unas.

–A ti, a una manada de salvajes –denominó después de un corto resoplido.

–Sí.

–Yo les he visto en acción, les he visto acribillar supervivientes vagando por la ciudad. Y más o menos tengo una idea de lo que ustedes hacen cuando capturan mujeres –dijo Eva descontenta y bastante reacia.

–Lo que ellos… ellos, le hacen a las mujeres –aclaró con intención de diferenciarse de los demás habitantes del hospital.

–Ajá, ¿y quién eres tú?

–Se supone que soy el General… –respondió no sintiéndose muy propio del nombre– Y voy a cambiar lo que tú has dicho. Toda esta insensatez y mediocridad la quiero ver desaparecer. Sé cómo hacerlo, con lo que tengo en este hospital en conjunto con todo lo que aún tiene esta ciudad, puedo hacerlo –afirmó, con un denso nudo en la garganta que le producía su visión sobre el futuro que añoraba–. Puedo hacer que todo mejore…

Su irrefutable sinceridad sumergió a Eva en sus pensamientos, en el antaño, en algo que parecía el sueño de un niño. La mujer abatida internamente por emociones sintió un escalofrío estimular su espina dorsal.

–Yo te protegeré, pero igual que la ayuda de todos necesito la tuya porque no puedo hacerlo solo...

Dijo, apartándose de la ventana, echándole un último vistazo a la dama.

–Te dejaré para que descanses, y también puedas reflexionar sobre mi petición –informó el enmascarado dirigiéndose a la puerta que simbolizaba la salida de la habitación, abriéndola en cuanto la alcanzó–. Nadie más sabe que estás aquí.

Notificó antes de cerrar calmadamente la puerta para dejar en absoluta soledad a la castaña… Seguidamente Eva se relajó, con un inconmensurable alivio extendiendo sus piernas y reacomodándose sobre la cama e incluso cubriéndose con la blanquecina sábana, preparada para tomar la decisión de acatar la primera sugerencia que ese hombre le había hecho. Quería dedicarse a descansar, al menos… físicamente.
 Entre las profundidades del hospital, específicamente en el sótano del edificio aguardaban un par de sujetos, descuidados, sumergidos entre basura, herramientas para diversos fines y una increíble cantidad chatarra metálica.

–¿Walley, Louis? –Caine, uno de los principales celadores de la mujer encargada de la atención médica en el hospital, Selene, se aproximó hacia los dos especialmente malolientes personajes que se encontraban sentados junto a una columna del poco alumbrado estacionamiento.

–¡Eeh! Pero si es el señor vagina facial... –balbuceó Louis burlándose de la gran cicatriz que recorría el semblante del recién llegado, frotando su poblada barba mientras intentaba ponerse en pie.

–¡Oye, Caine! –Walley, era un hombre más delgado, con menos vello facial y también estatura–. ¿Nunca te he dicho que te pareces a mi mamá? –preguntó riendo sin sentido, en el suelo–. Eres calvo, feo, amargado y tienes una cara de prostituta maltratada que no te la quita nadie.

Aparte de en la mecánica, el par de sujetos invertían el tiempo en abusar de los medicamentos del hospital para drogarse. Experimentando cada vez más de una manera desmedida.

–¿Otra vez con el Resgrip…?

–No, no, no, no, no, no –dijo Louis hablando de la misma manera que un ebrio, con apenas claridad, agitando su mano de forma negativa también.

–Mira que la última vez acabaste en el piso convulsionando con espuma y vomito saliéndote por la boca por andar de creativo –remembró Caine, estresado.

–Bueno, ¡sí!… pero no –contestó Louis haciendo un inentendible ademán que casi le envía devuelta al suelo asfaltado.

–¡Esto no es jarabe! –quiso decir Walley, aún echado, algo más lúcido que su colega– ¡Tiene!, pero sólo un poco del jarabe para la tos… –indicó el lunático–. Esto… esto es un coctel… de pura vida, be-bé… –el desaliñado se meneó ligeramente para acompañar sus palabras con un espasmódico bailecito.

–Deberían empezar a bajarle a la medicina o van a terminar muertos.

–¿Y qué carajo importa? Igual… Igual nos matan a mordiscos… o un… o uno de esos cabrones, rivales, ¡BUM! –Louis imitó con su mano la figura de una pistola y su mecanismo de ejecución mientras seguía sin concebir una sincronía en sus movimientos–, nos vuela la tapa del… del… coco.

–Miren pueden irse a cagar, ¿okey? –concluyó el hombre tuerto, irritado por los dos seres que no parecían tener ningún arreglo–. Lo que quiero es saber cómo está la ambulancia porque podríamos necesitarla.

–Oooh… pues la nena está lista para el rock n’ roll… –dijo Walley.

Aquel era el único vehículo del que disponían para trasladarse por tierra puesto que el resto se habían utilizado, al parecer, para atender la inmanejable cantidad de necesidades que habrían surgido en todos los lados de la ciudad de Mississauga. Aquella única ambulancia sin embargo se había mantenido indispuesta por un muy extenso periodo de tiempo para someterla a severos arreglos mecánicos que lograrían mejorar sus capacidades lo suficiente como para atravesar la ciudad sin demasiados inconvenientes.

Caine se apartó de ese par para dirigirse a la no muy distante ambulancia… La primera impresión fue placible. Aquel dúo de locos había reemplazado el parachoques delantero por uno mucho más grueso que lucía un “mataburros” igualmente modificado para permitirle al robusto vehículo abrirse el paso entre los múltiples obstáculos de la ciudad. Densas y fuertes rejillas también fueron integradas con el fin proteger el parabrisas y las ventanas laterales de impactos así como se hizo una mejoría en los guardafangos que resguardaban las nuevas llantas.

Lo que indudablemente también resplandecía era el cambio en la cabina trasera, donde se habían abierto pequeñas igualmente protegidas ventanillas que permitirían a cualquiera disparar desde su interior… o al menos era la primera utilidad que le podrían dar según su mentalidad… Y eso sólo era en lo exterior. Las ganas le abrumaban con probar como aquel monstruo se desempeñaba en el ruedo…

El calvo sin más palabra que mediar y sin más asuntos por resolver, abandonó el sótano encantado de alejarse del par de seres que habitaban en el estacionamiento.

–Hey, hey… Míster Caine –Crow le recibió a pie de la escalera, mientras jugaba tranquilamente con una moneda desgastada, lanzándola al aire tras atraparla, una y otra vez–. ¿Cómo están nuestros buenos amigos? –preguntó con cierto ánimo en sus palabras–. No estarán jugando a las espaditas otra vez, ¿eh…?

–Cállate –ordenó amenazante sin dejar de reflejar su asco en su rostro que un perturbador recuerdo le generaba.

–Bueeeno, bueeno… Sabemos que los yonkis esos no estaban haciendo cositas –el burlón de Crow se recargó en la pared antes de adoptar una expresión mucho más seria. El cara tatuada miró a sus alrededores con recelo y volvió la vista a su compañero–. Tengo algo que contarte, un poco raro… respecto al General –dijo–. Ahorita se ha llevado a una rubita del “burdel”. Una que atrapamos hace nada en el mismo supermercado que nos indicó… Y estoy muy seguro que no es para darse un gustito.

–¿Qué sé yo?, quizás quiera su esclava personal. Me importa muy poco lo que ande haciendo con las mujeres del burdel –contestó Caine demostrando su indiferencia, cruzando luego los brazos.

–No, no… sabes muy bien que él nunca le ha puesto un dedo encima a ninguna de las mujeres que han entrado en el hospital. Esta es como la segunda vez que baja a ese lugar. Además –Crow miró a su alrededor una vez más–, el cuento del supermercado no cuadra. Estoy seguro de que no estuvo sólo ahí como él dice –el moreno se enderezó antes de continuar hablando–. No es el gran acontecimiento, la verdad. Pero me gustaría saber por qué últimamente nos miente y se está comportando tan extraño.

–Pues, no lo sé… Hoy tampoco llegó junto al equipo de hombres que se fueron con él al tal fuerte ese en las afueras de la ciudad –comentó el calvo sujetándose la barbilla, dudoso–. Y nadie se enteró de cómo carajo había entrado, simplemente apareció aquí.

–Lo mejor es que mantengamos los ojos bien abiertos…

–Puma.


lunes, 11 de noviembre de 2013

(Encuesta) Personajes más destacados en la segunda ronda de NH 2

Buenas mañanas, mis pequeños lectores (y mis pequeñas lectoras). Lo sé, lo sé, probablemente ahora mismo estáis pensando por qué soy yo quien se encarga de subir los resultados, y no Míster Alice. Es tan sencillo cómo que, por ahora, no puede conectarse para hacerlo (o que es un vago y se está inventando excusas para que le haga yo el trabajo). Sea como sea, no me apetece enrollarme más, así que aquí mismo les dejo los personajes más destacados de la segunda ronda escogidos por todos ustedes. Muchas gracias por participar en la votación, y allá vamos: 

Medalla de oro: Puma (15 votos)
                                                          Nuestro querido general

El personaje más aclamado de toda la segunda parte de la historia hasta el momento ha conseguido finalmente alzarse con la victoria después de una humilde derrota por parte de la renacida de cabellos castaños. Nuestro adorado gato es un mamífero muy distinto al que fue en la primera parte. Los cambios acontecidos tanto en su personalidad como en sus modos de actuación frente al apocalipsis han cautivado a muchas de las personas que han seguido de cerca sus andanzas, entre los cuales me incluyo, por lo que cabe destacar que esta posición de vencedor era fácilmente previsible. 

Medalla de plata: Maya (12 votos)
    
                                Maya rompiendo su decisión de no volver a utilizar armas

En este caso particular, ha sido la cruda violencia quien ha derrotado a la conmovedora ternura, derrocándola a un segundo puesto en el escalón de vuestros preferidos. La multitud de capas diferenciadas que presenta en conjunto con su noble humanidad continúan manteniendo a esta joven en uno de los rangos más elevados de los personajes favoritos. Sin embargo, destronar a un felino no es tarea sencilla. 

Medalla de plata: (Empate) Ley (12 votos) 
                                         
                                                    La identidad jamás revelada

La peligrosa pelirroja portadora de la famosa katana degolladora de enemigos desenvainó su impiadosa arma en cuanto descubrió su miserable posición en la encuesta de la primera ronda, planeando atravesar con ella los corazones de todos aquellos que osaron vencerla. Y así lo hizo, obteniendo con ello un enorme ascenso de cuatro puestos, con el cual se ha situado en la segunda posición, justo a la vera de la señorita Maya. La dura personalidad de esta natural guerrera, así como su firme moral en la toma de decisiones han provocado que continúe permaneciendo entre vuestros más queridos. Por desgracia para ella, se le está resistiendo un puma salvaje mucho más que cualquier animal mutante.

Medalla de bronce: M.A (9 votos)
                                             M.A, el líder más impulsivo de la historia

El supuesto cabecilla del grupo principal ha sido uno de los personajes que ha sufrido mayores cambios durante el transcurso de esta segunda ronda, lo cual puede haber sido el mayor condicionante de que se resista desde su glorioso puesto al violento terremoto de las encuestas. Su impulsividad a la hora de determinar soluciones acompañada por el arriesgado e imprudente camino que le está capturando, debido a su más reciente suceso traumático, continúan manteniéndolo en un escalón privilegiado dentro de vuestros favoritos.

Cuarto puesto: Alice (8 votos)
                                          Y al tercer día resucitó de entre los muertos

Quien fuese el personaje inicial que dio comienzo a todo lo que sería esta amada historia se une a su enamorado en la resistencia contra el terremoto que les ha amenazado su anterior puesto, conservando solemnemente su cuarta posición. El vivaz retorno hacía una mayor humanidad por parte de esta mujer no ha resultado ser desapercibido para ninguno de vosotros, quienes consideráis que debe seguir permaneciendo en un rango medio dentro de vuestros preferidos.

Cuarto puesto: (Empate) Inma (8 votos)
                                                Inma, un nuevo soplo de aíre fresco

El que ha sido desde su primera aparición el personaje más delicado de la historia ha aprovechado el reciente terremoto que ha paralizado a algunos de sus contrincantes para escalar unos metros la distancia que la separa de la cima, ubicándose de esta manera en un puesto por encima de la encuesta anterior, obligando a Alice a compartir su posición. El carácter afectuoso y sentimental de esta señorita la distancia enormemente de la común sanguinariedad y violencia presente en la gran mayoría de los protagonistas, lo cual la convierte en un personaje muy especial que se ha ganado su reconocimiento dentro de los favoritos de categoría media.

Quinto puesto: Naitsirc (5 votos)
                                          El hombre invisible se presenta ante ustedes

Uno de los personajes que más desapercibidos han pasado durante todo el recorrido de la historia ha conseguido aprovecharse de una mayor inclusión de secundarios en esta encuesta para trepar por las enredaderas de unos tres puestos, situándose en una quinta posición dentro de la escala de los favoritos. A pesar de su escasa participación y su nula personalidad ha conseguido llevar a cabo la proeza de instalarse entre los protagonistas de clase media.

Sexto puesto: Sacedog (4 votos)
                                   Un amenazante Sacedog surgió de entre las sombras

El personaje más apartado del resto, protagonista de su propia historia transcurrida paralelamente a la principal, logró obtener en la anterior encuesta la preferencia por parte de algunos de vosotros, situándose en una séptima posición, que ha conseguido ascender en un único puesto durante ésta. Su personalidad luchadora, así como su intensa honestidad parecen haber captado la atención de unos pocos, pero ha pasado desapercibida para otros muchos, quienes lo han asentado como el más bajo entre los personajes de categoría media.

Séptimo puesto: Jericho (2 votos)
                                                    Un nuevo líder entre nosotros

En esta séptima posición nos encontramos con uno de los múltiples caracteres que han sido introducidos en la segunda parte de la historia. El posterior desarrollo de este personaje todavía es desconocido, e incluso incierto, pero tanto su bélico pasado como su tenaz actuación han alcanzado a rascar unos dos votos en la escala de los preferidos.

Séptimo puesto: (Empate) Florr (2 votos)
                                                     Florr, una adolescente diferente

Quien se ha convertido en la peculiar hermana pequeña de Puma también ha recibido el derecho de ocupar un pequeño hueco en esta segunda encuesta. Pese a no ser un personaje con una trayectoria demasiado larga, su irascible personalidad junto con su absoluta indiferencia respecto al grupo principal se han ganado unos dos merecidos votos.

Séptimo puesto: (Empate) Adán (2 votos)
                                                        La niñez a la orden del día

La incorporación de una primera figura infantil en esta segunda parte de la historia ha desembocado en un tercer miembro con el que compartir este séptimo puesto. El hecho de que este pequeño niño sea un personaje completamente reciente no le ha impedido recaudar unos dos votos debido a la bondad y la simpatía que caracterizan su inocente personalidad.

Octavo puesto: Nicole (1 voto)
                                                   La protagonista de todo un spin-off

En la última posición de la escala de favoritos encontramos al personaje de cabellos rubios que protagonizó el único spin-off de la historia. No conozco mucho sobre las características de este personaje, así que me limitaré a decir que pese a la creciente importancia que la ha trasladado hasta esta segunda parte, solamente ha logrado escalar un pedrusco de nuestra enorme montaña con su único voto.

Octavo puesto: (Empate) Eva (1 voto)
                                                      He aquí nuestra actual anfitriona

Acompañando a Nicole en la última posición, encontramos a la hermana de quien es nuestra primera figura infantil, con tan sólo un puesto de distancia respecto a él. Tanto su escaso recorrido en la trama como su personalidad todavía inexplorada la sitúan como la menos preferida en la escala de los favoritos.